Moción de censura, suspiros de España, parlamentarismo y cigarro

El ambiente fuera del Congreso el día que se votó la moción de censura fue digno de ser descrito.

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La historia de cómo Rajoy abandonó el Congreso el otro día es propia de una novela del boom latinoamericano. Un señor aferrado, como una bicha acorralada que lanza sus últimas mordidas y resulta más peligrosa que nunca. Y afuera del Congreso, la muchedumbre. Unos, como si llevaran antorchas; otros, entonando el Vivan las cadenas contemporáneo. Y yo allí, a lo lejos, sentado bajo la sombra arbórea de la estatua de Cervantes, contemplando aquel suspiro de España.

Moción de censura, suspiros de España y cigarro parlamentario

Se han dicho tantas cosas y tan funestas que todo lo ocurrido resulta aún más asombroso. Empezaba este camino a la decadencia Rafael Hernando, que observó que todo esto de la moción de censura era para tapar el chalet de Iglesias y Montero. Luego vino ese “con los nacionalistas no” de Ciudadanos, un partido que rechaza el populismo abrazando la demagogia. Finalmente, las llamadas “Constitucionalistas” a las urnas, el largo etcétera de desencuentros con la realidad de esta derecha nuestra, tan de suspiros de España y, al mismo tiempo, tan de la trasnochada Marta Sánchez.

Moción de Censura: Oda al Parlamentarismo

¿Cómo le explicamos -para que se enteren- a esta demagoga derecha que Pedro Sánchez ha salido de las urnas? La Democracia con la que se llenan la boca necesita de un contrapeso parlamentario para destituir al ejecutivo. Unas veces se llama moción de censura, otras se llama impeachment. Es, en cualquier caso, un último recurso necesario para que una democracia pueda llevar ese nombre. Como diría el ya ex-Presidente, es el Parlamento quien elige al Presidente que, en realidad, es más bien un Primer Ministro. Y también es el Parlamento el que, por razones semejantes, lo puede quitar. Así que si el Congreso elegido por la ciudadanía decide quitar a un Presidente y poner a otro, por más que le pese a la derecha, el nuevo presidente también ha pasado por las urnas. En este caso, por las urnas puestas el veinte de junio de dos mil dieciséis, las mismas que Rajoy.
El sistema, por cierto, ha sido ejemplar. En España, un Gobierno no puede hacer lo que le venga en gana sin que el Congreso le censure. Durante no poco tiempo, cierta inquina popular ha arremetido contra la Constitución bajo el peyorativo término de “el régimen del 78”. Resulta que el régimen estaba hecho de verduras, que a veces son incómodas de comer, insípidas, pero siguen siendo mucho más sanas que la carnaza que algunos proponen. A Rajoy, al Gobierno más corrupto de Europa, le ha echado la Democracia Parlamentaria, para eso está.

Las puertas del Congreso

El congreso tiene dos puertas. La primera es una puerta dorada, guardada por dos leones. La otra, mucho más discreta, es la usada todos los días por sus señorías. Está guardada por unas rejas y dos Policías armados. De esta segunda puerta salió Margallo aplaudido. Es curiosa la maldad, Margallo se ha convertido en una especie de héroe lascivo para la izquierda por ser el único que le ha dicho a Rajoy lo incompetente que es, si bien no ha dejado de ser un liberal clásico, dicho de otra forma, un derechón de toda la vida. Dado lo anterior, le aplaudía la izquierda en su lascivia y la derecha, claro, por derechón.
Un tipo pasa con un megáfono anunciando que el valenciano es una lengua propia y no un acento catalán, o un dialecto. Sólo una persona se muestra interesada en la proclama: Un barcelonés que grita “¡Viva Barcelona, abajo Valencia!”. Yo pienso en la rivalidad futbolística, en un gol que Rivaldo marcó de chilena a Cañizares, la discusión no parece relativa a otra cosa. Entonces veo pasar a un séquito de coches negros escoltados por motocicletas policiales. “And I think to myself, what a wonderful world”, que cantaría Armstrong. En esos coches se iban 6 años de injusticias, mal gobierno y vergüenzas nacionales. Había un tipo a mi lado, contemplando de la misma forma que yo todo aquel espectáculo. Cuando me ve sonreír viendo irse a aquellos coches, me dice: Chaval, ¿te apetece un cigarrito? Pues mira, sí. Viva España. Viva.