Momentos incómodos: Cuando los gustos musicales son materia orgánica

"Pues a mí Enrique Iglesias me gusta". Y os miráis. Miras al plato. Vuelves a mirar a quien haya dicho eso. Y vuelta al plato. Le das vueltas a los tallarines con el tenedor. Te sigue mirando. Enrique Iglesias es un tipo aceptado socialmente, pero tú no caerías tan bajo: ¿Por qué no huir hacia adelante?

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Enrique Iglesias, señor que, bueno... me callo. Europa Press.

Los momentos incómodos son aquellos que nos alejan del bienestar en una reunión social, ya sea de alto o bajo standing, eso ya, según la provincia. ¿Quién no ha hablado en términos abyectos de la hermana de alguien allí presente? ¿Quién no ha calificado de esplendoroso aquello que resulta oscurantista para el resto de los allí presentes (y viceversa)? De entre todos los momentos incómodos, nos centramos en uno de los momentos incómodos más comunes: Cuando los gustos musicales del resto de la gente son materia orgánica.

Momentos incómodos: Cuando los gustos musicales del resto son materia orgánica

La situación

Cena, los amigos de alguien, no conoces a nadie. Suenan canciones que ni fú ni fá, para eso están hechas, para no prestarles atención. Tú disfrutas de un plato cualquiera y, de repente, se te atraganta. Alguien, con su mejor intención (no lo niego), ha puesto a Enrique Iglesias. Esa canción en la que Enrique Iglesias se dedica a decir que quiere hacerlo todo contigo. Bailar, estar, vivir… Lo de que no diga nada sexual lo atribuyo a que el reggeatón es en sí mismo una mentira. Bailar contigo, vivir contigo, estar contigo… Tracatrá contigo no, que le da corte.

Lo que sucede:

En ese momento, se te ocurre decir la verdad. “Dios, Enrique Iglesias, vaya mierda de canción, voy a ver si lo quitan. Es que, Dios, qué hombre más odioso, preferiría ser sordo antes que escuchar esto. La madre que lo parió, qué asco de canción. Ojo, yo no digo que él sea un mal tipo, yo digo que es un músico de mierda. Qué falta total de esencia tiene la mierda esta de canción”.

Entonces, en el otro lado de la mesa surge una voz, un hilillo de voz del inframundo, que dice: “Pues a mí Enrique Iglesias me gusta”. Y os miráis. Miras al plato. Vuelves a mirar a quien haya dicho eso. Y vuelta al plato. Le das vueltas a los tallarines con el tenedor. Te sigue mirando. Enrique Iglesias es un tipo aceptado socialmente, pero tú no caerías tan bajo: ¿Por qué no huir hacia adelante?

Lo que tú haces:

“El hecho de que te guste Enrique Iglesias no significa que no haga una música de mierda; significa que la música de mierda te gusta”. Vuelves a tu plato. Tu acompañante, quien te había llevado allí, se estaba limpiando los labios con la servilleta. Mantiene su mano en esa posición, también te está mirado. Expira, cierra los ojos y aprieta los labios mientras tira la servilleta a la mesa. Se le leen los pensamientos: “Sabía que esto iba a pasar”. Apoya los codos, junta las manos y, sobre ellas, apoya la frente.

El mundo está expectante: “Es que es buena música para bailar”. Vuelves a tu plato de tallarines, dos vueltas. Se escucha cómo el tenedor rasca el plato. De segundo, el restaurante servirá escalofrío. “El hecho de que seas capaz de bailar solamente este tipo de canción no la convierte en buena, de hecho, te convierte a ti en un bailarín pésimo”. De esta situación sale desafiante: “¿Y, entonces, qué quieres escuchar cuando vas a las discotecas?”. La respuesta es sencilla: “No voy a discotecas, la música es una mierda y las copas son caras. No hay nada que pueda atraerme de semejante cosa.”

La salida triunfal:

Todo el mundo está extrañado, eres el perro más verde que han visto, así que de perdidos al río:

“A ver, no sé, estamos en un país libre, al menos de momento. Si te gusta la música de mierda, pues qué vamos a hacerle. Te diría que es tu problema, pero el hecho de que te guste semejante mierda hace que el verdadero talento se vea relegado a un segundo plano. O sea, que el problema es de todos. En fin, que estamos en un país libre, el capitalismo es lo que tiene, que aunque algo sea perjudicial para la salud, puede venderse. Bah, no sé para qué estamos hablando, seguro que eres del ala dura del PP. Mira, mejor me voy. Idos a chuparla. Sí, he dicho idos. Seguro que siendo vosotros, chusma, más que chusma, decid “iros”. Qué asco, coño”. Y, entonces, te vas. ¿Momentos incómodos a ti? Ni que fueras postmoderno.