Morir con dignidad

753

La sociedad española está necesitando de un debate a fondo, con sus conclusiones ad hoc, sobre algo que afecta a muchas personas: la eutanasia; los ciudadanos lo están pidiendo. No se debe partir de posiciones inmovilistas ni dogmáticas, ni dejarse influir por adoctrinamientos más o menos moralistas, sino que se debería optar por la pragmática como conducta, en lugar de teorizar sobre graníticas columnas que no conducen más que a enfrentamientos estériles.

El rechazo parlamentario de la iniciativa sobre el tema no ha hecho más que cerrar en falso el debate, lo que no es más que un aplazamiento del mismo con los consiguientes perjuicios físicos, morales y mentales que se podrían causar a los afectados por situaciones con salidas imposibles. Son pocos los países de nuestro entorno, es cierto, que han tenido la valentía de afrontar el problema sin recovecos y sin tergiversar los planteamientos. Cuando se ha hecho, en unos casos se ha elaborado una ley a favor de la eutanasia, y en otros, se han seguido manteniendo las posturas contrarias sobre los medios y ayudas a la muerte voluntaria. No es cuestión de posicionarse en uno u otro sentido, sino de debatir abiertamente y sin condicionantes ético-morales que pongan cortapisas. Las conclusiones serán, o deberían ser, las que sean.

No se pierde el respeto a la dignidad de la persona por legislar sobre un tema espinoso pero que afecta de forma muy determinante y muy grave a muchos ciudadanos; es más, los legisladores tienen la obligación de afrontarlo. Habría que valorar consideraciones como si no tiene derecho la persona a decidir sobre su propia vida, la condición de moral o inmoral de una decisión que afecta tan sólo, o al menos fundamentalmente, a la esfera personal; si es ético o inmoral permitir el sufrimiento cuando no hay solución, la justicia sobre la permanente angustia de una persona enferma a la que la medicina le pronostica irremisiblemente la muerte… ¿No es inmoral impedir que una persona en condiciones de extremo sufrimiento decida sobre si quiere o no seguir viviendo? ¿Es ético permitir el sufrimiento y la desesperación de los familiares? Son consideraciones que se deberían plantear nuestros sesudos legisladores en lugar de cerrar, lo repetimos, en falso el debate.

¡Cuánta hipocresía y falacia hay en el comportamiento de los que se oponen a legislar, debatir, dialogar, tomar en consideración, etc. la cuestión de la eutanasia, y sin embargo pasan por alto, y hasta apoyan en ocasiones con su conducta permisiva, que las manos manchadas por la corrupción, esa lacra social que avergüenza a nuestra sociedad, sigan campando a sus anchas sin castigo. ¡Qué falta de respeto a la dignidad de la persona! ¡Cómo se pisotean los derechos ciudadanos! Y los que debieran poner freno no hacen más que esconder la cabeza en la arena para no querer ver.

Si hay algo que inherente al hombre mismo es su libertad, y nadie tiene autoridad para poner cortapisas a la libertad de una persona para decidir sobre su futuro, o sobre su vida.