Mugabe: La caída del eterno líder de Zimbabue

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El Comité Central de la Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZANU-PF), ha destituido a su histórico líder Robert Mugabe. Sustituido por el exvicepresidente y futuro candidato a la presidencia, Emmerson Mnangagwa, quien ostentara el poder desde los años 80, hoy 22 de noviembre, se encuentra en una encrucijada. Un país en bloque pide su dimisión.

Tras 37 años de agonía, las calles de Harare (denominada Salisbury hasta 1982), capital del país, amanecían soleadas, como preludio de los que estaba por venir.

La cámara africana había amenazado Mugabe con la destitución si no presenta su renuncia hoy lunes. El plazo se cumple a mediodía.

Negocios abiertos, calles atestadas de gente que va y viene. Nada fuera de lo normal. De no ser por un extraño ambiente de alegría. Parece como si un velo hubiera caído. Si preguntas en algún mercadillo, las respuestas de los zimbabuenses proyectan pasión. Por primera vez en mucho tiempo, la gente decía lo que pensaba. “Me daría igual que muriera hoy mismo. Ese hombre se metió las riquezas del país en su bolsillo y pensó que Zimbabue era de su propiedad”, expresaba David, un taxista local. Que alguien hubiera expresado esta opinión abiertamente hace pocos meses hubiera sido impensable.

Pasaban las horas de la mañana. Todo seguía igual, hasta que a mediodía la noticia estalló. Los coches pitaban, cientos de personas subidas en los techos. Improvisados podios donde, una o dos generaciones que no han conocido a otro mandatario que no sea el que acabada de dimitir, proclamaban la libertad.

Y entonces ocurrió. Minutos después de que Mugabe anunciara su dimisión, el júbilo estalló por todas partes. La gente se comportaba como si fuera su último día en la tierra. Gritaban que eran libres, independientes, proclamaban al viento los derechos humanos y hablaban del futuro. Los automóviles se convirtieron en podios donde encaramarse para bailar y expresar la alegría.

“Necesitamos construir este país entre todos. Debemos arremangarnos y trabajar para devolverlo al lugar donde estuvo”, gritaba Peta, un hombre blanco de negocios, mientras a su alrededor la gente no paraba de bailar empapada en sudor.

El ejército que hace unos día era el brazo represor del Estado provocando miedo, hoy se había convertido en abanderado del cambio.  Militares posando para una foto y la gente abrazándolos. Una imagen que parecía impensable hace un mes. Se podía sentir. Zimbabue estaba viviendo un momento histórico.

Los antecedentes

El El Comité Central  de la ZANU-PF había convocado una sesión para el día de hoy. Robert Mugabe había perdido el apoyo de su partido y el control gubernamental el 17 de noviembre, cinco días atrás. Ocho de los diez Comités Coordinadores Provinciales (PCC) de la ZANU-PF acordaron la incapacidad del mandatario debido a su a avanzada edad (93 años).

Los zimbabuenses se echaron masivamente a la calle, sábado 19 de noviembre, para pedir la dimisión del presidente. Y en pleno clima de instabilidad los militares tomaron el control del país la noche anterior, la madrugada del día 21.

Mugabe quedaba confinado en su residencia, y el ejército emitía un mensaje de madrugada en la televisión nacional, explicando que no se trataba de un golpe contra el presidente sino de una operación contra “criminales” de su entorno.

“Yo, Robert Gabriel Mugabe, presento formalmente mi renuncia, con efecto inmediato”. Con estas palabras, leídas por el presidente del Parlamento, Jacob Mudenda, en la sesión del día 22, se ha puesto fin a una era de torturas, detenciones y represión.