Todo el mundo la caga de vez en cuando

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Últimamente me pica detrás de la oreja una cosa muy sencilla: la manía que tenemos todos de mirar siempre los defectos de otros y olvidarnos completamente de los que tenemos. O ni siquiera llegar a darnos cuenta de que los tenemos.

Y mira que es algo que sabemos de sobra. Yo personalmente considero que conocer tus defectos es muy útil por dos lados: primero, evidentemente, por intentar controlarlos o al menos no fastidiar a nadie con ellos; y segundo porque nada te va a hacer más fuerte que blindarte en tus defectos. Por ejemplo, a mi siempre me atacaron con el vicio. Debajo de un puente acababa seguro y tal fijo (de momento sigo en mi casa, ya ves). Hasta que un día reconocí mi mierda y empecé a reirme y a ridiculizar a quien me diera por saco con el tema. Lo que desembocó en que con los años me dejaran bastante tranquilito e incluso, se diera por sentado que estaba “hecha de otra pasta”. Me vienen a la cabeza un par de historias de gente que nunca lo pilló muy bien.

La primera es de una chica que conozco desde hace muchos años, con exceso de todo. Excesivamente guapa, excesivamente interesante y excesivamente intensa. Tanto que siempre, desde que tengo memoria, está discutiendo con uno u con otro por tonterías. Siempre se consideró a sí misma una persona auténtica, que no falla, legal y leal. Nunca se paró a pensar de que en realidad, es un poco-bastante desastre. La típica persona que no aparece en todo el fin de semana cuando habías quedado con ella el viernes y aparece contándote que la liaron para un festival o cualquier historia. Pero ya ves, siempre son los demás unos impresentables.

La otra es de un antiguo amigo con el que perdí contacto. Bueno, conmigo y con todo el mundo en un momento u otro. Un chico encantador, bonachón, su casa es tu casa y siempre tiene una buena conversación a mano si quieres. Pero sus padres le rayan la cabeza a base de bien con cualquiera por cualquier cosa y con los años, le han pegado la manía. Por tonterías del estilo de “no has tenido tal detalle” cuando ni sabías que tenías que tenerlo y realmente, ni tenías por qué. Y nunca se paró tampoco a pensar, de nuevo, que era en su caso un tío bastante difícil de sacar de casa. Vamos, que tenías un buen plan y era el típico colega percha. Ese que te cae muy bien pero no se va a comer la noche contigo ni de coña, pero no lo puedes dejar tirado y se convierte más en un lastre que en un compañero de parranda.

Desde luego…lo importante que es mirarse al espejo y preguntarse un par de cosas y lo poco que lo hacemos. Siempre que me pongo a pensar historias de estas, me acuerdo del Robe. El paradigma del rockero español que convirtió su mierda y sus defectos en obras de arte imperecederas.