Murillo tuvo una casa

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Al conocer la noticia de que el Ayuntamiento de Sevilla muestra su interés para poner en valor la casa del pintor sevillano Diego Velázquez, salta la siguiente reflexión:

Los amantes de las artes, especialmente de la pintura, están de enhorabuena. Sobre todo los sevillanos y los que decidan visitar Sevilla durante el año 2018ya que se está celebrando nada más y nada menos, que el Año de Murillo. Dicho en otras palabras: los 400 años del fallecimiento del genio de la pintura.

No es que se hayan esmerado los organizadores, ni hayan sido especialmente originales, ni profusos en el homenaje de nada más y nada menos, al más grande de los pintores del Barroco Español, quizás el más fructífero. La vertiente religiosa del barroco español marca diferencias con el de otros países. Por eso, si el representante por antonomasia de la pintura barroca religiosa en nuestro país es Murillo, el genio de los pinceles debe ser situado a la cabeza de la lista y, consecuentemente, el homenaje debió haber adquirido las dimensiones que le corresponden: la del más grande de los pintores españoles. No se ha dado esa dimensión a las celebraciones del Año de Murillo.

La ingente obra de Bartolomé Esteban Murillo, en sus apartados costumbrista y religioso, está marcada por matices profundos del color, los volúmenes y la composición. Y por supuesto, por mostrarse como un magistral retratista. De su pintura religiosa es difícil destacar algunas de sus creaciones, quizás las más reconocidas son sus “Inmaculadas”, aunque para quien firma estas líneas se detiene el tiempo cuando puede admirar la “Virgen de la Servilleta” ¡Cuestión de gustos!

En contra de lo que se piensa, tuvo la suerte de no ser nombrado pintor de cámara: su paleta gozó de libertad para desarrollar todo lo que vino a su mente, además de contar con aprendices en su taller sevillano, y poder crear una escuela, al modo tradicional, en su tierra. Ser Pintor de Cámara lleva la esclavitud y la servidumbre del poder, y, por fortuna, Murillo tuvo sus manos libres de ataduras.

Tal vez por no haber sido Pintor de Cámara, la obra del pintor sevillano sea la más internacional de nuestro barroco: tuvo encargos para comerciantes ingleses, alemanes, holandeses, para nobles rusos, italianos… Es posiblemente, el pintor más universal de la época más grande de nuestra pintura.

Hace unos días tuve la “suerte” de poder visitar la Casa de Murillo y me llevé una auténtica decepción: sólo se podía visitar el patio de la casa donde vivió el genio. El resto de la vivienda estaba cerrada al público. Eso sí, en el patio había “colgadas” reproducciones de algunas de sus pinturas. Es incomprensible que no se haya habilitado la casa, con sus enseres, que estarán guardados en algún sitio, para que los visitantes pudieran “vivir” la vida diaria de Bartolomé Esteban Murillo, que pudieran “respirar” lo cotidiano de Murillo en su propia casa. Más aún asombra que todavía no se haya creado un museo, al menos de obras pequeñas de tamaño (aunque grandes y exquisitas en calidad), para que sean contempladas en el entorno íntimo y cercano del pintor.

¿Cuando se abrirá la auténtica casa de Murillo y no el esqueleto con fachada (por cierto dedicado a oficinas) que hay en el Barrio de Santa Cruz? Urge la puesta en funcionamiento de la Casa de Murillo, en la doble vertiente de genio de los pinceles y de usuario de su propia vivienda. Sobre todo porque Murillo merece que se le haga el homenaje que le debe su ciudad.