Rafael Nadal: Entre Aureliano Buendía y Oliver Atom

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Rafael Nadal en los JJOO de Río 2016, Europa Press

Rafael Nadal perdió ayer contra un japonés que jugó como nunca. Están siendo unos juegos míticos en los que Phelps (¿el mejor deportista de la historia?) parece despedirse. El tipo que derrotó a Ian Thorpe, otro Poseidón, se nos va de las piscinas. Bolt gana por tercera vez los cien metros lisos, tiene toda la pinta de que ganará los dos cientos (también por tercera vez) y, por no irse de la linde, es más que probable que Jamaica repita en el cuatro por cien (¿el mejor deportista de la historia?). Aparte de esto: Simone Bailes, emperatriz de la gimnasia; Max Whitlock, emperador. Y además, adiós al récord de Johnson en los cuatrocientos.

Pero, déjenme tirar para casa: Lo que hemos visto hacer a Nadal no se contará en los libros del olimpismo, ¿quién se acuerda, si quiera, de los segundos?, pero ha sido literario. Va perdiendo dos-cinco en el segundo set, Nishikori tiene dos pelotas para ganar el partido. Y remonta. Lo recordarán de series de televisión como Óliver y Benji, en los que cuando el equipo de Atom se jugaba el campeonato, siempre ocurría algo trágico que les motivaba para remontar. Y remontaban.

Pero empezó el segundo set y el japonés se perdió en no se sabe dónde, el árbitro estaba ausente de su autoridad y el público raramente enloquecido. La cara de Nadal se volvió la cara del Coronel Aureliano Buendía, que luchaba contra la injusticia de los conservadores encarnados en su suegro y siempre acababa perdiendo y tiroteado. El Coronel que estuvo a punto de morir mil veces y a todas sobrevivió. Nadal empezó a recibir bolas al cuerpo de dudosa deportividad, mandó una bola a la línea que se cantó fuera y sólo pudo decir, mediante gestos y a su equipo, que el rival tenía más cara que espalda.

Y, finalmente, como el Coronel, perdió. Pero qué bien perdido, qué incansable parecía. Hubo un tiempo en el que pensaba que Nadal no era un gran tenista, sino un gran atleta. Una persona cuya técnica era más que mejorable pero que, por casta y por coraje, era capaz de llegar y devolver cualquier cosa. Cómo ha cambiado la cosa: La técnica de Nadal sigue sin ser la mejor (bajo mi seguramente equivocado punto de vista), pero ahora ya no es un gran atleta: es el deporte encarnado.

Si algún día tuviéramos que explicarle a un extraterrestre qué tiene que ser un deportista ejerciendo su deporte, los partidos de Nadal contra Nishikori y del Potro son el mejor ejemplo que vamos a ver en mucho tiempo. Y no saldrá en los libros del olimpismo, pero aquí se queda: tal y como recuerdo a Óliver Átom, tan luchador como previsible (ya incluso sabemos, como sabíamos del futbolista ficticio, que Nadal no se rinde); tal y como recuerdo al Coronel, perdiendo, honrado, contra la injusticia; tal y como recuerdo a Nadal: sin contemplar que una derrota sea posible. El de Manacor fue un ser de dibujos animados y fantasía.

Tal es el romanticismo que todo esto me inspira, esa sensación de rechazo total de lo lógico y de la naturaleza establecida del ser humano (que hubiera sido tirar la toalla en el segundo set), que parece que no nos acordamos de que este señor ganó una medalla de oro en dobles.