Narcos ya está en el club [reseña]

La segunda temporada es más sangrienta, más negra y, supongo que en consecuencia, mejor que la primera.

1839
Wagner Moura interpretando a Pablo Escobar en Narcos. Foto de Netflix.

Narcos, la serie de Netflix, acabó la temporada uno con polémica: El hijo de Pablo Escobar declaraba que la DEA era mucho más corrupta de lo que aparece en el show. Parecieron tomar nota. La segunda temporada es más sangrienta, más negra y, supongo que en consecuencia, mejor que la primera.

Hay un cambio fundamental, tras la temporada uno de Narcos comenté con los amigos situaciones que nos hacían gracia por la lejanía con la que las veíamos. Esa superioridad con la que Pablo Escobar obraba, esos lujos que se daba, esa puñetera tranquilidad con la que escondía un millón de dólares en el sofá de su madre y preguntaba si así estaba más cómoda… Eso se acabó.

Entrando en faena, lo han conseguido: Hay un antes y un después en una serie de televisión, que es cuando quién la ve distingue frases. Si digo: “We were on a break” los fans de Friends sabrán de qué hablo. Si digo: “Eso dijo ella/ That’s what she said”, se reirán quienes vieron The Office. Si les cuento una historia hablando de ajedrez, pensarán en The Wire. Hay muchas: We are family, nada bueno pasa más tarde de las dos… Bien, si yo les digo a ustedes (escrito fonéticamente) “parserito”, ustedes saben perfectamente de qué les estoy hablando: Narcos ya está en el club.

La realización, mezcla de película de acción y telenovela, está que ni pintada. Los guiones son especialmente ricos y los personajes son verracamente (como dirían ellos) auténticos. Me falla, en cierto modo, Boyd Holdbrook en el papel de Steve Murphy. Simplemente no me creo que esa cara de buenazo pueda esconder la mala leche que el guión le da a este agente de la DEA. Le falta algo, le falta ese puntito, ese pellizco último. No llega a encenderme el claroscuro que, por otra parte, Pedro Pascal clava. Pedro Pascal, chileno de nacimiento, maneja dos personajes: Uno es Javier Peña trabajando contra el narcotráfico y otro es Javier Peña ayudando a prostitutas y personas de mal vivir. El Javier Peña que trabaja contra el narcotráfico tiene veneno en la mirada; el Javier Peña que ayuda es un ser de lo más afable. El guión intenta que Steve Murphy también tenga esos matices aunque en menor medida, pues tiene esposa e hija, y Holdbrook no acaba de conseguirlo. En cambio, Pedro Pascal ya es uno de esos policías de expediente turbio que tanto gustan en la cinematografía negra.

Wagner Moura en el papel de Escobar merece un párrafo aparte. Antes nos caía simpático por esas escenas entrañables en la que manejaba una pasta incalculable y se reía de la autoridad mientras mataba a cascoporro, ahora seguimos teniéndole cariño, pero le respetamos más. Se han acabado las bromas y más no se ha de decir, mérito del actor, que está más gordo y ha mejorado su acento paisa, principal pero de su interpretación en la primera temporada.

Siguiendo con el trasfondo de la serie, sigue la contienda entre el bien y el mal. Se ve a unas autoridades estadounidenses demasiado preocupadas en acabar con el comunismo de las FARC y muy despistadas con el narcotráfico (habrán escuchado al hijo de Escobar); se ve a un Pablo Escobar que teme más por su familia y, por lo tanto, es aún más brutal y a una DEA y un ejército colombiano mucho más corrupto. Aquí encontramos el gran mérito de la serie, que le cojamos cariño a un monstruo como Escobar y que acciones policiales muy apartadas de la ley sean vistas como justas.  ¿Se acuerdan de cuando en el bautizo del hijo de Connie en “el Padrino”, Michael hace eso y todo el mundo aplaude? Ya saben, la escena de la puerta giratoria, entre otras. A eso me refiero: A todo el que ve “el Padrino” le parece que Michael Corleone tenía más razón que un santo. Cuando eso pasa en un producto cinematográfico, cuando te han guiado de forma que ya no distingues el bien del mal, es que la cosa va bien.

Habrá tercera temporada, pues, dada la corrupción de las autoridades, el cáncer se convierte en una mitosis. Siendo esto una reseña sin spoiler, mejor no decir nada más que mi expresa recomendación de Narcos. Repito la razón más obvia: si le cogen cariño a un monstruo, la corrupción les parece bien y, además, quien la ve le dice “parserito” a todo el mundo, es que funciona.