De cómo no conocer a dos actrices

Un día estuvieron a punto de presentarme a Natalia de Molina, pero me dio vergüenza; mes y medio después, quise decirle "hola" a Belén Cuesta.

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Belén Cuesta en la presentación de "Kiki, el amor se hace". Europa Press

La historia que les cuento comienza el día en que no conocí especialmente a Natalia de Molina. Todos los días de mi vida son “el día que no conocí a Natalia de Molina”, pero este día no la conocí especialmente porque la tuve cerca y Paula Iwasaki me la quiso presentar. Acababa de entrevistar a Paula y estábamos ya con una caña cada uno cuando ella, tan encantadora como es, dice: “Anda, mira Natalia”, y yo pensando que era una Natalia cualquiera cuando me giro y veo que es Doña Natalia de Molina mientras se me caía el alma al suelo de lo que pesa mi amor platónico por ella.

¿Han visto Kiki? Ay, cómo está “Natalia”, como la llama Paula, en Kiki… ¿Y en “techo y comida”? Ay, cómo está Natalia en “techo y comida”… Creo que Jennifer Lawrence es la Natalia de Molina estadounidense, no les digo más.

El caso es que cuando yo me puse rojo como un tomate sólamente de pensar en conocerla, coge Paula y dice: Ven, que te la presento, que la conozco de bla, bla (no me acuerdo de qué conocía Paula a Molina, yo ya estaba pensando en que aquella mujer que acababa de entrar en la filmoteca dijera alguna vez algo que hubiese escrito yo). No pude ni acercarme de la admiración que le tengo a su trabajo. Luego de concebir la idea se me hizo imposible levantarme y decir “sodfnaknafkn” y quedar como el tonto e infantil personaje fanático que Natalia de Molina conocerá todos los días.

Natalia se fue como se van los ángeles y Paula se fue al teatro. Supongo que dentro de unos años un tipo estará entrevistando a una de las actrices con más proyección de España (como estaba haciendo yo) y entrará en la sala Paula Iwasaki y el tipo que esté entrevistando a la actriz con proyección se quedará pasmado de amor platónico a ver a doña Paula. El caso es que yo me juré que eso no me iba a volver a pasar.

El otro día fui a ver “Las Cervantas” y a movimiento de caballo de ajedrez (es decir, una fila delante, tres butacas más allá) se sentó Belén Cuesta.

 

La vi entrar y dije: “¿Será ella?” Y lo era porque una de las personas con las que iba la llamó Belén. O sea, que era ella. Rápidamente se encendieron las alarmas del amor platónico. ¿Le digo algo?, me dije, Pero, ¿qué le digo? Ay, pobre, estará harta de que le digan algo… (Quedan cinco minutos para que empiece la obra, decían por megafonía) Venga, sí, le digo algo… Bueno, mejor para cuando acabe la función, que no es cuestión de molestar a nadie ahora, ni armar jaleo ni nada y, además, si ella quisiese -yo ya andaba soñando- podría quedarme un rato hablando con ella, ¿Le gustará la cerveza? Seguro que le gusta la cerveza. Lo que no puedo es decirle que diga “con lo malamente que huelen los espárragos”, ay, esa frase suya en “Kiki” me va a durar para toda la vida. (Queda un minuto para la función, apaguen los teléfonos móviles y patatín y patatán) Venga, vamos a ver la obra y luego, que sea lo que sea.

La obra acaba, las actrices (fantásticas, por cierto) saludan. Belén Cuesta, doña Belén Cuesta, se levanta… ¿Se levanta doña Belén Cuesta y no me voy a levantar yo? ¡Hombre, aquí está el tío el primero! Entonces había dos personas de pie en las butacas: Belén Cuesta y Fernando Camacho, servidor de vuestras mercedes. “Igual se ha fijado en mí”. Claro, Fernan, picha, cómo no se va a fijar en ti si estás a movimiento de caballo en ajedrez, de pie igual que ella… y se te acaban de caer las gafas al suelo y las estás buscando como un loco porque sin gafas estás cegato que un gato de escayola… Las encuentro justo cuando las actrices saludan por tercera vez como dicta el protocolo y Belén Cuesta se está yendo de la sala. Salgo, ya estamos ahí, reúno valor y cuando acabo de salir… Está hablando con las actrices de la obra, no tengo valor casi para hablar con una persona a la que admiro, imagínense hablar con tres, claro. Total, que me pongo allí cerquita a mantener el valor reunido como se pueda mientras hacía como que leía algo. Ella empieza a andar yo empiezo a andar para que me adelante y hacer como que ¡Eh, no te había visto! así, lo más casual que se pudiese. Tenía ya hasta mi frase y todo: Señora Cuesta, la admiro mucho, creo que su papel en “kiki” es genial y así lo puse en mi reseña, es un placer. Y ella diria: Ah, tú eres el Fernan Camacho al que yo di un me gusta en twitter! y yo: Claro, ese mismo. Y ella: Pues vente de cervezas. Y yo (haciéndome el duro): Ay, no sé, qué pintaría yo, no quisiera importunar… Y ella: Entre artistas nos entendemos. Y yo: Ah, claro, entonces sí….

Pero no… Cuando me adelantó y fui a abrir la boca, algo en mi mandíbula estaba bloqueándola.

Muy digno, eso sí, me fui andando como los actores de los años cuarenta, misterioso y elegante, por si, en una de esas, se hubiese dado la vuelta y yo hubiera podido reaccionar.

En mi defensa diré que por el aleteo de su recuerdo yo escribí unas alegrías de Cádiz:

“Que no puedo ni mirarte
ay, miedo a mi propio nombre
y me gusta que tengas twitter
que pa mandarte corazones”.

y diré también que vamos progresando, la evolución está clara: Si bien con Natalia de Molina yo estaba debajo de la mesa ante la irrisoria oportunidad de decirle hola, con Belén Cuesta pude incluso hilvanar un pensamiento con una frase de entrada. Yo creo que ya, para cuando vea a Inma Cuesta, podré decirle hola e irme corriendo. Así, en plan tímido, encantador y raro, como Johnny Depp.