“Porque no es necesario ejercer la violencia física o verbal contra una única mujer para ser machista”

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Esta mañana, como todas las anteriores mañanas de mi vida, me he despertado siendo hombre. Me he puesto un pantalón de chándal y una camiseta, sin importarme si los colores combinaban o no, y he ido al baño. Allí, mientras me lavaba los dientes, me he mirado en el espejo y este me ha devuelto el reflejo de mi cara somnolienta y el pelo despeinado. No me he parado ni un segundo en peinarme. Total, iba para el gimnasio.

Una vez allí, nadie me ha mirado mal por mis pintas desaliñadas. Nadie se ha extrañado de mi atuendo ni de mi falta de arreglo. Ni han girado la cabeza extrañados al verme entrar en la sala de musculación. Nadie se ha sonreído por mi postura al verme realizar el peso muerto. Nadie ha comentado mis gritos con su compañero al levantar alguna pesa.

Nadie se ha sorprendido de verme empapado en sudor al terminar el entrenamiento. Ha sido un agradable momento de ejercicio matutino para mí.

Luego más tarde en mi casa mientras desayunaba viendo el telediario, he sentido una enorme pena al enterarme de que han asesinado a otra mujer. Pero al segundo, han aparecido las imágenes del nuevo desfile de Victoria’s Secret con sus modelos sonrientes y del sujetador de tres millones de dólares. Al parecer, por la tarde habrá un reportaje en profundidad del show pero nada relacionado con la violencia de género.

He conducido hacia la universidad escuchando una canción de un tal Maluma. Llevaba prisa porque llegaba tarde a las clases y he cometido una imprudencia al volante que casi provoca un pequeño accidente con otro conductor. En ningún momento, él lo ha atribuido a que yo sea un hombre, simplemente se ha limitado a insultarme y a acordarse repetidamente de mi madre. Sólo de ella. ¿Qué relación de causalidad pueden tener mi madre y mi penosa forma de conducir?

Ya en la facultad, he respondido acertadamente a las preguntas de un profesor. Nadie se ha sorprendido de mi inteligencia o mi capacidad para las matemáticas. Ningún compañero se ha asombrado al escuchar una voz de hombre contestando de forma correcta. Ni yo me he sentido un extraño en un aula donde más del noventa por ciento de los alumnos eran hombres.

Al finalizar la jornada, ya de noche, he ido hacia mi coche, el cual estaba aparcado en un parking cercano. Estaba oscuro porque las farolas no funcionaban y no se veía prácticamente nada. Iba solo pero no por eso me he sentido inseguro. En ningún momento he pensado que alguien pudiera atacarme para robarme ni mucho menos para violarme. He llegado tranquilamente a mi vehículo paseando con una sonrisa en la cara, sin preocuparme por nada.

Para celebrar el duro día, he ido a tomar unas cervezas con varios amigos. A uno de ellos le molestaba la cabeza y ha preguntado a las mujeres del grupo si llevaban algún medicamento en sus bolsos. No se ha molestado en preguntarnos a los hombres. Otro nos ha contado que no consiguió acostarse con aquella chica con la que había estado hablando por Whatsapp. Ahora ya no le parece tan guapa y amable como nos comentó la semana pasada. También hemos hablado de política. Nadie me ha comparado con los nazis por expresar libremente mis opiniones. Dos chicas han ido juntas al baño. El servicio era unisex y sin pestillo en la puerta. Al pedir la cuenta, el camarero me la ha ofrecido amablemente a mí.

Al llegar a mi casa, no he tenido que desmaquillarme. Lavándome de nuevo los dientes antes de ir a dormir, me he dado cuenta que ya iba siendo hora de afeitarme. Quizás lo haga mañana. O pasado. No he tenido que tomarme ninguna pastilla anticonceptiva antes de acostarme. Plácidamente, y sin remordimientos, me he dormido un día más siendo hombre. ¿Pero no debería tenerlos?

Son esos comportamientos inoculados en la sociedad, inculcados en todos y de los que la mayor parte del tiempo no somos conscientes, los que permiten que el machismo siga vivo. Porque no es necesario ejercer la violencia física o verbal contra una única mujer para ser machista. Basta con ser pasivo ante este tipo de comportamientos, basta con plegarse a la costumbre. No es suficiente decir que se cree en la igualdad de los géneros, hay que demostrarlo. Hombres del mundo, las mujeres no quieren robarnos nuestros derechos, sólo luchan por los suyos. La mujer no es un enemigo, es el mejor aliado.