No te enamores de una chica que, en verdad, sea un oso panda

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No es que tenga ojeras, es que es un oso panda.

No te enamores de una chica que, en verdad, sea un oso panda. No es que te hayas vuelto un profundo de la clase obrera y, de repente, sus ojeras te parezcan las ojeras de una mujer trabajadora: Lo que en verdad está pasando es que es un oso panda.

Una osa, a lo mejor, pero oso panda al fin y al cabo. 

No te enamores de una chica que, en verdad, sea un oso panda porque no habláis en el mismo idioma. Tú hablas en un idioma humano, ella no. Te dirás: ¿Por qué? Porque es un oso panda. No digas que es una mujer libre y no se va depilar porque se lo diga nadie, tampoco has descubierto que los cánones de belleza son una imposición del patriarcado (eso es verdad, diga no a los cánones, pero que no es el caso): lo que sucede, amigo, es que es un oso panda.

No es que te quiera y por eso se te abalance en un abrazo sincero y puro, es que es un oso panda y esos abrazos podrían matarte. Matarte del todo. No hay vuelta atrás cuando te mata un oso panda. Tampoco es que le guste 50 sombras de Grey. No es que se haya leído las aventuras del sadomasoquista más celebérrimo desde que el Madrid ficho a Faubert. No es que te arañe por el gusto. Es que es un oso panda.

No es que la Reina Sofía se haya encariñado con ella y por eso la ha adoptado, no es que no viva en Zarzuela porque prefiere su barrio de siempre, es que es un oso panda. No es que su cuarto huela mal y tenga unos compañeros de piso raros. No es que para seducirla tuviste que hacer un baile más que extraño para impresionar a su familia, tú y yo sabemos que eso no es así.

Es un oso panda. No es un humana, es panda, como el coche, pero en oso.