No todas las opiniones valen lo mismo

Lo siento, en cuanto al arte se refiere, el libro de los gustos está perfectamente escrito, de hecho, hay carreras universitarias que estudian ese libro y que se dedican a teorizar sobre cómo analizarlo cuando surge una nueva corriente artística.

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La cosa ha estado de opiniones artísticas últimamente. Salvador Sobres, flamante ganador de Eurovision (por fin se gana Eurovision con una canción y no con un esperpento), decía con más razón que un santo:

“Vivimos en un mundo en el que se consume música fast food totalmente hueca y sin contenido. Creo que mi victoria puede significar mucho para gente que hace y escucha música con un mensaje claro. La música no son fuegos artificiales, la música son sentimientos. Deberíamos cambiar esto y devolver el valor que merece”.

Dejo aquí la preciosa canción, por si alguien quisiera deleitarse:

Automáticamente saltaba el señor representante de Suecia (Robin Bengtsson es el nombre del vikingo en cuestión) diciendo que la música es tal, es cual y que dos huevos duros. Sobra decir que este señor ha acudido al concurso con una canción que fue escrita en un papel que hubiese estado mejor aprovechado de haberse destinado a la fábrica de scotex. Claro, que qué va a decir él. Aquí la prueba del delito, por si alguien quisiera flagelarse:

Todo el mundo tiene derecho a opinar, pero eso no quiere decir que todas las opiniones valgan lo mismo. Lo siento, en cuanto al arte se refiere, el libro de los gustos está perfectamente escrito, de hecho, hay carreras universitarias que estudian ese libro y que se dedican a teorizar sobre cómo analizarlo cuando surge una nueva corriente artística.

De un tiempo a esta parte se tiene una necesidad afectiva tremenda y eso nos lleva a proclamar que nuestra opinión artística puede merecer la pena, lo cual es radicalmente falso. Hay opiniones artísticas que son absolutos atentados y no hay porqué tenerlas en consideración para absolutamente nada. Otra cosa, bien distinta, por cierto, es que se intente ser gentil y no se señale el hecho de que lo que se acaba de decir es una barbaridad catedralicia, que en sandeces varias podría estar a la altura de las mejores y que le haría un favor a la humanidad si no volviese a hablar en esos términos bajo los cuales “tal poema es bonito porque a mí (siempre se dice “a mí” como si “a mí” incluyese a toda la humanidad) me transmite y porque yo (este “yo” es, efectivamente, un representante de la raza humana) lo entiendo sin tener que pensar nada (y en ese “sin tener que pensar nada” expresa más que en todo lo anterior).

Hay gente que dedica su vida a analizar, por ejemplo, la literatura. Por más que a alguien le encante un best seller que trate sobre sadomasoquismo, o sobre niños que van en monopatín, o sobre un señor con mucha cabeza que navega con su cuñado el calvo; si alguien que ha dedicado su vida a estudiar la calidad de los libros dice que esos libros son la suave brisa que le bambolea los genitales (en caso de que sean colgantes), seguramente lo sean. Que todo puede ser en esta vida y ya hemos visto ranas que son azules, pero que lo más probable, es que, efectivamente, esos libros sean más apropiados para abonar el campo que para ser leídos. Del mismo modo que es más que probable que el reggeaton no sea más que ruido ritmificado, una penitencia para el oído a la que hay gente que se empeña en condenarse sin necesidad de sentencia judicial.

Sinceramente creo que poner en el mismo rango a alguien que ha dedicado su vida al estudio de una materia y a alguien que no lo ha hecho, no ensalza la opinión del segundo, sino que desprecia el trabajo del primero. 

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Fernando Camacho, Politólogo | Columnista en @AndaluciaAlDia y @Secretolivo. Poeta y escritor de relatos y novela.