«Nuestro Núñez»

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Tendríamos que retroceder a mediados de los años 60 del pasado siglo: familias de varios hijos, ruralización de la sociedad española, escasos medios culturales y falta absoluta de libertades. En ese ambiente, algunos de nosotros tuvimos la fortuna de encontrar un hermano mayor que hizo el papel de padre educativo y formativo. Eran tiempos duros; en muchos hogares faltaba la fruta, la leche y a veces hasta el pan; ropa escasa y dos pares de zapatos: un par de verano y otro de invierno. Lógicamente la cultura no sólo no aparecía, sino que ni siquiera se le esperaba.

Y en esas, aparece un “hermano mayor-padre” para los que tuvimos la suerte de ingresar en el Seminario de Pilas: Juan Manuel Núñez Contreras, un cura joven, con ideas propias un tanto heterodoxas, cuya misión auto asumida era la formación de aquellos niños que le habían confiado. Para él antes de conseguir que aquellos seminaristas llegaran a ser curas, lo primordial es que fueran personas, personas críticas, con criterios propios y que tuvieran claro que en la cima de los valores están la libertad y el respeto a la dignidad personal.

Para “nuestro” Núñez los convencionalismos sociales, las normas, las leyes de un gobierno autoritario y todo lo relacionado con encorsetamientos costumbristas con olor a naftalina y hábitos de “buena” familia, chocaban frontalmente con la persona: con su dignidad y con la libertad individual.

Si en algo sobresalía Juan Manuel era precisamente en su coherencia, su autenticidad y en ser consecuente con sus ideas. Eso le trajo más de un choque, en ocasiones por “culpa” de sus niños que eran demasiado “rebeldes” para el status clerical que copaba los puestos dirigentes de aquel seminario diocesano que, gracias a algún que otro cura de “nuevo cuño”, dejó atrás sotanas, misas faltas de fondo y ejercicios espirituales rancios. En contra, por
supuesto que a favor de los niños, aparecieron conceptos como libertad, personalidad y criterios propios entre los seminaristas.

“Nuestro” Núñez rebosaba generosidad por todos sus poros, redoblaba esfuerzos para lograr que “sus niños” fueran adquiriendo hábitos de personas libres como la coherencia, la formación cultural, la duda metódica y el rechazo a los convencionalismos.

Fueron pasando los años, pasó la etapa de seminaristas y la mayoría, salvo dos casos entre cerca de 70, decidió que su vida, al igual que para Juan Manuel algo más tarde, no estaba ligada a la estructura de la Iglesia y formaron familias. Cada cual, conforme a sus convicciones, se marcó un rumbo en todos los ámbitos: social, profesional, religioso, político… y nunca, en ningún momento, hubo una palabra de reproche de Juan Manuel, todo era “bendecido” por nuestro hermano-padre, por “nuestro” Nuñez; siempre había una palabra de aliento, una comprensión absoluta y una postura solidaria hacia cada uno de
sus “niños”, tan solo recordaba siempre que la dignidad y la libertad estuvieran presentes.

Aquel sustrato que se formó en las personalidades de aquellos chavales, por suerte cada uno distinto, con criterios e ideas propios, se reflejaba en un grupo de hombres que afrontaron la vida, con mayor o menor éxito, pero a los que nadie podía reprocharles su conformismo ante situaciones injustas, ni la aceptación de presupuestos manidos, trasnochados y arbitrarios.

Por desgracia, es ley natural, “nuestro” Núñez ha pasado al mejor lugar que puede ir una persona de su fuerte personalidad: al ocupado en la memoria y los corazones de los que estuvieron cerca suya. “Sus niños de Pilas”, sus amigos, sus compañeros de trabajo, todos los que tuvieron cobijo en su corazón y para los que siempre tenía un momento, una sonrisa y una palabra de aliento… los que tuvimos la suerte de compartir muchos momentos de su vida.

Por él, que puso en primer lugar el respeto a la libertad de la persona, ahora llega la hora del mejor homenaje que se le puede hacer: seguir siendo libres. A ello nos comprometemos ante Cándida, su esposa, y Ana, Juanma, Gema y Rafael, sus hijos.