Adiós no, Diego

242
Imagen de archivo de un agente de la Guardia Civil. Europa Press

Esta mañana empieza con la trágica noticia de la aparición del cuerpo del cabo primero de la Guardia Civil destinado en Guillena, DIEGO, el cual ya terminando su turno no dudó en dar media vuelta para rescatar a tres personas atrapadas en su coche en un arroyo debido a la crecida de sus aguas. DIEGO, quien no dudó en poner su vida en riesgo cumpliendo con su obligación, ésa que su vocación le demandaba, esa vocación que hizo que no dudase a introducirse en la furiosa corriente que se lo llevó, la vocación que llevaba con orgullo como tantos SEÑORES que se ponen su benemérito uniforme para velar por todos nosotros.

Tal es la congoja que me inunda que se me hace difícil escribir estas letras en honor de un hombre tan desconocido para mí como para muchísimas personas, un héroe que vestía de verde cada día, con orgullo y sin capa, como todos sus compañeros a los que hemos visto jugándose la vida por el bienestar y la seguridad de sus vecinos en medio de tormentas de nieve, en las carreteras, en pueblos aislados, en la montaña, en cualquier lugar del territorio nacional y fuera de nuestras fronteras.

Y escribiendo estas letras se me vienen a la cabeza las que escribió Miguel Hernández en su Elegía a su amigo Ramón Sigé, poema que les comparto, y en parte como una oración, porque no encuentro palabras para el dolor que ha de habitar en los corazones de su familia y compañeros.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas…
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Que Dios te guarde siempre en el cielo y que disfrutes de largos y hermosos paseos de la mano del pequeño Gabriel, dos ángeles que se fueron sin decir adiós. Y sin decirte adiós desde aquí, DIEGO, te doy mi despedida, teniéndote siempre presente con todo el respeto y mi admiración.

ADIÓS NO, DIEGO, SIEMPRE EN NUESTROS CORAZONES Y EN NUESTRO RECUERDO.
Y GRACIAS, MIL VECES GRACIAS, A TI Y AL CUERPO DE LA GUARDIA CIVIL.

Mi más sincero pésame a la familia del Cabo primero Diego, y a sus compañeros. Descansa en paz.