Oprimido: La dura vida del hombre de hoy

Que señoritas se hagan feministas, pasen, pero que lo hagan ciertos personajes...

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Europa Press

Oprimido como estoy tras el pasado 8 de marzo, por feminazis y radicales, relatar las vivencias del hombre moderno se hace una necesidad del cronista contemporáneo, del mismo modo que lo hicieron en el pasado aquellos héroes que vivían en territorios alejados de esta, nuestra civilización.

Oprimido: La dura vida del hombre de hoy

Sin ir más lejos, hoy, camino del labor en el aciago transporte público (desde que el ecologismo -como diría Luis Alberto de Cuenca, poeta ilustre y español de bien, “un nuevo fascismo, sólo que más hortera”- ha implantado su necrófaga huella, no puedo ir libremente en mi coche), una señorita de lo más altanera no me ha dejado pasar. Quería yo salir en mi parada y, por aquello del apoderarse de los espacios, no ha podido ser. “Hay que feminizar de los espacios”, que se diría. No habrá feminidazado tanto cuando iba sin maquillar. En fin, la izquierda, “lo tuyo es mío y lo mío es para mí”.

Posteriormente, ya en la salida del sarcófago para vivos que es el autobús, le he tendido la mano a la susodicha -soy, ante todo, un caballero- y, como no podía ser de otra manera, la ha desechado y me ha mirado mal. ¿Cual habrá sido mi fallo?, me pregunté. “Ser hombre”, me dije. En otro tiempo le hubiera dedicado un verso de postín, pues (no diré que era guapa, líbreme Dios de “objetivizar”) se adaptaba a lo que siempre se ha entendido que es el canon de belleza patrio: Mirada cordobesa, pelo árabe, todo lo demás en abundancia. Oprimido como vive el hombre, no me he atrevido. Primero, por su descortesía, no niego que ha sembrado en mí cierta reticencia; luego, por los tiempos que vivimos.

Ni piropear puede uno. Todas las tradiciones que hicieron a España grande, una por una, van cayendo. Me hablarán luego de la libertad de expresión aquellas que me impiden expresar que una señora es retrechera. Su doble vara de medir, ¿qué duda cabe?, dos veces me azotaría si nadie se lo impide. Oprimido, esa es la palabra, la triste palabra, para el hombre de hoy.