Otra del tren

276

La condición humana da para mucho, tanto que no para de asombrarnos. Como en alguna otra ocasión he comentado, soy un asiduo usuario del tren, no de aquellos trenes de Agatha Cristie, sino de uno mucho más prosaico: el tren de cercanías. En él acudo a mi trabajo diariamente y, al no usar el choche, evito la carretera con las imprudencias ajenas, las meteduras de pata propias, dejarlo aparcado en cualquier sitio lejos, muy lejos del trabajo… y de paso hay un poco de tiempo para echar un vistazo al libro del momento, o la enésima lectura a Platero y Yo.

De cuando en cuando sucede un hecho poco cotidiano (lo de que chicos y chicas y no tan chicos y no tan chicas pongan los pies encima de los asientos haciendo ostentación de poca educación y grandes dosis de guarrería es cotidiano). Por ello, cuando se escucha una conversación que por sus interlocutores y por el contenido de la misma no es normal, saltan las alarmas y el oído, de forma automática, se agudiza. Y eso es lo que sucedió hace tan sólo unos días de regreso a casa.

Situado en un compartimento de cuatro plazas, al bajar los tres ocupantes que me acompañaban en una de las estaciones, se sentaron frente a mí dos chicas que, por lo que deduje después, eran profesoras (no confundir con maestras ya que esta palabra, la de maestra o maestro, para mí tiene sentimientos de respeto, enormes dosis de cariño y unos gratos, muy gratos recuerdos de mi infancia). Lo cierto es que una de ellas, la que llevaba el peso de la cháchara (eso es lo que quiero decir exactamente: cháchara), dijo algo que no me cuadraba “no te creas que a lo mejor el madrugón de hoy nos viene bien para el sexenio”. Yo sabía que los maestros, entre sus emolumentos, reciben trienios y quinquenios (al menos hasta no hace mucho cobraban por esos conceptos, entre otras cosas), pero eso de los sexenios es algo que no conocía y por tanto me sonó extraño. No di más importancia a la cuestión y continué con mi lectura de “Los dioses no estaban allí” de mi buena amiga María Isabel Martins Lopes.

Una nueva frase de la susodicha me hizo salir del relato: “La chica me pedía casi la mitad de mi sueldo. Y sólo por cuidarme el niño y hacerme la comida, así que he dejado al niño con mi madre y le pediré algunos tapers (me gusta más fiambreras, pero dijo tapers tal vez porque su conocimiento del vocabulario de nuestro idioma no diese para más). Inmediatamente mi cerebro comenzó a procesar la frase y, con su mala costumbre, a buscar ramificaciones y conexiones sociales e ideológicas a lo dicho por la chica. Mi mente tiene la jodida costumbre de analizar y sacar consecuencias, no puedo evitarlo, tal vez sean las consecuencias de mi educación durante 6 años en el seminario y esos curillas rojales que nos inculcaron la costumbre de tener pensamientos propios.

Lo primero que salió del proceso analítico de mi mente fue que una chica joven, calculo que de unos treinta años, tuviera esa idea tan clasista y tan retrógrada: considerar que un trabajo es inferior a otro por el mero hecho de que la persona que lo desarrolla no tenga título universitario, es clasismo en estado puro, por no decir en estado degradado, lo que viene siendo una degeneración mental.

Pero seguían saliendo a borbotones incontrolables, más conclusiones sobre lo dicho por esta profesora (me sigo negando a llamarla maestra): el contenido sexista y machista de la frase no dejaba dudas a mi acelerado cerebro. Si consideraba que una chica pretendía ganar casi la mitad que ella por un trabajo de cuidar a un niño y hacerle la comida (al menos de momento, luego seguro que vendría la plancha, fregar el cuarto de baño, limpiar dos veces a la semana el piso… “es para que no te aburras” le diría casi haciéndole el favor a la “muchacha”), me surgía una pregunta: ¿consideraba también inferior a su madre que le cuidaba el niño y, seguramente, también la cuidó a ella y puso todo su empeño para que consiguiera el título universitario? ¡No, porque era su madre y ni siquiera se planteaba la cuestión! De cualquier forma llegué a la conclusión de que para esta “señorita” (me sigo negando a llamarla maestra), la cuestión es que su trabajo, el trabajo de profesora, es superior porque ella sí tiene título universitario y el trabajo doméstico es algo de menor rango para esta joven de formación universitaria. Insisto: clasismo al máximo nivel. ¿Pensaría también que es inferior el trabajo de un hombre que se dedica a limpiar los escaparates y los cristales? Seguro que sí, pero no sería capaz de expresarlo en público porque se trata, en ese caso, de un hombre: machismo, duro y triste machismo.

La conclusión que se resiste a salir de mi cerebro es que se ha alterado la escala de valores. Nuestra sociedad ha trastocado el valor de las cosas. Se ha hecho cotidiano lo que escribía en uno de sus versos don Francisco de Quevedo: “Poderoso caballero es don Dinero”. Ahora se entiende como muy importante el trabajo en función de que la contraprestación se refleje en una nómina abultada. Eso, plagiando a don Francisco “… yo ante don Oro me humillo, por su poder y su brillo…”

Ya no somos un rebaño solidario, sino sujetos individuales, que tenemos derechos y que ignoramos los deberes. Porque deberíamos tener muy claro que no somos más que un rebaño de animales humanos y no hay ni una sola especie que progrese y mejore sin el apoyo solidario del que está al lado, del que, con su calor, nos anima y nos da parte de su propio ser como persona. No hay funciones o trabajos, poco importantes, inferiores ni degradantes. Si el trabajo es limpio y honrado, seguro que redunda en beneficio del resto de la “manada” humana. No podemos olvidar esto: ningún rebaño progresa sin que se apoyen unos a otros.

Lo triste de la frase escuchada en el tren a esta profesora, aparte de su contenido clasista, sexista y machista, es su poca solidaridad y su baja estima por la dignidad del trabajo de los demás. Me vino un flash a la cabeza: Menos mal que esta profesora no tendrá que enseñar a mis hijos: chocaría frontalmente con ellos. Espero, espero, que tampoco tenga entre sus alumnos a ninguno de mis nietos, cuando llegue el momento, si llega.

.. y es que el tren da mucho de sí.