Pares y nones, por Jesús Prieto

Puede que la monogamia sea, en cierto modo, una manifestación de autoritarismo posesivo  y que la liberación de la sexualidad o la asunción del poliamor pueda ser la bandera más vanguardista que podamos enarbolar.

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Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

Detesto la poligamia. En todas y cada una de sus formas: poliginia y poliandria. No concibo la vida en pareja más que en una sociedad par. La entrega absoluta al otro, el entendimiento mutuo, la dedicación exclusiva, el contrato bilateral, el envejecimiento común por simpatía. No creo que haya mayor tesoro que la posibilidad de hacer feliz a alguien entregándole lo mejor y más grande que tenemos, nuestra individualidad, nuestra existencia, el simple y ordinario hecho de ser hombres o mujeres.

No obstante lo respeto. Acepto y asumo que es una opción como otra cualquiera. Como
tampoco creo en la homeopatía pero celebro que haya personas que puedan acudir a ella con resultados más o menos satisfactorios. La tolerancia debe ser la base de nuestra convivencia. Y a través de esta suerte de poliamor, término tan manido y gastado en la nueva era milénica, han existido mujeres que años atrás han conseguido grandes cosas que festejar en un 25 de noviembre, como el que hoy llena las calles de pancartas color púrpura.

Hablamos de la promiscuidad entendida de dos formas diferentes, la vivida por Simone de
Beauvoir y Jean Paul Sartre y la padecida por Frida Kahlo y Diego de Rivera.

La pareja formada por la excelsa filósofa y el célebre polímata parisino fue, como calificó
Ernesto Che Guevara, un amor revolucionario. Por la cama de Beauvoir pasaron admiradores y admiradoras, jóvenes efebos, novelistas, famosos y desconocidos. Un gran número de compañeros esporádicos que saciaban la gran actividad sexual de una de las madres del feminismo moderno. Se dice que Sartre cohabitaba con más mujeres que el número de relaciones personales que tenía Beauvoir, pero tanto unas como otras se basaban en una transparencia en la que no quedaba nada (salvo algún desliz sartriano) en el tintero. El amor eterno convivía con las libertades sexuales que se confesaban siempre y en todo momento. La única dominación que Beauvoir sentía por parte de Sartre era intelectual dónde radicaba su profunda admiración. Ambos calificaban su relación como un amor necesario, mientras vivían otros amores contingentes siempre de menor intensidad que el primero. Un pacto de polifidelidad. Una experiencia poliamorosa en tiempos en los que el mundo quizás aún no estaba preparado para entenderlo. Una oda a la libertad en la que se negaban las convenciones sociales: la burguesía tradicional, la vida bajo el mismo techo, la unión matrimonial, la procreación o la exclusividad sexual.

En contraposición, la pareja formada por la artista y el muralista mexicanos es identificada
como parangón del tormento y la desdicha en las relaciones amorosas. Desde el inicio de su matrimonio, Diego y Frida llevaron vidas paralelas al otro en lo que a la sexualidad se refiere. El enlace entre el elefante y la paloma funcionaba en lo artístico y fracasaba estrepitosamente en lo emocional. Diego compartió muchas mujeres y Frida tampoco contaba con pocas infidelidades. Quizás las más graves de ambos fueron la que llevó a Diego a tener una aventura con la propia hermana de la pintora y a Frida a mantener una intensa relación de larga duración con Leon Trotsky (hasta el asesinato de este) a quien la pareja refugió en su casa. Todo ello y la frustrada maternidad de Frida convirtieron aquella concomitancia en un lugar frío, gris y cortante del que escapar y con el que Frida coloreaba sus cuadros. Diego y Frida se divorciaron para volver a casarse al poco tiempo basando su matrimonio en una relación profesional y artística que excluía la sexualidad.

Puede que la monogamia sea, en cierto modo, una manifestación de autoritarismo posesivo  y que la liberación de la sexualidad o la asunción del poliamor pueda ser la bandera más
vanguardista que podamos enarbolar. Puede ser que seamos primates, que estemos
programados para satisfacer estímulos sexuales de múltiples parejas -como dice el psicólogo Cristopher Ryan- pero lo que nos diferencia de los babuinos es nuestra capacidad de sentir, de soñar, de amar, de herir y ser heridos, de sufrir por amor.

No estamos exentos de salir trasquilados de estas experiencias multijugador, cuando nuestro corazón entra en contacto con el de nuestra alma gemela. Por ello, Beauvoir y Kahlo consiguieron grandes logros en el feminismo y en la liberalización del amor y de la sexualidad. Pero como se idealiza la historia de una (salvando los celos y traición con los que Beauvoir identificó el amor contingente de Sartre con Arlette) y como se afea la de otra, depende de la máxima que debe subyacer toda relación: el respeto, la igualdad y la sinceridad. Sartre y Beauvoir convirtieron su amor en su paradigma de libertad, Rivera y Kahlo en su jaula de egoísmo y odio.

Decidamos libremente lo que queremos para nuestra vida. Practiquemos el poliamor si es lo que deseamos pero hagámoslo con todas las consecuencias para todos y cada uno de los
protagonistas de ese círculo íntimo. Vivamos como queramos nuestra sexualidad, seamos
hombres o mujeres. Decidamos entregarnos a lo que nos haga felices con madurez. Porque
hoy más que nunca, no es no, pero sí no puede ser sí a cualquier coste. Tenemos derecho a un sí libre, a un sí respetuoso, a un sí tomado desde el conocimiento de toda la información
puesta encima de la mesa. Porque a veces, asumir un sí sibilino puede ser tan doloroso como no respetar un no. Consensual, ética y responsable.