Paseando por la mezquita

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¿Qué mejor forma de empezar un dominical que contando una anécdota? Pues vamos al asunto, porque las presentaciones no me van y me gusta la candela.

Os cuento que estaba el otro dia en un festival en Gades (Cádiz perdón, me se traba la lengua) y se nos cortó el rollo por lo de Niza. Eso de un camión arrollando por un paseo de playa como en el que justo estábamos pues, nos tocó el estómago, mira. Y empezamos a hablar y casi tengo que tirar a un amigo por la ventana. La enorme tristeza que me supone el hecho de que no fuera capaz de entender que ese loco era un “excluido social” y no un fanático religioso es indescriptible. Y al día siguiente yo era el malaje, y no es que me importe.

Esa noche soñé. Soñé que gente con la que me crié pedía sangre de piel oliva, y yo gritaba y pedía orden y les entraba por una oreja y les salía por el dogma. Y me desperté sudando como si estuviera cruzando el Sáhara que dejamos abandonado. Me reí porque vi que estaba funcionando, que la opinión pública era volátil y que era nadar contra corriente pensar asi.

Hablamos de personas que pierden la cabeza dentro de su entorno tanto como para llevar a cabo semejante locura. Personas que, como nosotros, leyeron sobre religión en la escuela y no se lo tomaron demasiado en serio. Es la excusa perfecta, es el negocio ideal. Enfrenta a la base por el más allá y el dinero no parará de circular.

Cuando volví a mi Sevilla iba echando el rato por la carretera. Había mucho tráfico en el sentido a la playa y yo tenía prácticamente vacío mi carril. En la radio empezó a sonar el “Todo tiene su fin” y creía que se me caía el mundo. Veía bereberes cabalgando por los campos de secano hasta el célebre El Fantasma, descansaron conmigo y reanudamos la marcha. Eran etéreos, sus chilabas blancas hacían juego con el trote de sus monturas y me lanzaban destellos que el Sol regalaba sobre sus prendas. Siempre que cruzaba la mirada con alguno se me clavaban dos ojos negros y profundos en las retinas.

Ya en casa investigué más, y resultó que el terrorista de Niza tenía menos de musulmán que yo de mercuriano. Se tomaba sus cañitas y su lomo y la mezquita la conocía de oídas. Sólo me quedó alzar los brazos y soltar un “¡vaya cachondeo!” por no hacer de vientre sobre más de un inculto. Me sentí como un peón que ya está fuera de la mesa y ve como sus reinas se acribillan por una partida en la que no se juega absolutamente nada. Me di cuenta de que más de una persona que conozco y que se siente tremendamente aislada, con una excusa semejante para su conciencia, haría lo mismo. Nunca hubo guerra religiosa, sólo personas frágiles dispuestas a ser mártires por lo que consideran una buena causa. Ser mártir, opinen los demás lo que opinen, es algo que radica en nosotros mismos. Si mañana quisiera ser un mártir de Led Zeppelin a ver quién me dice que no.

Total, que me tumbé en la cama a escuchar un poco de rock andaluz del bueno mientras me fumaba, no os voy a engañar, algo con buen aliño. Recién cruzado del estrecho, del mismo que coge mi amigo receloso ante el Corán. Ese amante del flamenco y el “ole ole”. Ese que guardó silencio cuando después de lo de Munich o Dallas, no eran los locos moros los únicos que disparaban.

Me quedé dormido con eso del “Ara buza”. Qué bueno…¿y pensar que si lo suelto mañana en medio de la panadería de mi barrio, me quedo sólo en hora punta? Creía que la época que me tocaría vivir iba a ir dando pasitos hacia adelante con respecto a la comprensión y la tolerancia. Ya no estoy tan seguro de ello.