Penalizar el enaltecimiento del franquismo es legislar contra el ridículo

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Estos días se cumple el aniversario de La Desbandá, uno de los episodios más deleznables del fascismo (me atrevería a decir que en Europa). Supongo que por coincidencia, el PSOE –tan ajeno a este episodio como, lamentablemente, casi todas los demás partidos o instituciones- a través de Adriana Lastra presentaba una ley contra el enaltecimiento del franquismo. Tratará de hacerlo mediante una reforma del Código Penal que eleve las actuales “infracciones”. Esta concepción, hablar de ley aún es prematuro, equipararía a España con los demás países que sufrieron esta lacra. Ya era hora.

Hacer el ridículo

Ser fascista es una desfachatez temporal, vivir en el Siglo XIX cuando el calendario marca dos mil veinte. No vivir en el tiempo de uno debe resultar de lo más frustrante.  Llevar esas gafas, esa chaqueta, saberse señalado (y no para bien) cuando uno va a comprar pan… Observar de una forma triste que el mundo ha avanzado y tú no, que todo está lleno de seres que te resultan extraterrestres y actuar en consecuencia haciendo un ridículo espantoso.

Todo afecta sobre el todo. Imagínense que vienen nuestros bienamados turistas y se encuentran con la funesta estampa de la congregación de la mano alzada. Ay, por favor, qué bochorno. ¿Cómo lo explicamos? Hasta ahora, los guías turísticos han tenido que ser de lo más diplomático: “Miren, esta gente tiene problemitas”. “You mean, are they retarded?” “Bueno, no, ese término sería capacitista”. Y se tienen que poner a explicar ante la estupefacción turística que en España se puede hacer el imbécil sin que esto tenga consecuencias.

El resto no tenemos por qué sufrir determinadas situaciones

Que todo sea tolerable en democracia es falaz. No podemos tolerar las ideas que tengan el odio como principal garante de su existencia. Si lo hacemos, el odio se expandirá. Para saber más, recomiendo a Popper y su “paradoja de la tolerancia”. Además, es embarazoso para el conjunto del país que un conciudadano celebre la pretérita existencia de un traidor furibundo, del hijo de putero mayor del reino, del estercolero de ideas y principal razón de que España sea different –con ese tonito mezcla de condescendencia y burla-.

La ciudadanía inmensamente democrática de este país no tiene por qué sentir el sonrojo de ver a una panda de retrasados cívicos demostrar sus carencias. No es que ser fascista sea una falta respeto a los derechos humanos, que también, es que incluso desde un punto de vista frívolo -como el de este artículo crítico- resulta infumable, horrendo y, por encima de todo a estas alturas, ridículo.