Perseguir una utopía

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Para Juan Manuel

Cuando alguien a quien quieres casi como a un padre te pide que divulgues y participes en un movimiento utópico, te dan ganas de salir con la bandera roja y recorrer las calles proclamando la Revolución. Si además esa persona que te anima a buscar la realidad en una utopía, es alguien que por su edad, sus circunstancias personales, su seguridad socio-económica y el vasto camino recorrido no tiene necesidad de complicarse la vida, no te queda otra que admirar su vitalidad, sus ganas de cambiar las injusticias sociales y su sueño de ver hecha realidad una sociedad más justa, mucho más justa.

Hace tan sólo unas horas acabo de recibir un watsApp en el que se propone la divulgación y participación en las mesas a celebrar en Sevilla entre los días 17 al 19 del presente mes de octubre. ¿El objetivo de esas mesas?, algo realmente utópico para la sociedad en la que vivimos: el establecimiento de  una Renta Básica. Un salario básico que reduzca diferencias, desigualdades sociales y explotaciones en forma de injustas plusvalías de una minoría a costa del esfuerzo, mental y físico, de una mayoría. Ya sé que suena mucho al Capital de Carl Marx, pero es que posiblemente, y sin posiblemente, no se hayan superado las diferencias que el filósofo alemán (muchos lo consideran más sociólogo) establecía hace ya más de 150 años, cuando en aquel lejano 1867, se publicaba el famoso libro que cambió los fundamentos de la sociedad moderna: El Capital. Sigue existiendo una clase explotadora, minoritaria y con los medios económicos, de control y de producción en sus manos, y persiste una clase explotada o unas clases explotadas, a fin de cuentas es lo mismo.

Que nadie circunscriba la idea que expongo a la constricción del ámbito de la lucha política o al raquítico círculo de un partido político. Creo que El Capital es sencillamente una obra social que traspasa las fronteras del anémico pensamiento político actual y por supuesto de la antigua política decimonónica. El problema es que ese pensamiento social, el expuesto en El Capital, obviamente no le ha interesado a la clase dominante, aunque minoritaria, y esa clase social que domina a la mayoría de la sociedad ha utilizado los resortes adecuados para dividirla. A los hechos que podemos constatar a diario, me remito.

Hace tan sólo unos años, algo así como unos 45, leí en un artículo de un economista y pensador francés que España, nuestro país, debía ser dirigido hacia el objetivo de ser la despensa de Europa en una doble vertiente: en lo tocante a la producción de alimentos y, en una segunda vertiente, la de ser el paraíso donde albergar a la tercera edad europea. Y razonaba el francés sus conclusiones en la calidad de nuestro clima y en la casi todavía virginidad de nuestro territorio. Ha llovido mucho, en sentido metafórico, al menos aparente y formalmente, pero a pesar de ello, se está cumpliendo en una parte muy importante el doble vaticinio. Salvo algunas incidencias, somos la despensa de verduras y frutas del Continente Europeo. Por otra parte, nuestras playas están repletas de residencias, hogares o como queramos llamarlos, de la tercera edad europea, que es la que tiene poder adquisitivo.

Pero volviendo a la Renta Básica, es una utopía por varias razones: estamos en una sociedad cuyo objetivo es producir para acumular riqueza. Y esa riqueza es acaparada por la minoría en detrimento de la mayoría. El modelo actual de éxito social tiene parámetros claros: llegar a la cima y poseer bienes de consumo y riqueza. Los valores morales en esta sociedad en la que estamos atrapados, hace tiempo desaparecieron; hoy no existe la empresa familiar que daba calor y valor al trabajador, que sabía el nombre y las circunstancias familiares del empleado, las dificultades económicas que concurrían en cada caso, la problemática concreta y ocasional, eran coyunturas conocidas por el empresario que trataba de paliarlas y ayudaba a solucionarlas. El empleado, en la empresa tradicional, era valorado, respetado y estimado. En el mundo del trabajo, actualmente, esos valores han desaparecido primando el rendimiento que se cuantifica en ganancias.

En la sociedad que nos ha tocado vivir, plantear una renta básica, que en buena lógica iría en detrimento de los “beneficios”, es una pura utopía. Eso sí, como diría el sabio: Si quieres conseguir la realidad, persigue la utopía.

Viene muy a la medida la frase el Mayo Francés: ¡Sed realistas, pedid lo imposible!