Incorrección política: Al menos dos personas no son respetables

De esa forma, la corrección política se ha convertido en la principal causa de destrucción neuronal del S. XXI, por lo que decir lo que uno piensa sin miedo ha empezado a ser una ideología transgresora.

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Donald Trump, por ejemplo, dice cosas irrespetables. Foto de Europa Press.

La correción política es una herramienta humeante del poder que sirve para coartar la libertad de expresión. Hay un poder que exige un determinado pensamiento y si uno se sale por cualquier lado de ello será tildado de prácticamente cualquier cosa; a su vez, el propio poder nos obsequia con la concepción de que lo hace en pos de la estabilidad cuando, en realidad, lo hace en pos de su propio dinero: Si las noticias que se dan en televisión no informan verázmente de la gravísima situación haitiana es, sencillamente, porque dedicarle más tiempo a que Piqué haga o deje de hacer les da más dinero.

De esa forma, la corrección política se ha convertido en la principal causa de destrucción neuronal del S. XXI, por lo que decir lo que uno piensa sin miedo ha empezado a ser una ideología transgresora.

Eso provoca consecuentemente que la media verdad sea la orden del día castrense y firme  y la crítica hacia ella un acto revolucionario (que por supuesto está mal visto). La libertad que tiene cualquiera de decir cualquier media verdad idiota se contrapone con la falta de libertad del que sufre la idiotez de calificarla como lo que es, valga la redundancia: una idiotez como la copa de un pino.

La corrección política, además, ha traído la falsa concepción de que todas las opiniones son respetables: Falso. Hay opiniones xenófobas (por poner un ejemplo) cuyo respeto sería una legitimación tácita que no se debería consentir. Del mismo modo, los y las hay que amparados en la libertad de expresión lo que expresan son gilipolleces. Bien está que los gilipollas podamos expresarnos, lo que también tendremos es que aguantar que nos digan de forma explícita lo que de nuestra expresión se denota implícitamente, es decir: que somos gilipollas.

También suele escucharse la falacia de que todas las personas son respetables y eso también es mentira. Yo, personalmente, odio a dos personas y tengo la esperanza de que ellos me odien a mi de la misma manera. No es que no hable en lenguaje de género, es que son dos hombres, o eso dicen ellos. Podría entenderse de mis palabras que soy un misántropo y eso también es mentira, misántropo es el que odia al ser humano, cuando yo en realidad, aunque bien podría odiar a más gente, sólo odio a dos personas que bien pasarían por perros (con el perdón de los perros), sapos (con el perdón de los sapos) o insectos (con el perdón de los insectos).

Bien podrían formar entre ambos una especie propia y entonces declararme loqueseátropo, lo que sucede es que, si bien son de forma fea (en griego: cacomórficos), su forma de humanos feos y mal hechos, pero personas al fin y al cabo hace que el Código Civil les otorgue el estatus de persona física (por lo visto tener cuernos y rabo no te hace menos humano), un fallo más de la legislación como otro cualquiera que ninguno de los partidos a los que he presentado esta propuesta ha tenido a bien considerar, precisamente, por la falsa concepción de que todas las personas son respetables, por muy desgraciados que hayan demostrado ser a lo largo de su puta vida. Por lo visto, calificar a estos dos proscritos de la dignidad humana de “persona defectuosa” sería atentar contra sus derechos (los cuales no usan) y harían cesar a sus deberes (los cuales nunca han cumplido).

No obstante, y adentrándome en lo que odio yo a estos dos sujetos, por mucho que diga el Código Civil, estamos hablando de seres que justifican el hobbesianismo, pues son trepas, traicioneros, insolidarios, caraduras y vagos; de ideas mugrientas y maniquietas e inteligencia corta, de carisma nulo y humanidad arqueológica, pues ya podría ponerse a cavar quien sea para encontrarse en ese cerebro algún sesgo de bondad; tan alejados de nada que sea bueno que son entes probatorios de que Dios no existe, pues no se puede creer en un Dios que haya creado tan mal: fíjense que existen la lombarda sana, la pizza insana, el ornitorrinco australiano y estos dos asquerosos.

Así que no: Al menos dos personas no son respetables y no las nombro porque de nombrarlas tendría que darles, por honrado que intento ser, la oportunidad de defenderse y explicar que no son tan hijos de puta y, por ende, antes tendría yo que dirigirles la palabra, y me niego. Me corten la lengua antes que, por culpa de la corrección política, tener yo que pedirles por favor de que, por haber dicho una verdad catedralicia (el hecho de la mera descripción aséptica y objetiva de cómo son), tenga que pedirles el favor de que me describan a mi, pues sabiendo que son la peste que asoló Europa, seguro que lo hacen mal. En cualquier caso, si quieren tener alguna de idea de cómo son más allá de su asquerosa personalidad, vale decir que uno es un gordo de marabunta e insanidad que usa la barba no porque a su cabeza de globo aerostático le quede bien sino por taparse una papada de pelícano neozelandés, cuyo remate es una berruga excelsa debajo de la nariz ridícula; el otro es un canijo encebollado con cuerpo de spaghetti carcomido que intenta hacerse crecer un bigote negroso de tres pelos en el que le jueguen al cricket las hormigas que él, que a mentiroso tampoco es fácil ganarle, diría que ha invitado a venir desde el elegantísimo Reino de sus orejas elefánticas con las que escucha, sin comentárselo a nadie, el muy capullo, si hay vida o no en Marte.

Por todo ello creo que deberíamos empezar a faltarnos al respeto de manera sistémica cuando aquello que se haga no sea respetable. Sin pelos en la lengua pero, eso sí, intentando insultar lo mejor posible, que una cosa es faltar al respeto y otra muy distinta es faltar al respeto mal.

Por ende, querido lector o lectora (a no ser que me estéis leyendo uno de los dos cerdos -con perdón de los cerdos- antes implícitamente nombrados, vosotros no sois queridos más que en el infierno, lugar del que nunca debísteis salir), si alguna vez entrases en alguno de mis artículos en busca de una opinión correcta, mejor sería que fueses a un mitin de Hillary Clinton a escuchar cómo una persona es capaz de hablar dos horas sin decir un carajo.