Politeia

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Sarah Salas, Formadora del Club de Debate Dilema
Sarah Salas, Formadora del Club de Debate Dilema | @spongesugar

Lo que brilla por su ausencia. Inaceptable. Y es que, por muy repetitivo que nos suene, la ausencia denota pasotismo y cobardía, y a la vez hizo que estuviera presente desde el principio.

Pudimos ver a los candidatos y a Soraya de camino al plató sonrientes, relajados y tranquilos, muy diferente a lo que vimos a partir de las 22:00.

Antes de entrar al estudio, la vicepresidenta del Gobierno saludó a Andrés Herzog, que se manifestaba junto con un grupo de simpatizantes de UPYD con caretas de la cara de su candidato, reivindicando su presencia en el debate. Un grito para intentar ganar atención, una pérdida de dignidad, una llamada de desesperación. Indeseable la no presencia de Alberto Garzón, que al mal tiempo pone buena cara, continuando con su campaña electoral y participando en otros debates, como el que presenciamos en El Objetivo, donde demostró estar a la altura de las circunstancias.

La primera pregunta, para cada candidato y Soraya, fue concreta, sin embargo, esperada por cada uno de ellos, ya que soltaron una respuesta preparada, de memoria y nada natural.

Pedro Sánchez, llegó tarde al posado, lo que podía vaticinar lo que iba a ocurrir. Lucía seguro pero conforme avanzaba el debate su actitud fue tornando a chulesca, algo que jugó en su contra. Era el primero en sacar a relucir a Syriza, para atacar a un Podemos crecido en cuanto a propuestas económicas y también, fue el primero y único el que nombró a Venezuela, de nuevo, para intentar desacreditar a un Pablo Iglesias que le devolvía los golpes, golpes que también recibió por parte de Rivera y Sáenz de Santamaría.

Los partidos emergentes jugaron con ventaja cuando se trató la corrupción. Pedro, al igual que Soraya, recibieron golpes duros que no supo esquivar desplazándose para jugar al “y tú más” con la representante del Partido Popular.

Vimos, finalmente, a Sánchez desorientado, ausente y dormido, intentando sacar a relucir una de sus propuestas estrellas, el estado federal como solución al independentismo catalán que no supo explicar. ¿Cómo va el estado federal a eliminar o cambiar el sentimiento nacional de esos Catalanes? No sabe/ no contesta.

Pedro Sánchez es un candidato que se jugaba mucho, que debía demostrar que, a pesar de que la crisis estalló durante la legislatura de Zapatero, su partido era el partido del cambio; palabra que resumió su minuto de gloria final.

Soraya Sáenz de Santamaría supo representar a su partido y dejarlo en buen lugar pero no supo suplir la ausencia del verdadero candidato, Mariano Rajoy. Tardó poco en salir en el debate y Soraya salió airosa resaltando la idea de equipo dentro del Partido Popular, dejando claro sin querer que siempre sería el fiel escudero. Sáenz de Santamaría, como era de esperar, presumió constantemente de la recuperación económica, de la creación de empleo y de la bajada del paro, recalcando la idea de que para salir completamente de la crisis es necesario una nueva legislatura del PP, sin comentar propuestas ni medidas nuevas.

Sáenz de Santamaría fue lista, atacando a Pedro Sánchez en los temas de corrupción, reforma de la Constitución y la archifamosa herencia recibida. Ignoró a los demás, muy eficaz, teniendo en cuenta que los partidos emergentes, Ciudadanos y Podemos, no paraban de mostrar la otra cara de la moneda: contratos precarios, jóvenes que emigran, etc.

La vicepresidenta anunció en repetidas la idea del tripartito de perdedores, apoyando la costumbre de que gobierne el más votado. Idea apoyada por Ciudadanos, que, de vez en cuando, le tendía la mano.

Sáenz de Santamaría, ante las acusaciones de Iglesias de que podría ser la próxima presidenta del gobierno, respondió que no lo sería, con un toque clasista resaltando que ella es vicepresidenta y él no tiene un sólo escaño. A Soraya la pudimos ver en una actitud desafiante y con ganas de guerra conforme avanzaba el debate, hizo bien su papel pero no suplió, como decía, la ausencia del verdadero candidato.

Albert Rivera, elegante como era de esperar, se mostró desde el principio muy nervioso y tenso, con un constante frote de manos. Convence, pero a mi parecer, no llega a encantar y de no ser por el mal papel de Pedro, habría salido mal parado. Pudimos ver sus tablas de debatiente en algunas intervenciones maestras acompañadas de seguridad: afirmación, explicación y evidencia. Sin embargo, su naturalidad era demasiado artificial, preparado y ensayado.

En cuanto a su discurso, se mostró, como acostumbra, conciliador, dejando claro que quieren gobernar para todos, sin embargo, su programa, como resaltaba la izquierda, no es para todos. Quizás es por eso que nunca da un golpe fuerte, Albert Rivera no quiere cabrear a nadie.

A favor de Rivera jugó que propusiera medidas concretas, que no completas, saliéndose del viejo juego de la política: y tú más.Incide Rivera también en la doble vara de medir que se usa con los pactos de gobierno: si Ciudadanos pacta con el PSOE es malo pero si Podemos lo hace, está bien.

En su contra jugó que, como decía anteriormente, no eran medidas completas, porque si por un lado, su propuesta estrella como es el contrato único no la explicó de forma clara. Por el otro, su propuesta de la eliminación de diputaciones y duplicidades se quedó en una breve afirmación.

Fue el primero en hablar del famoso pacto de estado a favor de la educación pero los contendientes no paraban de lanzarse puyas sobre becas y recortes, lo que demostró que no tienen la voluntad para llegar a acuerdos. Iglesias y Sánchez prácticamente se lanzaron en contra de la vicepresidenta cuando ésta defendía la LOMCE porque también se encontraba a favor del consenso que al principio hablaba el líder de Ciudadanos.

Consiguió lucirse cuando se habló de corrupción, presumiendo de los imputados en Andalucía salieran del parlamento gracias a su partido. Y como era de esperar, le dio la mano a Soraya cuando la cuestión catalana irrumpió, intentando demostrar más conocimiento que los demás porque “yo soy Catalán”, cayendo en una falacia.

Es digno de subrayar como Rivera fue preguntado en numerosas ocasiones por pactos de gobierno y de investidura, negándose solamente a Rajoy y al supuesto tripartito que tanto sacó Soraya, en ningún momento al Partido Popular.

A Pablo Iglesias le veíamos serio y tenso en el coche pero en el debate vimos a un Pablo seguro y cómodo. A diferencia de lo que estábamos acostumbrados, Iglesias ha cambiado su discurso; ya no es tanto los de abajo contra los de arriba sino que ahora se encuentra luchando por el centro ­ izquierda, luchando por el voto indeciso.

Defendió su programa con medidas concretas y desarmando las medidas de los contrincantes con respuestas fáciles pero muchas veces, se excede, yéndose por las ramas para intentar ser preciso. Sus fallos más sonados, fueron el referéndum de autodeterminación en Andalucía y por la parte jurídica, Iglesias llegó a afirmar que la educación no estaba blindada en la constitución. A pesar de este fallo, dio una buena respuesta al ser preguntado por su solución al independentismo: sacó el marco legal que permitiría la consulta.

Su discurso fue el único diferente y que no dejó nada a la interpretación del público cuando fue preguntado por la intervención militar contra el estado islámico. Mientras que el resto decidían no posicionarse y quedarse en la ambigüedad, por el miedo al compromiso, Pablo Iglesias respondía un rotundo no.

Fue sonada su réplica criticando la nueva ley de enjuiciamiento criminal sobre las supuestas mejoras para controlar la corrupción. Contraatacó Sáenz de Santamaría con el caso de Juan Carlos Monedero, olvidando quizás que las palabras que pronunciaba Pablo Iglesias, “Luis, sé fuerte” eran reales.

Este debate lo podríamos calificar de necesario, de aire fresco. Los viejos le han visto las orejas a los nuevos, y van a tener que afilarse los dientes.

El debate del 7D ha servido para sentar una nueva y sana costumbre que la política nunca debió perder: el debate político y plural.

La ciudadanía se ha volcado con la política, y es que, si nos vamos al origen y etimología de ambos conceptos, los dos significantes terminan teniendo el mismo significado.