Quai d’Orsay, pero de palo

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Andalucía al Día, Rivera en Venezuela
Foto Europa Press

El otro día leía a un compañero escribir sobre todo este tema de Venezuela, de cómo nos afecta o nos deja de afectar, y me sentía muy identificado con lo que decía. La situación en Venezuela me puede preocupar como me preocupa la situación en Dinamarca o en Burundi, con pequeñas salvedades. Pero, como decía este compañero, me puede interesar cuál es la postura de los partidos que optan a gobernarnos sobre lo que allí pasa, sobre cómo se gestionan ahí ciertas situaciones, diría más, me debe interesar. Igual que me interesan sus posicionamientos sobre el impeachment a Dilma Rousseff, sobre los eventuales resultados de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, o incluso sobre qué les parece que Taiwán tenga una presidenta, que sea progresista, y cómo afecta eso a la tendencia expansionista de China, ¿por qué no?

Es legítimo, no entiendo por qué nadie tiene que dejar de decir nada por ello.

Pero sí que estamos llegando a un punto de saturación en el que, como bien decía la semana pasada el expresidente asturiano Pedro de Silva en el diario La Nueva España, parece que cada partido es lo que es en relación a Maduro, y nada más.

No ocultaré que a mí particularmente no me gusta la postura de Podemos sobre Venezuela, o su calculada ambigüedad a la hora de responder cuál es exactamente su vinculación material, moral o ideológica con los gobiernos del PSUV, mucho más difusa ahora que se han coaligado con IU, partido al que no se le caen los anillos en defender las posturas oficialistas del gobierno venezolano. Pero tampoco me gusta que un candidato a la presidencia, hermanado con un ala de la oposición (porque la oposición venezolana no es homogénea, por mucho que algunos/as les vaya la vida en intentar demostrar que sí), vaya a hacer campaña electoral, o electoralista, por aquellos lares, sin reparar en las consecuencias que pueda desatar en un clima tan complejo y caldeado que cuesta saber si es la antesala de una guerra civil abierta.

Y así, mientras ellos torean en el ruedo de la política venezolana, y claman su posicionamiento por unos o por otros, a mí me cuesta entender su juego en el que se dedican a parar el sonido con un escudo de ruido mediático, que mucho suena y no dice nada. Es como si en una pseudo-segunda vuelta hubiera perdido el sentido hablar de España, no digamos ya de Europa, y tuvieran que echar los dados en otro tablero. Pero deberían recordar que éste es el tablero en el que jugarán una vez sean elegidos, y es este mismo tablero en el que el otro día unos 200 jóvenes del Frente Nacional de Le Pen fueron a armarla y gritar allez chez vous (iros a vuestra casa) en el hemiciclo del Parlamento Europeo durante una actividad sobre la política europea de asilo.

Y si lo que pretenden es mostrar nuestra preocupación por el mundo, y enseñar cuáles serán sus tendencias en política exterior desde el Gobierno, me pregunto: ¿Y Marruecos y el colonialismo sobre el Sáhara Occidental, y su acercamiento a Rusia y China? ¿Y China y la posibilidad de que sea reconocida como una economía de mercado practicando un dumping que destrozaría nuestra industria? ¿Y Rusia y sus intentos por recuperar su antiguo cinturón? ¿Y Ucrania? Por cierto, se cuentan en decenas las bajas militares en Ucrania, y seguimos llamándolo crisis, encuentros, choques… Lo importantes que son las palabras, oye tú.

Estos días, con tanto internacionalismo en prensa, y en la boca de nuestros políticos, a pesar de que no siempre sea de muy buena calidad, pienso en la novela gráfica francesa Quai d’Orsay, que relata las aventuras de un redactor de discursos que entra a trabajar para un ficticio Ministro de Exteriores francés que no quiere más que revolucionar la diplomacia mundial haciendo lo que debe. Es algo a lo que no estamos acostumbrados, y desde luego, no ayuda el tratamiento pobre y vergonzante que estamos teniendo hacia Venezuela, un país con unos problemas que escapan de la manera en la que hablamos y dejamos de hablar, con una población que está cansada de vivir instrumentalizada por sus gobernantes, como para convertirlos además en el arma arrojadiza de los nuestros.