Raül Rey: “El silencio también educa y nuestros jóvenes han crecido en él”

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Andalucía al Día, ay carmela

Son los nuestros tiempos difíciles para la memoria histórica. Nuestro gobierno no tiene ningún interés en hablar de lo que se ha llamado los perdedores, y mucho menos de recuperar sus cadáveres. La sociedad, por su lado, tampoco parece demasiado preocupada en esta labor, quizá porque el silencio también educa y nuestros jóvenes han crecido en él. De ahí la importancia de cualquier expresión, artística o no, que reivindique lo que ocurrió durante y tras nuestra guerra civil. Los vencedores fueron resarcidos en su momento; no así los perdedores que simplemente asoman en obras como Ay, Carmela, de José Sanchís Sinisterra, popularmente conocida porque fue llevada al cine en 1990 bajo la dirección de Carlos Saura.

La propuesta de Antonio Rincón-Cano es muy estética. Se trata de una obra de pequeño formato, basada en la fuerza del texto y en la interpretación de los actores. El decorado es mínimo, pero seductor: dos arcos, uno mayor que el otro, que pueden iluminarse desde el interior, otorgándole una fuerza visual efectiva. De hecho, el trabajo de iluminación en toda la obra es bueno e incluso original, ya que la luz, podríamos decir, se convierte en un tercer personaje, el soldado italiano que hace de técnico. También es cierto, que al ser móviles, a esos pocos elementos de escenografía se les podría haber sacado más juego.

Yo siempre me fijo mucho en la reacción del público cuando voy a una obra de teatro, porque respeto mucho a los asistentes, que en esta ocasión llenaron la sala. Es cierto que se reían continuamente, aplaudieron con generosidad y la mayoría se puso en pie para aplaudir al final de la representación. Sin embargo, a mí me costó reír con una comedia tan amarga. La risa es también un sentimiento con el que se puede empatizar o no. La sobreactuación constante de los intérpretes me impedía llevar a cabo tal proceso. No paraban los gritos y tonos altos, el exceso de energía, la rapidez, y ciertos tics que no sabía si eran parte de los personajes o errores de interpretación, como las vocalizaciones que acompañaban a modo de muletilla cada final de frase. Esto me dificultó sobremanera la identificación con los personajess y por lo tanto la catarsis. Aun así, se nota el mucho trabajo que tanto los actores como el resto del equipo han puesto al proyecto y al empeño en hacerlo fluido.

Sea como sea Ay, Carmela es una obra que la ignorancia de nuestros dirigentes y el olvido consecuente de nuestros ciudadanos ponen continuamente de actualidad y hacen absolutamente necesaria. Hoy y mañana se sigue representando en La Fundición, una sala que siempre se compromete con el teatro comprometido.