Recordando a Benedetti

El autor uruguayo hubiera cumplido noventa y seis años ayer, catorce de septiembre.

867
Imagen promocional de "una mujer desnuda y en lo oscuro", obra teatral inspirada en los textos de Benedetti. EUROPA PRESS

Benedetti ayer hubiera cumplido noventa y seis años. Es el autor que me llevó a escribir mi primera poesía seria, es decir, mi primera poesía con algún tipo de vocación. Luego fui creciendo como lector y de Benedetti pasé a Neruda, por ejemplo. El otro día en uno de nuestras pedantísimas charlas, Dafne y yo hablábamos de esto. Creo que dije muy acertádamente (con perdón) que de ser pokemons, Neruda sería la evolución de Benedetti.

Hay una serie de personas con un cerebro privilegiado en este mundo que hacen cosas majestuosas de una forma sencilla, inusitadamente sencilla, por ejemplo: Para cuando ustedes quieran decirle a alguien “voy a estar ahí para lo que sea, digas lo que digas y hagas lo que hagas”, Benedetti escribió “hagamos un trato”:

“compañera,
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos,
o hasta diez
sino contar
conmigo. (…)”

Fíjense que podría haber hecho un soneto con la maravillosa idea de decirle a la compañera que se puede contar con él, pero no, es más sencillo que todo eso. Se acordarán los futboleros de cuando Xavi comandaba en dos toques el juego del Barcelona más complejo, lo que hacía Benedetti se parece.

Como el teatro de Sanchís Sinisterra, creo que la literatura de Benedetti es una cebolla que a cada capa se va haciendo más y más profunda. A primera vista, causa simpatía porque es sencilla, democrática, por ponerlo en un vocabulario político. A la segunda (o tercera) vista, ya se va viendo que encierra dentro todo un mundo que, si bien tiene las puertas absolutamente abiertas para que entre quien quiera entrar, es profundo, sincero y emocionante.

También hay (como mínimo) dos novelas mágicas. La primera se llama “La tregua” y tiene un epílogo en la antología “el amor, las mujeres y la vida” del que no hablaremos por no fastidiar finales. La tregua es de esos libros de amor que un machirulo puede decir que ha leído sin que le de vergüenza. Apabullantemente humana, con una historia hermosa que habla de la existencia sin meterse en las brujerías estilísticas que la filosofía en sentido estricto le hubiera dado: Martín Santomé es un hombre triste, burocrático y aburrido; pero, sencillamente, la vida le da una tregua.

La segunda se llama “Primavera con la esquina rota” y ahonda en las caras que dejaron las dictaduras latinoamericanas, destino compartido con, por ejemplo, Galeano. Los presos, las hijas de los presos, la emigración, la búsqueda de la libertad, el miedo… Benedetti vio su país, en este libro, a través de muchos ojos y muchos espacios distintos.

Y luego están los relatos, donde cabe todo: Dos feos que saben que sólo se tendrán el uno al otro, una oficina que espera un paquete, dos emigrantes jugando a recordar Montevideo para no olvidarse…

Lo curioso es que fue criticado por su “simplicidad”. Igual por eso en “El lado oscuro del corazón” (Subiela, 1993) se puso a recitar “corazón coraza” en alemán, por si alguno pudiera seguir diciendo que su literatura era “demasiado fácil” de entender, miren: