Resaca de investidura

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Todo viene de la campaña y los dichosos métodos que se emplearon. Desde el principio se llamaron de todo. Ahora siguen igual. La política ha cambiado, pero hay algo perenne: Se tienen que poner de acuerdo, lo que sucede es que al tirar de hemeroteca vemos que ha faltado elegancia, no elegancia en la corbata o en el vestir, elegancia en el tratar a los rivales políticos que hoy se necesitan.

Es imposible tener ganas de negociar con alguien que, cuando ya no toca, sigue tirando piedras. Bien está recordarle al Partido Socialista que ha hecho mal las cosas, pero no ofrecer la mano es, precisamente, síntoma de eso tan moderno que es estar antiguo. Iglesias llegó ayer al Congreso a afianzarse en la rabia, pero ese momento ha pasado, en ningún momento dio la impresión de querer formar parte de un Gobierno progresista en el que el PSOE es, por aritmética, más necesario que el partido morado. A diferencia de Iglesias, Garzón estuvo a la altura, dejó tan claros sus principios como sus ganas de formar parte de un Gobierno que vire el timón al otro lado. He ahí la gran diferencia. Lamentablemente, Iglesias no ha parecido entender que las faltas de respeto, que una vez fueron necesarias, ya no son más que estorbos.

No, las cuentas no salen para un Gobierno de izquierdas que no cuente con el veneno que tienen los colmillos del nacionalismo, la abstención de Ciudadanos también es necesaria, ese es el gran escollo por el que hay que pasar y las ganas han de empeñarse ahí. Le admiro a Iglesias la furia, pero no debería despreciar la valentía de un Sánchez que fue al congreso sin nada que ganar.

La gran receta de todo esto, la única forma de que no te traicione la hemeroteca, es decir la verdad tantas veces como se pueda. Cualquiera hubiera visto desde hace un par de años que un pacto era necesario, pero los candidatos se han emponzoñado en la mentira de no pactar con nadie, llevándoles esto a apostar más por la descalificación que por las buenas formas, que también han faltado hoy. Todo viene del mismo sitio.

Y entre las bambalinas Cataluña, el falso problema. El problema de España, lejos de ser Cataluña, se llama Andalucía, cada día más asentada en el trono del paro. De eso nadie habla. En el debate de investidura, la diversidad española ha girado sólo sobre la identidad catalana, Andalucía, que viste a una buena parte de sus señorías, ha pasado desapercibida. Debe de ser la leche que los representantes de uno defiendan su identidad y la protejan. Qué envidia. Espero que sus señorías se crean de una vez el himno y sean “hombres de luz que a los hombres/ alma de hombres les den”.

Y allá a lo lejos, el Partido Popular, con un Rajoy que retuerce la imagen del Quijote en dos volúmenes, el primero trata de parecer un loco soñador que busca el imposible de la bondad, el segundo por ser el primer Presidente del Gobierno que no va a la Real Academia Española en su legislatura. Ni está ni se le espera.