“Blackbird: ¿quién no ha amado y quién no ha sufrido con el amor?”

Con texto de David Harrover, y dirección de Carlota Ferrer, Blackbird, se ha podido disfrutar los días 27 y 28 de abril en el Teatro Central de Sevilla. La obra está interpretada por Irene Escolar y José Luis Torrijos.

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blackbird teatro kamikaze

Vivimos actualmente una revolución social feminista que está cambiando en la sociedad entera el papel de la mujer, su concepción e imagen como ciudadana y persona, y está revisando la relación con los hombres que, tradicionalmente, la han percibido como un soporte legítimo del varón, más próximo al objeto que al sujeto que la mujer es y reivindica.

Esperamos que de esta revolución que dijo basta ya a los abusos sexuales y laborales bajo el lema Me too, que ha exigido otro estatus en diversas esferas de la vida pública y privada, que se ha echado a las calles para quejarse por la sentencia de la manada, surja un cambio duradero y perceptible que puedan recoger y ampliar futuras generaciones. Porque a veces hay que temer de las revoluciones sociales que se deshinchen o que sus cambios tarden décadas en cristalizarse.

Y en medio de toda esta efervescencia, David Harrower decide poner sobre la escena un texto arriesgado, polémico, atrayente, que mantiene en vilo y atento al espectador, convertido en una suerte de voyeur, ávido por conocer la tórrida relación entre un hombre de cuarenta años y una niña de doce. Y lo hace con la solidez literaria que ya usó Nabokov para su Lolita, también arriesgada, también polémica, y revisada actualmente por ese mismo movimiento feminista, sospechosa de ser un producto del patriarcado en que vivimos. Pero el arte es un reino que puede y debe traspasar la frontera de lo políticamente correcto y ponernos contra las cuerdas planteándonos preguntas que quizá no deseamos responder: ¿cuáles son los límites del amor? ¿Esos límites deben imponerlos la sociedad y la ley, o deberían ser negociados por los miembros de cada relación? ¿Puede una persona adulta enamorarse de una niña de doce años, o solo puede desear su cuerpo y seducirla de una manera malsana? ¿Qué pasa con una persona que sufre abusos en su pubertad? ¿Y qué pasa con el adulto que debe también enfrentarse a la sociedad, a su familia, a la cárcel? ¿Tiene derecho a rehacer su vida?

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En el montaje de Carlota Ferrer incluso la iluminación es sugerente y el escenario es inquietante: parece realista, pero no lo es. En esa sala decadente en la que conversan Una (ya adulta) y Ray, unos cables o unas ramas (no se sabe muy bien) atraviesan el techo; bajo ese mismo escenario se intuyen elementos inestables y volátiles, tal vez parte de la basura que asoma en la propia escena desde una trampilla; y y a los pies del espectador se representa la miniatura de una ciudad que recorrerán sus protagonistas para evocar la fatídica noche que los unió y los separó para siempre. Este texto, tan realista como una obra de Tennessee Williams, convive con estos guiños casi surrealistas y evocadores, y puede que a esto se deba que la directora se arriesgue a introducir una canción cantada en directo por Ray, un ejercicio de cuerpo o ingredientes simbólicos como decenas de bolsas de basura que los protagonistas se arrojan a la cara, y que quizá choquen al espectador, que no tiene más remedio que interpretar y reinterpretar el código escénico.

El trabajo actoral es sin duda solidísimo. Irene Escolar y José Luis Torrijo son las piezas fundamentales para que no pestañeemos durante hora y media. Estos intérpretes se meten en la piel de unos personajes devastados por una decisión que tomaron hace años y que no los ha dejado reponerse. Nos cuentan una historia muy difícil de transmitir y de digerir, y consiguen el milagro del teatro: que nos planteemos nuestros propios cimientos, que comprendamos a unos personajes alejados de nosotros mismos y, sin embargo, cercanos y hermosos de tan profundamente humanos, porque al fin y al cabo, ¿quién no ha amado y quién no ha sufrido con el amor?