Robin Hood Puigdemont

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Desde la distancia y el dolor que me condiciona la presencia de familiares y muchos amigos en Cataluña, me permito escribir, sin pretender más que apuntar pinceladas, algunas consideraciones a la situación actual en esa tierra catalana tan querida y admirada por mi persona.

En relación con la sentencia por sedición recaída sobre los políticos catalanes, ni siquiera es cuestión de entrar a valorar su legitimación, su dureza o blandura, su oportunidad o despropósito o el acierto del Tribunal juzgador. Dejar constancia que todos los ciudadanos, sean de la comunidad autónoma que sean, tienen derecho a pensar libremente, y a expresar sus posturas, sus convencimientos y sus apuestas por un tipo de sociedad, de sistema político y de pertenencia a una u otra nación. También cabe, como no, la posición de los que consideran que deben ser independientes de la nación española y formar su propia nación. Todo es respetable y a todo tenemos derecho siempre que se utilicen las vías legales, democráticas y civilizadas. Y no es que desde estas líneas defienda las posturas independentistas, nunca lo he hecho y mantengo la misma actitud, pero ello no es obstáculo para respetar a los que consideran el independentismo como la meta a la que se debe dirigir la sociedad en la que viven. Los demócratas tenemos la obligación de respetarlos. También ellos, los independentistas, tienen la obligación de respetar a los que mantenemos posicionamientos contrarios.

Lo inadmisible es que un cobarde fugado de la justicia, como es el Sr. Puigdemont, quiera dar lecciones de democracia, ética y moral a los catalanes, independentistas y no independentistas, y al resto de los ciudadanos españoles. Porque la trayectoria del fugitivo catalán, no es más que la de un bufón que hace sonrojar a las personas decentes, catalanes y no catalanes, que mantienen posiciones y conductas acordes con sus convicciones. Cada vez más se evidencia que el Sr. Puigdemont no es más que un monigote puesto por los que decían aquello de “España nos roba” y sus amigos para que proteja los millones que han robado, supuestamente mientras no se pronuncien los tribunales, a los ciudadanos catalanes. El Sr. Puigdemont no es más que un cobarde que no ha sido capaz de mantener y plantar cara a sus propias crencias prefiriendo huir y no asumir la responsabilidad que le correspondía. El Sr. Puigdemont ni representa a nadie, ni tiene talla ni autoridad moral alguna. Perdió la razón y la ética, junto a otras muchas cosas, cuando prefirió huir en lugar de defender sus convicciones, si es que alguna vez ha tenido ideales.

Insisto: lo único que ha hecho, aparte de mirar por su bolsillo, ha sido defender los intereses de la oligarquía catalana, esos que han robado miles de millones, y dejar vendidos y con dos palmos de narices a los honrados ciudadanos catalanes, que merecen nuestro respeto, cariño y admiración, sean cuales sean sus posiciones, cosa que el Sr. Puigdemont no hace.

Cuando en la rueda de prensa de ayer, no se sonrojó al decir que la sentencia contra los independentistas es una “venganza”, demostró ser un auténtico desvergonzado, aparte de un ignorante o un mal intencionado. El tribunal juzgador de estos políticos catalanes simplemente ha condenado a aquellos que no han respetado la ley. Eso de presos políticos no cuela Sr. Puigdemont, hay políticos presos, y ello porque han delinquido, es decir porque esos políticos, por muy amigos suyos que sean, son delincuentes, y como delincuentes, han sido condenados por un tribunal. El Sr. Puigdemont olvida, intencionadamente, decir que la U.E. le ha prohibido a él entrar en los edificios oficiales porque reúne la condición principal de un supuesto delincuente: ser reclamado por la justicia de su país

Produce bochorno, o vergüenza ajena, como prefieran, la postura de los valientes prohombres de la patria catalana, fugados de la justicia, cuando exigen sus sueldos como diputados. Que no les falte la “pela” mientras dejan en la estacada a los que confiaron en ellos. Ocultan, repetimos de forma intencionada, que no son diputados ya que para ser diputado hay que reunir dos requisitos: ser elegido y tomar posesión del escaño.

Por cierto, los equipos de fútbol deben dedicarse a jugar al fútbol y no a hacer política; luego que no se quejen si son recibidos en el resto de España con antipatía, hostilidad o animadversión.