Rute, rutas para los paladares

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Hay ocasiones en que se va buscando una cosa y, por arte de magia, aparece otra completamente distinta. Algo de eso se podría decir cuando se decide ir a una villa de la Subbética Cordobesa: Rute. La carretera, convertida en un canal, lleva al conductor inmerso en un mar de olivos y de pronto, una mancha blanca que resalta a la vuelta de una curva, lo sorprende con la luminosidad del sol de la serranía y exclama como si se tratara de un resorte: ¡Rute, por fin! Porque cuesta llegar. Eso sí, el primer premio es un paisaje limpio enmarcado por montañas, un caserío andaluz y un aire que llena los pulmones hasta casi ahogarlos con su pureza.

Asombra al viajero que un pueblo relativamente pequeño, cuyo principal reclamo es el anís, pueda ofrecer tanta variedad de museos. La carta museística es casi agotadora, además de variada: museo del turrón, del chocolate, del jamón, el dedicado al azúcar, las destilerías de anís con todo el aparataje… tal vez algún otro quede oculto entre líneas.

Siguiendo la tradición de los caminantes, aunque algo más modernos ya que ahora en lugar de andar los caminos y las trochas recorremos las carreteras, se tiene la obligación de aventurarse en el laberinto de las calles de Rute para descubrir, como si de una aventura galáctica se tratase, la armonía de su paisaje urbano, ¡cómo se ha sabido combinar, con sabiduría y acierto, lo moderno con lo clásico y tradicional! A veces, en un par de ocasiones, lo moderno chirría, pero es cuestión de conceder indulgencia ante la avasalladora calma que destilan las fachadas de la mayoría de los edificios. Porque en Rute la destilación es lo que impera: sus destilerías perfuman la plaza y llenan de amplios aromas los olfatos acostumbrados a aspirar el humo de la ciudad.

Pero, como Sancho, el estómago es débil y, al faltar don Quixote, hay que averiguar donde yantar en condiciones… y con permiso del bolsillo. Nada mejor que preguntar a los vecinos que, acostumbrados a tanto visitante dominguero rastreador de dulces, licores y chacinas, con todo el primor y generosidad acceden a orientar al hambriento, que no dar de comer ya que para eso no están ni los tiempos, ni los peculios.

Toparse siguiendo las indicaciones con el Círculo de Rute, no es casual, sino una consecuencia. Pero antes, hay que pasar por varios lugares del pueblo que llenan de admiración: su iglesia, pequeña pero una auténtica joya, la plaza que le da visibilidad al templo y la calle, iniciada por una enorme escalinata maravillosa para bajar, muy buena para aligerar peso una vez lleno el estómago en el susodicho Círculo de Rute, que no es una figura geométrica sino un caserón de principios del siglo XX (hay un cartel celebrando su centenario en 2017), que puede sorprender al visitante por sus estancias, un mobiliario acorde con el edificio y, cómo no, un restaurante con sabores maravillosamente caseros, impoluta limpieza y agrado, destreza y maestría de su regidor José María Muriel, los fogones bajo la batuta de la maestra Antonia Carvajal, en todo momento atento y pendiente de que el cliente quede satisfecho y contento.

Eso de las estrellas Michelin y zarandajas por el estilo, se deja para los foráneos que nos quieren imponer guisotes y yerbas cocidas de mala manera, porque ellos cuando llegan a nuestra tierra, hacen del gazpacho, del puchero y del pescaíto frito, su diaria compañía a la que, en ocasiones, añaden carne cruda pero curada de la pata del cerdo.

En el Círculo de Rute se elabora una cocina tradicional andaluza, que no es poco, la de casa, la que nuestras abuelas hacían al amparo de la cocina de carbón y que, por desgracia para los urbanitas, se ha perdido en las grandes ciudades. La cocinera, Antonia Carvajal, sin que se pueda entender cómo, logra que unas sencillas patatas fritas se conviertan en majar de dioses. Un flamenquín crujiente por fuera pero jugoso por dentro, unas albóndigas en una salsa que conllevan la obligación de mojar pan hasta acabar con ella, un revuelto en su justo punto y un aliño de pimientos con bacalao fueron calmando los estómagos que protestaban por tanta caminata y tan poco premio. Y para rematar, una cola de toro, perdón, rabo de toro que para eso estamos en tierras cordobesas, que hace escalar el Olimpo de los paladares a los que comparten el plato. Un rabo de toro en su justo punto de sabor y de textura, rematado por la suprema compañía de unas patatas crujientes que embadurnadas en la salsa, hacían levitar a más de uno.

Pues lo dicho, si usted, amigo lector se da un garbeo por Rute, no deje de visitar el Círculo de Rute, que además de poder ser un digno escenario de las mejores novelas románticas, es un paraíso para un estómago agradecido. Y siéntese a la mesa para dejarse aconsejar por José María Muriel.