Saber a quién guardar lealtad para no guardar pleitesía

"El día que lo fueron a matar, Pedro Sánchez se levantó a las cinco de la mañana", así empieza Crónica de una muerte anunciada y así podría haber empezado este artículo.

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Pedro Sánchez, ¿secretario general? del PSOE. Europa Press

El problema orgánico real parece que no está en el tablero. Por supuesto que el problema no es que alguien quiera quitar a Sánchez de en medio. Querer que Sánchez se vaya podría ser incluso normal, ha errado más veces de las que ha acertado y eso es constatable; el problema es la forma irrespetuosa, castrense e irrebatible.

El primer fallo de Sánchez fue confiar en Susana Díaz como aliada en el Congreso que le llevó al despacho en Ferraz. El apoyo de Díaz viene con un precio: Casi un cuarto de la ejecutiva y la Presidencia del Comité Federal, cuya poseedora, Verónica Pérez (que a su vez es Secretaria General del PSOE-Sevilla), contemplaba hoy el hall de Ferraz sin que nadie saliese a recibirla. Ese cuarto de la ejecutiva ha demostrado con su dimisión que guarda su lealtad bajo llave en un cofre depositado en la Calle San Vicente de Sevilla. Han dimitido todos y todas, menos una.

Verónica Pérez, Sec. Gral. del PSOE-Sevilla y Presidenta del Comité, hoy en Ferraz. Europa Press.
Verónica Pérez, Sec. Gral. del PSOE-Sevilla y Presidenta del Comité, hoy en Ferraz. Europa Press.

Qué fácil es olvidar, por otro lado, que uno de los sitios donde el PSOE no ganó en las últimas generales fue, precisamente, Andalucía.

No obstante, si bien calificar a Díaz y los suyos y suyas de poco dialogantes parece justo, no es menos justo decir que Sánchez no ha sido un adalid del debate. Cuando orgánicamente el diálogo era más necesario, no quiso ejercerlo porque no le convino, se veía bien en Ferraz, en los mítines, en el Congreso y se otorgó la moral suficiente para quitar y poner como quiso; cuando tuvo que ejercerlo para gobernar, allá por marzo, no convenció más que a Ciudadanos, lo cual visto está que tiene poco mérito.

Sánchez nunca mostró interés en acercar al PSOE que le dio la espalda y apartó a las federaciones que no le fueron afines y hoy se le levantan. Todo aquel que se le enfrentó quedó relegado, como mínimo, a la segunda fila. Ejemplos como el de Eduardo Madina se antojan fulminantes, Sánchez decidió que Irene Lozano era más necesaria.

«El día que lo iban a matar, Pedro Sánchez se levantó a las 5:30 de la mañana», así empieza Crónica de una muerte anunciada y así podría haber empezado este artículo. El día que Sánchez se opuso a Susana Díaz la primera vez empezó el polvo a hacerse lodo y, además, lo hizo sin el respaldo de una victoria. Los barones y la baronesa, por así llamarles y llamarla, tienen ese título porque vencen o vencieron en su día, y Sánchez quiso separarse y rodearse de caras que antes de empezar su labor ya eran repetitivas, ¿Cuántos recordarán a César Luena? ¿Cuántos a Hernando?. Era arriesgado, de ganar, hubiera sido uno más en ese Olimpo retirado que el PSOE reserva a los que ganan y, para mayor gloria, hubiera llegado allí con el título hermoso de la rebeldía, pero no fue así. Los resultados uno detrás de otro fueron cada vez más sonrojantes, más lluviosos. Y el discurso que titubeaba ya en enero se hizo columpio, y las caras un retrato impresionista e inamovible; las campañas, inagotables; las candidaturas, pesadas…

Mal que nos pese a muchos, la lección más grande que deja este final de septiembre no es la romántica elegía a la libertad que quienes han dimitido pretender defender; más bien al contrario, resulta una lección de política real en la que se explica con ilustraciones para niños y frases con más de diez lecturas que en los despachos hay que aprender a elegir a quién guardar lealtad para no acabar guardando pleitesía.