Salario de subsistencia

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Cuando el sistema es tan perverso que subvierte los valores de las personas, poco se puede hacer. Poco a medio o corto plazo, pero mucho, muchísimo a largo plazo. Ya lo decía Zorrilla en boca de su don Juan a don Luis Mejías: “¡Cuán largo me lo fiáis!”. Lo cierto es que cuando una y otra vez se choca con el muro, aparentemente inquebrantable, de los malsanos intereses de una pequeña parte de la humanidad, dan ganas de abandonar y dejar que las cosas se resuelvan solas, norma habitual de comportamiento por cierto de algún que otro dirigente político de este país.

Y viene a cuento la parrafada anterior, al hilo de reflexionar sobre los salarios que cobran los trabajadores en nuestro país. Alguien sacará el dato estadístico de que el salario medio es de 23.156 euros al año, o sea algo más de 1.900 euros mensuales. ¿Se puede creerse tamaña falacia? Lo contradictorio es que el dato es cierto. También habría que preguntar cómo se ha hecho la media, porque si se han tomado TODOS los salarios, el resultado es correcto. Tiene su explicación: supongamos que el salario máximo tomado es de 9.000 euros al mes (el que cobra aproximadamente un parlamentario español) y que el mínimo es de 600 euros mensuales (el que percibe un camarero por 10 ó 12 horas de trabajo). Aplicando la adecuada fórmula estadística, el resultado cuadra al céntimo. La realidad es bien distinta, pero los números son muy obedientes y se quedan donde los queremos poner.

Todo responde a un plan perfectamente preconcebido hace años y puesto en práctica con la colaboración de los que deberían velar por los intereses de los ciudadanos y no de las élites, apoyado en el perfecto armazón de los medios de comunicación, propiedad por cierto de las élites (salvo honorables excepciones, como por ejemplo este periódico). Ese plan iba encaminado, entre otras cosas, a la eliminación del salario digno y la implantación de lo que podríamos considerar un salario de subsistencia, de poder ir tirando, malviviendo o como se quiera decir; que tampoco es cuestión de matar la gallina de los huevos de oro, han pensado los semidioses.

El salario de subsistencia es el que permite llegar a la persona escasamente a fin de mes, sin poder reservar nada para posibles imprevistos, y cubriendo mínimamente las necesidades de (mala) alimentación, vivienda (?), transporte público (de baja calidad) y vestuario (del baratísimo). A tal punto ha llegado la cuestión que ahora tienen que trabajar (por obligación, nada de para “realizarse” o para tener lujos) todos los miembros de la unidad familiar; no queda el mínimo resquicio, por falta de tiempo, para desarrollar el concepto de unidad familiar como grupo social íntimo de convivencia. No da para más el susodicho salario de subsistencia. Todo ello porque se ha perdido el concepto de salario digno.

Dicho en román paladino: una minoría ha hecho desaparecer, con la indolencia del resto de la ciudadanía y la complicidad de los que supuestamente deberían defendernos, la dignidad de los salarios. Es más: hasta los datos personales son objeto de tráfico comercial y con fines políticos, violando la intimidad de la persona. Hemos perdido hasta el derecho al respeto a la intimidad.

Y no sólo han desaparecido los salarios justos, también se han arrasado los derechos de la mayoría de la ciudadanía: libertad real, democracia real, derecho a la cultura, derecho al descanso, derecho al ocio, derecho a un trabajo digno, derecho a la intimidad, derecho a la convivencia familiar, derecho a la sanidad, derecho a la educación… (mejor no seguir). Cuando volvemos la vista a situaciones no muy lejanas en el marco temporal, no podemos menos que caer en el pesimismo, en la decepción y en la desesperación, antesalas de la baja estima personal y social que desembocan en estados depresivos.

No es exclusiva de nuestro país el panorama: es común a todo el mundo “civilizado”. No es más que la profundización en el sistema de capitalismo salvaje en el que estamos inmersos por intereses supremos de las élites financieras mundiales, lo que cínicamente se ha venido alabando como globalización, la “aldea global”, concepto mal aplicado y peor explicado, mil veces repetidas por muchos dirigentes políticos. Es precisamente esa élite, la que se ha adueñado (usurpado) de forma ilegítima, de los bienes comunales de toda la humanidad. Como dato curioso decir que uno de los manantiales de agua más ricos de nuestro planeta ha sido virgen hasta que una multinacional comenzó su explotación, mejor dicho, su sobre explotación ya que, según indican, está perdiendo caudal y amenaza con quedarse seco. Estas élites cuentan con un arma poderosísima en sus manos, y bajo su absoluto control: los medios de comunicación. Con ellos se crean opiniones y tendencias y se falsean realidades acordes con sus intereses. A tal punto de grosería llega la detentación del poder, que su prepotencia les hace creer que también pueden condicionar nuestro pensamiento, el pensamiento de los hombres y mujeres libres.

¿Nos hemos parado a pensar, por ejemplo, por qué la inmigración molesta ahora? La respuesta es muy simple: no hace falta mano de obra, cada vez están más mecanizados y automatizados los procesos productivos, y por ende, cada vez cuesta menos producir y los márgenes de ganancia son mayores. Hasta hace unos años, las impolutas y honorables Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, etc. (incluso nuestro país recientemente) han sido importadoras de una mercancía muy conveniente para sus economías: la mano de obra barata en forma de inmigrantes que produjeran plus valías a precios razonables o sea, a precio de ganga. Esto no se dice, pero es la realidad, la dictadura de “los mercados” defiende los intereses “financieros”.

Estamos inmersos en una dinámica de doble dirección: minorar derechos y aumentar beneficios para el sistema, que no para los ciudadanos. Es la negación del concepto sinalagmático que regía, hasta no hace mucho, las relaciones laborales y sociales.

 

Nota: Salarios de vergüenza desembocan en pensiones de miseria y en marginación, pobreza y necesidades para los mayores.