Salta, valiente

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Foto Europa Press

España está sumida en una situación extraordinaria. Es la primera vez en los últimos 40 años de historia que la formación de gobierno no se produce de manera prácticamente automática tras unas elecciones generales. Es el resultado del vaticinado fin del bipartidismo. No obstante, esta nueva realidad implica responsabilidades que antes no estaban sobre la mesa. Nuestros representantes políticos ahora tienen el deber de entenderse de cara a investir un presidente y, sin cesar en sus funciones como oposición, ofrecer estabilidad institucional.

Parece de Perogrullo, pero puede que los líderes de los principales partidos necesiten que alguien les explique esto.

Rivera, Iglesias Turrión y Sánchez, están frente al abismo, y es que si rescatamos esa idea de que “la política es el arte de llegar a acuerdos”, una nueva convocatoria de elecciones sería un fracaso, y además, un parche que podría no solucionar absolutamente nada, ya que no se prevé que de las mismas vaya a salir una clara mayoría parlamentaria.

Por ello todos esperábamos con expectación la reunión entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias Turrión, para ver qué pasaba. Desgraciadamente no pasó nada, nada cambió. Todo es demasiado previsible, y eso es un problema, porque alimenta la falsa idea de que todos son iguales, y que todos hacen lo mismo. Y aunque en este país odiemos las incertidumbres, necesitamos que alguien se arriesgue a ellas por nosotros.

En este país padecemos un paro estructural disparado, con una incidencia especialmente dramática en los jóvenes, obligados en ocasiones a salir del país para buscar las oportunidades laborales que no tenemos aquí, aumento de las cifras de pobreza, y pobreza infantil, porque si hay una situación preocupante en España, es que 1 de cada 3 niños se encuentren en el umbral de la pobreza, con un desglose de datos que no arrojan ninguna esperanza al problema.

Y mientras tanto, tenemos en Moncloa a un gobierno en funciones que no hace más que aportar más incógnitas a la ecuación.

¿Dónde están los límites de las competencias de un gobierno en funciones? Esa es una pregunta cuya respuesta dará el Tribunal Constitucional. Lo cierto es que es un gobierno sin vinculación con el Congreso de los Diputados, ni el Senado, y por ello carece de iniciativa política. Dicho así parece que es un órgano encargado de colgar el cartel de business as usual, pagar a los funcionarios, y hacer que la Administración Pública siga funcionando. No obstante, en ese marco competencial se entiende difícil cómo España pudo participar en el vergonzoso acuerdo de la UE con Turquía, y a la vez, que su condición le impida asistir a la Cumbre de Seguridad Nuclear auspiciada por Obama en Washington sobre el terrorismo del ISIS en suelo europeo.

Por ese tipo de dudas urge que los representantes políticos alcancen un acuerdo y comiencen a trabajar por solucionar los problemas de la ciudadanía. El paro, la pobreza energética, el hambre, la falta de competitividad del sistema productivo, la precariedad laboral… Y no olvidemos que un Estado proyecta políticas más allá de sus fronteras, y varios de los grandes retos de la política actual tienen clave internacional.
En este escenario cabe preguntarse a dónde estamos yendo, o a dónde nos llevan, o a dónde queremos que nos lleven, y cómo queremos que sea ese viaje.

Por parte de Podemos escuchamos mucho el argumento del “gobierno a la valenciana” o “el gobierno a la portuguesa”, cuando estas opciones comparten una característica que las posibilitó: las fuerzas progresistas tenían la mayoría absoluta en ambos casos, algo que no se da en el caso de España con la rebautizada “vía de los 161”. Quizá sea el momento de plantearse una alternativa innovadora en la política nacional, dejar que gobierne el más votado, y tomar las riendas desde el Congreso de los Diputados, derogando y cambiando aquella normativa que la mayoría parlamentaria entienda negativa.

De vez en cuando nos encontramos con una película que nos marca para siempre. Yo jamás olvidaré la primera vez que vi “Los amantes del Círculo polar” de Medem, y concretamente aquella nota deslizada entre dos jóvenes enamorados que decía “Salta, valiente.”, por todo lo que implican esas dos palabras puestas así, de esa manera. Obama dijo en Cuba “Puede que sea el momento de levantar el embargo. Sé que tenemos una historia, pero me niego a estar atrapado por ella.” Y puede que en España también sea el momento de liberarnos de las cadenas de nuestras tradiciones y hacer algo que nadie se espere, ser valientes y saltar.