Salvemos el último constructo marxista

172

Se acercó a mí con esa candidez que sólo a los que todavía no le han despedazado el corazón poseen. Me miró sugestivamente como queriendo decir algo con esos luceros que presidían su pueril rostro. Le alcancé el micrófono, un Sennheiser E835, y le plantée la pregunta del millón: “¿Sabes qué conmemoramos hoy?”, dije, sin saber muy bien a lo que atenerme. Respondió como el pájaro pía al salir del cascarón porque tiene hambre o como el agua baja cristalina por el arroyo camino del río. Fenómenos que ocurren con la más absoluta evidencia. “Claro, que todos somos iguales”.

En aquella mañana celebrábamos la firma de un acuerdo, uno más, que pusiera las cosas iguales entre hombres y mujeres. Las lonas que anunciaban el evento a nuestro alrededor rezaban eslóganes del 25N, día que se conmemora la lucha contra la violencia de género y en el que se recuerda la muerte de tres hermanas dominicanas involucradas en reivindicaciones políticas a manos de un despiadado dictador. Pancartas teñidas de color violeta, el color del 8M, el color que aquel fatídico día de 1911 salía por la chimenea de la fábrica de camisas Triangle en la que murieron, encerradas 123 trabajadoras y 23 trabajadores. Aquella mañana no era ni 25 de noviembre. Tampoco 8 de marzo. ¿Y qué más dá? “We should all be feminists”.

La respuesta de aquel infante deja claro que los mensajes que lanzamos a la sociedad, calan. Que el mundo está cambiando y que solo paramos para coger impulso. Que la revolución ya está siendo feminista, porque sino lo fuera, no sería revolución.  Y que cada vez son más necesarios, por lo que se avanza y no por lo que se retrocede, días en los que se reivindicque la empoderación de la mujer. Porque vivimos en un mundo, en un país en este caso, en el que siempre se ha examinado a hombre y mujer de modo divergente.

A principios del XVI, Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, recibió una gran formación convirtiéndose en una noble intelectual con tremendas capacidades. Sus padres la mandaron a Flandes, para casarse con Felipe, al que apodaron ‘El Hermoso’ y tuvo que sufrir los desdenes del de Brujas y una posición cautiva ante sus innumerables deslices amorosos. Padre y yerno se conchabaron para impedir cualquier dote de poder regio de Juana, que a la muerte de Felipe es encerrada en Tordesillas y cede, obligada, sus reinos a su padre. Tanta injusticia provoca que se declare en huelga de hambre y que pase a la historia como una reina loca y harapienta. Siglos después, otro Felipe -el V, primer rey borbón y nieto de Luis XIV- llega a España para poner fin a la Guerra de Sucesión. El monarca francés que padece adicción por el sexo, obsesión por la sangre, angustia laboral, aversión por la higiene, rechazo a la ropa blanca, fobia al sol, hipocondria y paranoia antigalena. Pero lo más curioso era un trastorno bipolar que le hacía creer que era una rana, o que estaba muerto.

Vivimos en un país en el que a la reina mejor preparada (mujer) se le impuso el diagnóstico de la locura para impedirle reinar mientras que a otro rey completamente enajenado (hombre) que creía ser una rana, se le conocía, cariñosamente, como ‘El animoso’. Por todo ello el feminismo no es necesario, es imprescindible pero, ¿de qué forma?

Si bien el libro de Wollstonecraft ‘Vindicación de los derechos de la mujer’ es considerado como el inicio del feminismo de la Ilustración, fue Karl Marx quien pocas décadas después elevó el asunto al debate universal de la evolución de las sociedades. Hablaba de la esclavitud patente en la familia, de cómo los varones se apropian el trabajo femenino (‘La ideología alemana’, 1846). Denunciaba la opresión a la que eran sometidas en la familia capitalista, burguesa, siendo tratadas como propiedad privada y usadas como meras transmisoras de herencia (‘El manifiesto comunista’, 1848).

Todas las profecías de Marx fallaron estrepitosamente. El de Tréveris creía que la propiedad privada era el origen de todos los males en las socieades modernas capitalistas que se comenzaban a industrializar. Que su abolición a través de la revolución (obrera) era el único modo de salvaguardar al pueblo y paliar las divisiones de clase. El materialismo dialéctico que bebía de Hegel marró en todos sus constructos: alienación, lucha de clases, fetichismo de las mercancías, explotación y plusvalía. Las sociedades capitalistas se convirtieron en democráticas, abiertas y prósperas.

Entre sus fracasadas tesis, Marx dijo que “el último lugar dónde habría una revolución sería Rusia”. Existía la idea mística y romántica de que matando al zar se produciría una reforma de modo natural. Y en Rusia se dio la mayor revolución que recuerdan los siglos, en aquel octubre de 1917 donde la clase media se manchaba las manos con sangre de zares y ministros. Los Alejandros (II y III) fueron partidos en dos y Nicolás II fue asesinado vilmente junto a toda su familia. Y el sueño de la sociedad soviética y comunista se diluyó en la sangre de aquello que no se debió hacer.

No matemos al hombre. Al menos no a todos. Limpiemos el mundo de basura. Pero no convirtamos un paso histórico en una fiesta chabacana. No es necesario atentar contra la dignidad de todos. Ni frivolizar. Ni ultrajar templos ni agitar la paz de la convivencia. No generalicemos. Cambiémoslo todo. Es más dejemos que sean las mujeres las que lo cambien todo aupadas a todos -absolutamente todos- los centros de poder. Debe ser así. Son ellas las que tienen que hacerlo. Las que deben poner el mundo patas arriba, o patas abajo. Que lo devuelvan a su lugar. Son ellas las que tienen la llave del futuro, las que siempre la han tenido. Las que deben tomar las riendas de la vanguardia. Pero tan comprometidos debemos estar nosotros haciéndonos a un lado, como ellas haciendo las cosas bien, de modo responsable, coherente. De modo femenino.

Consigamos juntos la cristalización de las vindicaciones feministas. Trabajemos con el hombre en pro de la mujer. Construyamos codo con codo nuestro propio mundo. A la mujer se le debe todo y todo le será devuelto. La pista de despegue esta vacía y el espacio aéreo despejado. Es su momento. Pero no matemos al hombre. En la cuestión del género, Románov y Uliánov debemos caminar de la mano. Es el único modo de hacerlo. Salvemos el último constructo marxista.