Sevilla (no) tiene un color especial (desmontando tópicos)

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En algunas ocasiones, muchas más de las deseadas, la coletilla de la canción “Sevilla tiene un color especial…” ha sido objeto de crítica, burda y soez la mayoría de las veces, sin ningún tipo de justificación, simplemente porque sí. Otra manifestación más de la envidia hispana, ese mal crónico que nos corroe sin solución y al que no somos ajenos los andaluces. Algunos que pensamos que somos el pueblo más antiguo del Viejo Continente, y que por tanto tenemos solera para dar y repartir, no acabamos de asimilar semejantes posturas caínitas. ¡Las cosas de los humanos! Por si acaso, y con animo manifiesto de encabritar a los envidiosos, me dispongo a escribir las líneas subsiguientes.

En efecto, Sevilla no tiene un color especial. Y no lo tiene porque tiene dos colores que tan sólo se dan aquí, en esta maravillosa tierra que abraza al río señero de todos los andaluces. Ergo, Sevilla tiene dos colores: el albero y el rojo maestranza. Algunos dirán amarillo y rojo. Pues no, es albero y rojo maestranza, y eso, ¡simplemente es así!

Otro de los distintivos de Sevilla es la Semana Santa, dicen los entendidos que la mejor del mundo, por mucho que algunos osados, imprudentes y zafios se nieguen a admitir la evidencia, ¡allá ellos con su cortedad de entendederas!. En Sevilla salen pasos, son imágenes vivas que andan, recorren y disfrutan de la ciudad, a pesar de ser días de penitencia, porque hasta las vírgenes y los cristos tienen otra expresión cuando se les ilumina la cara con la luz de Sevilla. Al contrario que en otros sitios, no es la carrera oficial el mejor sitio para ver el detalle, los andares especiales, la mecida con pellizco, esas “cosillas” se ven mucho mejor en la calle Álvarez Quinteros, en Pureza, en la calle Feria o en la Cuesta del Rosario. Es ahí donde los costaleros hacen bailar el paso al compás de la música y la levantá a pulso a la orden de “¡a esta es!”… Un tema este de la Semana Santa en Sevilla, para escribir toda una enciclopedia, ¡por algo es la mejor Semana Santa del mundo!

Algo peculiar: en Sevilla el olor de azahar dura el tiempo que quieran los sevillanos. Es la única ciudad del mundo donde hay azahar en las calles. Y no hay explicación para que un olor tan intensamente profundo no moleste a la pituitaria, sino que por el contrario, embriaga y absorbe las voluntades de los que tenemos el privilegio de poder respirarlo. Algo similar pasa con el incienso en esta tierra de María, como se dice en nuestro habla especial: el sevillano. Y es que a Sevilla le sobran los museos, a pesar de tener unos cuantos desde hace más de cien años de primerísimo nivel, porque Sevilla es un museo vivo al aire libre y a la vista de todos los visitantes. Sevilla se muestra generosa y sin recato, con descaro, a todos los que la miran con ojos asombrados e incrédulos. Le salió el tiro por la culata a la ministra que se gastó un dineral de todos los españoles en llevar el AVE a su ciudad para incrementar el turismo y consiguió que aumentara el turismo, sí, en Sevilla. Tuvo un error de cálculo, o de entendimiento: la belleza es algo intrínseco e intransferible, el señorío se tiene o no se tiene, y Sevilla, aunque le pese a la ex Ministra de marras, tiene ambas cosas: belleza y señorío. Cierto que Sevilla no tiene mar pero tiene un puerto que ya quisieran muchas ciudades con puerto de mar, y ello pese a tanto ecologista de libro y a tanto politiquillo de cortas miras.

Quizás muchos no sepan que Sevilla es la única ciudad de España que ha dado dos emperadores a Roma y que durante más de cien años fue la capital, de hecho, de España, de la España más grande de la historia. Los sevillanos no tienen problemas porque otros copien sus cosas, suele pasar. ¿Que quieren copiar la Semana Santa y la Feria?, pues adelante que no nos molestamos, todo lo contrario: orgullosos de que nos imiten. ¡Solo se imita a los grandes y se copian las cosas importantes!

En Sevilla se come cola de toro, lo de rabo de toro suena a otra cosa. Y el gazpacho con “trompezones”, el jamón y el queso por separado (es un pecado mezclar ambas cosas), los calentitos, que no churros, con chocolate y el “pescaíto” frito con una “cruscampo” bien fría. En Sevilla nadie es forastero, todos los buenas personas son acogidos con los brazos abiertos.

Una de las señas de identidad de Sevilla es la dualidad: siempre hay dos cosas maravillosas para elegir: La Macarena y la Trianera, El Gran Poder y el Cachorro, Betis-Sevilla… Y lo mejor es que hay que elegir una, aunque sepas que la otra es igual de grande, que no por elegir una de las dos cosas dejamos de ser amigo del amigo, ni de emocionarnos cuando vemos disfrutar al amigo.

Sevilla tiene tres cosas que envidian todas las ciudades: la Giralda, la Torre del Oro y el Guadalquivir. Sin contar el Alcázar, la Catedral, las Murallas de la Macarena, el Barrio de Santa Cruz, la Judería, los Jardines de Murillo, Triana, San Bernardo, la calle Sierpes, la Plaza de España, el Parque de María Luisa… ¡hasta el cementerio de Sevilla es atracción turística! La feria de Sevilla, aunque les escueza a muchos, es la mejor de España y parte del universo.

Otra cosa: en Sevilla no hace calor, simplemente te “achicharras” y ya nos gustaría no tener que presumir de “la caló”, para éso Sevilla es la mejor ciudad del mundo mundial y parte del extranjero, que por algo es la capital de Andalucía, aunque haya algunos a los que les moleste.

…y por último, lo de ser sevillano es un don que otorgan los dioses, no se puede adquirir aunque haya quienes lo intenten (todo lo más, los sevillanos adoptan a los foráneos que son güena gente). Hay dos excepciones: los sevillanos que no nacen en Sevilla y que son sevillanos de pleno derecho porque así lo han querido los dioses, y los que vienen de otras partes y se enamoran de Sevilla.

Eso sí, al sevillano no le caes bien, ¡eres su hermano!