Simbiosis

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Hoy quiero hablar de cosas alegres, que siempre estoy dando con la vara. Así que voy a contar la lección que recibí hará ya casi hace seis años. Hoy voy a hablar de mi mejor amigo y de todo lo que me ha enseñado.

Mi mejor amigo se llama Häendel y camina a cuatro patas. Si, se llama como el compositor. No, no se lo puse yo. Al fiera lo adopte cuando tenia tres años (va a por los nueve) en Arca Sevilla, un bastión camino de Utrera que a pesar de estar siempre desbordado no tiene a un solo bicho triste. Ya tenía su nombre y la verdad, no me gustaría que me lo cambiaran si me adoptaran ya crecidito.

El “Lobo Negro” como nos gusta llamarlo a mi hermano y a mi, mote que él mismo le puso, es un tío muy curioso. Es un cruce de labrador negro con a saber qué, 23 kg y te llega al muslo. Tiene el pelo oscuro pero con trazos rubios, algo así como los pastores alemanes. Y el mote le viene de su forma de andar, cabizbajo y acechante. Un acojone vamos, que el otro dia paso al lado de un crío y salió corriendo gritando “¡un lobo un lobo!”. Y no es coña, en la peluquería bajo mi casa paso. Él se limitó a mirarme con cara de incrédulo.

Pero aparte de lo mucho que mola y eso, voy al asunto. Lo que poca gente sabe es que yo tuve fobia a los perros hasta bien entrada la adolescencia. Y fobia de las malas, de las de ver un Chihuahua y trepar a un árbol. Las fobias no son muy divertidas la verdad. Cuando era un crío más de un capullo se divertía achuchandome al perro mientras yo rogaba que lo agarrara. Aún me los cruzo por la calle y cambian de acera por si se me ocurre pagarles con la misma moneda. Pero nunca obligaría a mi colega a atacar a nadie.

Fui perdiendo el miedo cuando algunos de mis mejores amigos empezaron a tener perros. Cuando una amiga me vino con un chucho que me cabía en la mano, me fue ganando poco a poco. Y me di cuenta de que había tenido miedo a algo que me temía más a mi. Y que me necesitaba. Y di la vara en mi casa hasta que conseguí mi objetivo. A los 19 fui a Arca, y no quería un cachorrito. Tampoco quería un compañero que no pudiera disfrutar durante mucho tiempo. Häendel tenía tres años, ya no crecería más. Era el típico perro con toda la vida por delante aún pero con poca imagen. Era perfecto para mi.

No se si alguna vez habéis ido a un refugio de estos, te sueltan a explorar las jaulas y a elegir. Y claro, todos los perros se motivan y se monta la de Dios. Todos ladrando preguntándose quién eres contra las rejas. Y mi gordo estaba sentando. El único de casi un centenar. Con sus tres compañeros de jaula ladra que te ladra, él a su bola. Le llamé, vino y me lamió la mano. Luego lo sacaron para que paseara con él a ver que tal, y no paró de intentar montar a una mastina que rondaba por la zona y que se le escapaba de lejos por altura. Estando castrado.

La gente me suele decir que tuve mucha suerte. Un carajo. Al principio reventaba a cualquier perro que se cruzase, incluso atacaba a los vecinos si te despistabas. Fue difícil para todos. Incluso tuvo que salir con bozal durante un tiempo. Pero le echamos paciencia y no hicimos lo que nunca hay que hacer: zurrar. Pero nunca. Bajo ningún concepto. ¿Que no te portas bien? Pues te quito tal chuchería, o te mando castigado a otra habitación (donde no te falte de nada pero no estés conmigo). Pero levantar la mano es educar con miedo y así tienes un perro temeroso. Y si es grande, con miedo responde con dientes. Ellos siempre funcionan por manada, y tienes que ganarte el puesto de jefe. Y se tiene que adaptar tanto como tú.

La única forma de obtener obediencia ciega es por cariño. Actualmente el croquetilla se viene conmigo hasta a los bares de noche. O a comprar el pan, espera en la puerta. Da igual, es más listo que la mayoría de personas que conozco. Siempre va suelto y sabes que no se va a perder ni se le va a ir la olla. Hasta se para a esperar “órdenes” cuando hay que cruzar una carretera. Verlo ladrar es una rareza, es un perro-ninja silencioso.

Falta decir algo importante. Al croqueta lo atropellaron. Por el centro, donde lo recogieron. Le destrozaron las dos patas del lado derecho (aun se le nota el hueco del hueso soldado en el muslo derecho y la pata delantera la tiene a la virulé) lo que explica su curioso contoneo al andar. Buena gente lo llevó al refugio y con la ayuda de los voluntarios se recuperó. Entonces llegué yo a por él. Y sabía su historia. Sabía que si me lo ganaba sería el mejor.

Y en mi cama está tirado y hasta arropado (que lo hace el mismo con las patas y los dientes). Ya es tarde y en breves protestará porque no estoy con él. Por la tarde se ha pegado una siesta en el sofá conmigo que ha sido todo ronquidos y pedos. Boca arriba. Y yo riendome y tapandome la nariz con la manta, rascándole la panza. Si me ve triste me baña en babas, y si me ve enfadado me hace pucheros hasta que se me pasa.

Esa es mi lección. Que a estos bichos de todo menos miedo. Que te saques al más feo y pulgoso del refugio, que encima de que no te cuesta casi un duro te vas a llevar algo que te va a sorprender. Que Häendel era horrible y nadie se hubiera fijado en él, escuálido y lleno de cicatrices. Y sigue teniendo sus cicatrices, como un bocado en todo el hocico u otro en toda la oreja derecha. Y ahora es la envidia del barrio, y se tumba con las patas delanteras cruzadas. Con toda la clase.