Leila Slimani y Marta Sanz para contestar a Vargas Llosa

517
Leila Slimani, Europa Press

Liela Slimani nació en Rabat en 1981, con 18 años fue a estudiar a París. Es franco-marroquí, tan europea como africana. Una de esas personas que “ha conocido París por la literatura”, tal y como reconoce en su entrevista con Éric Fottorino, recogida en un libro llamado Comment j’ecris, editado por L’aube. Ese club de gente que reconocería París a través de Víctor Hugo o Hemingway es un club amable en el que puede entrar todo el mundo. Vargas Llosa forma parte de él. Me parece un grandísimo lector y, si me permiten lo que seguramente es una desfachatez, un gran teórico literario. Tanto es así que me he estudiado sus conferencias sobre Víctor Hugo.

Su último artículo, no obstante, dejaba que desear. “El feminismo es hoy el más resuelto enemigo de la literatura”. Ahí quedaba eso. Curiosamente, otro artículo en El País -en este caso de Leila Guerriero, que estuvo mucho más atinada-, ponía en cuestión la corrección política, sin duda, más que imperante. Leila Slimani, franco-marroquí, mujer, artista, madre y, por todo lo anterior, cumbre de un postmodernismo que habitualmente rechazo, venía muy al caso para contestar. Marta Sanz, por el simple hecho de que me encanta su trabajo, también.

Leila Slimani y Marta Sanz para responder a Vargas Llosa

Era el día de la francofonía, yo estaba en Estrasburgo. Macron estaba en París anunciando que impulsaría políticas públicas para hacer que el francés subiera posiciones en el ranking de lenguas más habladas. Mal asunto ese. No sería la primera vez que la fina línea entre las relaciones internacionales y el neocolonialismo se desvanece. La inocencia es una post-verdad muy bien disimulada. En cualquier caso, allí estaba yo, en una librería de la Calle de los Alabarderos, buscando como un loco libros de la que considero una de las voces más legítimas de lo que llevamos de Siglo XXI: Leila Slimani, ganadora del Premio Goncourt de novela 2016 con un novelón llamado Canción dulce (Cabaret Voltair en España).

En la novela, Myriam y Paul contratan a una niñera. Myriam está harta. “Elle ressentait chaque jour un peu plus le besoin de marcher seule, et avait envie de hurler comme une folle dans la rue. “Ils me dévorent vivante”*. Desde que tiene hijos se ha quedado prácticamente sin vida social. Casualmente un día se cruza con un compañero de facultad y éste recuerda lo buena estudiante de derecho que era. Le ofrece un puesto en su despacho. Myriam empieza a trabajar y, a pesar de las primeras reticencias propias y de su esposo, necesita una niñera.

Slimani y Sanz

Leila Slimani es directa, escribe a puñetazos. Gran parte de la literatura contemporánea busca una exclusiva mezcla entre belleza y violencia. Slimani también, como Carlson Whitehead (último Premio Pulitzer con El ferrocarril subterráneo -Random House-) o, ya en lo nacional, Marta Sanz (Black, black, black o Daniela Astor y la caja negraambas en Anagrama). La diferencia de Slimani y Sanz con, por ejemplo, Whitehead es que la franco-marroquí y la española son mujeres. ¿Se nota? Claro. El personaje principal de Whitehead, Cora, es verosímil, qué duda cabe. Sin embargo, Whitehead no aborda el ser mujer como conditio sine qua non, él se centra en la esclavitud. El problema principal de Cora es que es de origen africano. A pesar de que sufre del machismo y Whitehead lo escribe soberanamente bien (como Vargas Llosa en La fiesta del Chivo, por cierto), hablan de cosas distintas.

Marta Sanz, Europa Press

Myriam, protagonista de Canción dulce, se quedó en casa cuidando los niños, recién acabada su carrera de derecho, mientras su marido decía que él podía trabajar por los dos. La protagonista de Daniela Astor y la caja negra no es tanto la niña como su madre, que quiere abortar y su marido no quiere que lo haga. Ni su suegra, que va de progre. Marta Sanz (Madrid, 1967) es estratosférica. Todo lo que leo de ella (ensayos, novelas, artículos) me parece de una pulcritud excelsa. Sanz podría preguntarse sobre cómo era la vida de un cualquiera en la España del destape; Slimani podría centrarse en cualquier cosa, pero hablan de mujeres.

Una traducción

Si me pongo a traducir, fuera de la pedantería con la que sé que este artículo está escrito, hablaría del Betis. Cada vez que el Betis sale en la tele, me enrabieto. Hay veces que el periodismo deportivo se convierte en un programa del corazón con un balón de por medio. En los reportajes sobre el Betis, mi equipo, cometen un error tras otro. No dudo que lo hagan con la mejor intención posible, pero fallan. Una y otra vez. Y nos confunden y nos malinterpretan y ponen cosas en nuestra boca que, en realidad, jamás diríamos. Los reportajes para explicar cómo es el Betis los debería hacer alguien del Betis. Porque te puede caer muy bien el Betis, puede ser tu segundo equipo. Puedes tener un amigo bético, una novia bética, tu madre, tu padre, qué sé yo. ¿Cómo no voy a querer al Betis si tengo una hija bética? Como sea. El caso es que, para hablar del Betis, como el beticismo no hay nada. Supongo que es común a cualquier equipo.

La corrección política

La corrección política y la literatura son a menudo antagónicas, es cierto. Al menos, es cierto en la gran mayoría de los casos. No obstante, observar que el feminismo es hoy en día el peor enemigo de la literatura es infantil. O de mal observador, por aquello de que no hay más ciego que quien no quiere ver. El feminismo es el movimiento que ha colocado las historias de mujeres escritas por mujeres en las librerías. ¿Cómo va a ser “el más resuelto enemigo de la literatura”, si da voz a tanta gente? De hecho, Marta Sanz y Leila Slimani son abiertamente incorrectas. Ellas van contra algo con bastante más adeptos que, por ejemplo, el catolicismo. Y es que el patriarcado es tan estructural que los que nos consideramos militantes debemos hacernos examen de conciencia, pues lo normal es que fallemos.

…y esa extraña fobia

Esta fobia que manifiestan Vargas Llosa o Javier Marías (¡ay, aquel artículo sobre teatro contempráneo! ¡O el de Gloria Fuertes -no daba razón literaria alguna para que no le gustara-!) embutida en una búsqueda de la estética por encima de reflejos morales, me da a mí en la nariz que tiene que ver con el miedo a ser señalados. El problema es que les apuntan a ellos, o a nosotros, claro. Lo hacen cuando Leila Slimani señala que lo normal en una pareja es que trabaje más el hombre que la mujer; o cuando Sanz observa que el cuerpo de la mujer es sólo de la mujer. Que tiene nombre y es en femenino. Vargas Llosa señala en su artículo lo realizado por la Iglesia, dictaduras, democracias relativas… No se da cuenta de que, aquí, él tiene más que ver con curas, generales y mandatarios que con sus compañeras de oficio. Recalcaría, si me lo permiten, la palabra “compañera”, ya saben que para quien milita tiene un componente muy especial. Viene del latín, “cumpanis”. Significa algo así como “los -y las- que comparten el pan”.

Nota

*”Sentía cada día más la necesidad de escaparse, tenía ganas de gritar como una loca en la calle “¡Me van a devorar viva!” (Traducción propia).