Sobre las escaleras mecánicas que bajan, pero no suben

Hay una negación de la humanidad que reside, tan panchamente, en los metros del mundo: Las escaleras mecánicas que bajan, pero no suben.

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Escaleras mecánicas. Foto de Fernando Camacho.

Hay una negación de la humanidad que reside, tan panchamente, en los metros del mundo: Las escaleras mecánicas que bajan, pero no suben. Es decir, esas escaleras mecánicas que bajan y están junto a unas escaleras analógicas, de las de toda la vida. Uno debe subir por las escaleras analógicas mientras ve cómo baja la gente poderosa y aristocrática por las escaleras mecánicas. Sin esforzarse, ahí, como si tuviera la propiedad de los medios de producción, vacilando.

Y allí veo yo aquello, subiendo, con un pie detrás de otro, con lo que pesan mis pieces, pensando en el arquitecto que tuvo la feliz idea de que hubiera un sola escalera mecánica y, en vez de subir, baje. Ese arquitecto sublime que dijo: No, escucha, vamos a hacer que la gente se esfuerce, que tengo yo el día hoy revolucionario en el arte de las escaleras mecánicas. Hay que ser mentecato, estar privado de razón, exento de toda luz menos la luz eléctrica que hace que baje la escalera que aquel señor fatuo diseñó tan mal.

Miro las escaleras y pienso: ¿Dónde está Doraemon? ¿Inventarían el gorrocóptero porque en el metro de Tokyo hay unas escaleras igual de chungas? ¿Miraría un guionista japonés aquellas escaleras absolutamente denigrantes para la especie humana y diría: (traduzco del nipón) «Aquí lo que hace falta es un gorro volador»?

Los hay, sin duda, que le echarán la culpa al neoliberalismo, otros al socialismo. Eso ya irá según la provincia, cómo no. Yo creo que hay gente que no está contenta consigo misma y hace cosas así porque de alguna forma tendrán que joder a la gente que va contenta al trabajo y, de repente, zas: Una escalera analógica para subir y una escalera mecánica para bajar en la que descienden, angelicales, dioses olímpicos que se recochinean de la mortalidad de los que van subiendo con la lengua por los tobillos.

¡El otro día había gente infartándose, por el amor de Dios! Un hombre tumbado decía a un chavea: Sigue tú, Juan José, sigue tú. No puedo dejarte aquí (y tal y cual), dijo el otro. Tienes que completar tu misión, Juan José. Y el otro aceptó de alguna forma y dejó al otro allí tirado, no se veía al tal Juan José con remordimientos, si es lo que se están preguntando.

Frodo y Sam subieron andando al Monte del Destino para tirar el anillo porque no había una escalera mecánica que bajase. Si llega a haber una escalera mecánica que bajase, entonces, hubieran dicho: Mira, yo esto no lo subo por el coraje que me da. Que aquí hay gente que ha diseñado una escalera para bajar, pero no para subir, que es que hay que ser porfiado para hacer semejante cosa.

Y así vivo yo cada mañana, viendo cómo esa escalera mecánica baja, y cómo esa escalera analógica sube. Y ahí estoy yo, cansado, mirando al infinito, reuniendo fuerzas para luchar, un día más, contra la injusticia.