Somos súperprogres

OT ha convocado un nuevo plebiscito para lamernos las heridas los unos a los otros en un círculo simiesco antiparasitario.

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Famous, ganador de OT

Cuando era niño solía dar testimonio de mis pueriles trastadas los días que más pesaba
el alma. Lo hacía a través de la celosía por la que susurraba discutibles faltas morales y
actitudinales ante algún vicario de Dios pertrechado con el poder de conceder indulgencia.
Eran días en los que quizás había leído a hurtadillas el diario de mi hermana o puede que
le hubiera sisado a un compañero ese cromo de Fernando Couto que nunca tocaba en los
chicles de 5 pesetas. Y quedaba limpio, liberado de toda pena por el módico precio de
tres avemarías. Supongo que la operación sináptica será similar a la que procesa un
hombre casado, padre de familia, que se lleva a su tribu al talaso en la jornada dominical
después de haber despilfarrado la noche del sábado con su amante en uno de esos
moteles que solo se encuentran en las proximidades de los aeropuertos. Y se queda
limpio, liberado de toda pena por el módico precio de pasar por el terminal punto de venta
la tarjeta black de su empresa que computará aquel desembolso como ‘gastos varios’.

Los actos expiatorios son tan propios del ser humano como su existencia. Hacemos cosas
que presuponemos buenas para sentirnos bien, para liberar la serotonina encallada en el
intestino, para purgar nuestra alma de errores pasados y poder continuar el camino que
resta soltando lastre de una mochila que a veces nos pesa en demasía. La filantropía es
el contador social del siglo XXI, la vara de medir usada por el pueblo para posicionar a
unos y otros en una escala de altruismo barato, sobreactuado y artificial. Todo ello se
magnifica con el boom de las TIC y de las redes sociales -no somos lo que hacemos,
somos lo que publicamos en nuestras historias de Instagram-. Cuántas más obras de
beneficencia, cuántas más colaboraciones con ONGs, cuántas más bolsas de reciclaje,
cuántos más alimentos veganos y cuántos más animales salvados, mejor. Pero no nos
olvidemos de compartirlo. Porque si no, no computará en nuestra redención. Ora et labora
y foto tuenti.

La operación se fundamenta en el parangón entre semejantes. Y en el agravio extraído de
ello. No somos mejores por la calidad de nuestros actos, somos mejores porque hacemos
más cosas progres que el vecino, que seguramente haya sacado sus barbas a remojar
días antes, pero nada más verlo ya hemos pedido cita con el barbero para un rasurado
completo. No queremos que nos llamen fachas. No queremos que nos digan que somos
una sociedad intolerante. Nos soportamos que nos tilden de machistas. Y entonces
asumimos dos caras. La verdadera. La que se subsume cada acto de nuestra vida real y
la que rige nuestro comportamiento más reptiliano. Y la otra. La que vendemos. Por la que
nos gusta ser reconocidos pero que nuestro instinto de supervivencia nos impide sacar a
la palestra en unos comicios autonómicos, por poner un ejemplo.

El agravio comparativo tiene su segunda fase en un escenario que se ha convertido en el
opio del pueblo en los últimos años. Los reality shows devoran audiencia al tiempo que
nos muestran que ¡ojo, no estamos tan mal!. Seamos progenitor o vástago, a todos nos
gusta ver un episodio de ‘Supernanny’ para ver lo bien que lo estamos haciendo justo
después de regalarle a nuestro hijo la última videoconsola del mercado porque “tan solo”
se ha dejado para el caluroso asueto veraniego tres asignaturas. O en el otro sentido,
sentarnos a contemplar como los pequeños díscolos de ‘Hermano mayor’ destrozan la
casa paterna mientras nosotros nos gastamos la paga del abuelo en alcohol destilado
para hacer slimming. También ocurre con ‘Gran Hermano’, desde el prisma de la
intelectualidad cultural, y con ‘First Dates’, desde el visor de la intelectualidad emocional.

Y desde el miércoles se ha confirmado (con la fuerza con la que un elefante entra en una
cacharrería) que Operación Triunfo también forma parte de esa sarta de programas ¿Basura? que ofrecen promociones de chapa y pintura a mitad de precio tras el siniestro
total del vehículo que conduce el devenir de nuestra sociedad.

No hace ni dos semanas que como pueblo hemos suspendido uno de los exámenes más
importantes al que nos presentábamos en enésima convocatoria. La prueba del algodón
de ese territorio que colinda con nuestros parientes más desfavorecidos y sobre el que no
somos capaces de establecer una decisión concreta y sucinta que acabe con años de
sufrimiento. Pero OT ha convocado un nuevo plebiscito para lamernos las heridas los
unos a los otros en un círculo simiesco antiparasitario. Lejos queda ya la victoria sin
paliativos de aquella joven rolliza y basta en cultura que quebró todos los cánones de
belleza sobre el escenario eurovisivo de Tallin. Tras situarnos como un país a la
vanguardia de las concepciones estéticas y morales ahora nos hemos convertido en
jueces de la igualdad entre razas y lo hemos hecho de un modo brillante, sin dejar
espacio a resquicios por donde pueda entrar la sospecha de una operación orquestada. Y
además televisado con lujo de detalles por la televisión pública, esa pagada con nuestros
impuestos y esa que nos sitúa en el mundo como lo que queremos mostrar que somos.
Esa que controla, además, el sanedrín de Podemos con 5 consejeros (y mayoría) en su
consejo de Administración. Y todos sabemos lo que le interesa a Podemos. Vender una
juventud plural (sus votantes) preparada para el advenimiento del cambio. La misma
juventud, o al menos parte de ella, que ve Operación Triunfo.

No debe haber diferencia, de hecho no la hay, entre el negro que quiere saltar la valla y el
que ayer ganaba Operación Triunfo. La hay en el modo en el que canta uno y otro,
aunque no lo sabemos con certeza porque al primero nunca le dejarán alzar la voz dentro
de nuestro territorio. España es un país donde 400.000 personas de una comunidad
apoyan la construcción de un muro con Marruecos y, al mismo tiempo, parte de esa
comunidad elige a un negro afincado en Sevilla para que nos represente en Eurovisión. Y
si podemos ir filtrando mensajes sobre una supuesta homosexualidad ya rizamos el rizo
del respeto y nos convertimos en adalides de la diversidad. Porque somos reformistas,
vanguardistas y avanzados a nuestro tiempo.

No digo que el muchacho no sea un as en un escenario. Y que no se merezca el premio
concedido ayer por todo su flow y calidad artística. No, no digo eso. Por lo que pude ver
yo también lo hubiera votado. Digo que, probablemente, muchos de los casi 3 millones
que ven Operación Triunfo sintieron ayer ese desprendimiento de serotonina de las
paredes de su estómago al seleccionar la opción de elegir ganador a Famous. Ese
sentimiento de limpiar su imagen. De sentirse realizado como miembro de un país plural,
diverso, tolerante y antichovinista. Esa sensación que te hace creer por un momento que
es tan español el quincuagenario que tras comer gallinejas se dirige a la plaza redonda a
ver matar al toro como el chaval de 21 años que viene de Nigeria “a robarnos el trabajo”.
Y a los dos los tratamos por igual. Y te convences de ello. Y practicamos la
condescendencia. Que es la nueva beneficencia pero a través de pantallas de
smartphones. Como cuando un energúmeno mata a una mujer, por el motivo que sea y
vomitamos bilis en las redes. Y nos quedamos limpios, liberados de toda pena por el
módico precio de mandar un mensaje o hacer una llamada. Lo mismo que se debe hacer
para denunciar una agresión. Y además es gratis. En Suecia parece que funciona (en
cuanto a las denuncias). Aquí no. Ya si eso publicamos algo después en Facebook,
cuando esté muerta. Pero somos súper progres. Y hay muchos intereses políticos en
parecer súper progres. Aunque sea de esta forma espuria. Porque igual un negro gay nos
representa en Eurovisión. Y eso es estar a la última.