Tamurejo 2017. Runer Beginer Chunger, III: El pulsómetro

No puede uno ni salir a correr sin que le digan algo.

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Ermita de Tamurejo. Foto de Francis Cabanillas @franciscdm

Al final, la semana pasada acabé sin ir a comprar ropa de la de correr (para los que no lo entiendan: “running clothes”), pero ya esta semana sí que he ido. Leí en un blog y en una revista de runners (cuyo nombre no diremos porque no ha puesto para publicidad) que, aparte de comprarse unas zapatillas según prones o supines (ojo cuidao), y de unas calzonas que respiren (yo ya sabía que ahí abajo tenía una cabeza, lo que no sabía es que respirase), es bueno comprarse un pulsómetro.

Un pulsómetro es un aparato que sirve para decirte que estás más malo que las coliflores. Es el tipo de cosas que tienes que ir a buscar, como poco, a Don Benito. Don Benito es a Tamurejo lo que la Villa y Corte de Madrid al resto de las Españas: Una metrópolis, la gran ciudad… Y el pulsómetro es una pijada muy grande. Dile tú a más de uno de Tamurejo (los hay que cargan borregas con una mano), que necesita un pulsómetro para correr, te manda poco lejos.

Me he comprado uno (de una marca que no diremos porque no ha puesto para publicidad) que habla y todo, parece un recepcionista. Me ha costado cuatrocientos eurazos porque además de ser pulsómetro es cronómetro y cuenta kilómetros; te dice la hora, te dice las calorías que has perdido y qué ha hecho para comer tu abuela, no se puede escatimar en el objetivo anual, oigan.

Me dice: “nombre”; le pongo: “Fernando”; me dice: “peso”; (esto no lo voy a poner aquí para que lo sepa todo el mundo); me dice: “altura”; le digo “lo importante está en el interior y tú te estás centrando en el físico”; me dice: “a ver si estás”… Y ya después de mucho insistir lo puse. Con resignación, ¿eh? Sin querer, con vergüenza, incluso.

Pues eso, que salí a correr que parecía yo el jefe del parque. Con mis calzonas respiradoras, mis zapatillas relucientes, mi pulsómetro, mi brazalete para el móvil, mi cinta en el pelo, mis tobilleras, mis calcetines extra sensibles, mi medidor de parpadeos (vital, el medidor de parpadeos es vital) y, cómo no, mi camiseta de Beefeater.

E iba yo corriendo sobrio, cabalgante, torero (que diría Andresín) cuando me dice el pulsómetro: “madre del amor hermoso, cómo está la cosa…” Y yo voy progresando, ¿eh?, lo que pasa es que mi pulsómetro tiene la psicología deportiva de gira con la Orquesta Arroyo.

Total, que iba yo sobrio, cabalgante, torero (que diría Andresín) con tan mala suerte de que en el kilómetro cero con sesenta (justo en mi momento álgido de la carrera) cojo y me encuentro a Kikele “el Rápido”, quién, sin vergüenza ni recato, me dice: ¡Desde que eres runner beginer no quieres saber na de las personas! Y así reviente, uno es un atleta, pero se debe a su gente y me he tenido que tomar un zumito de cebada. No ha de cambiarme la fama, mire usted.