Tiempos en los que lideraba al Servet y Kikele McKenzie se moría de envidia

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Gente con la que Kikele McKenzie no jugó en su vida. Europa Press

Fueron tiempos de gloria baloncestística y eso a Kikele McKenzie le jodía, siempre quiso llevar el 88, es un hecho que niega en las plazas y admite en los bares. Jugaba bien, tenía buen saque de banda, tiraba bien los córners, pero yo era (aún lo soy) más negro, que al baloncesto es como decir que se canta más gitano.

Kikele McKenzie vino de la Universidad de Carolina del Norte reñido con el draft que le puso de uno: No pienso jugar en Utah, ¿Qué hay en Utah?, le dijo a los periodistas. Vino al Servet a hacer la off-seasson y luego fichar por un grande, jugar con Manolo Penkins en los Arizona United o con Canelo “The Guitar” Jonhson en Kentucky Balompié, demasiada ambición para un chico que venía de la nada.

Jugábamos en la misma posición, él era más alto, yo saltaba más, intentaba quitarme los rebotes intentando distraerme mediante trucos sucios y sentimentales, una vez me dijo que me invitaría a una cerveza luego, fui tonto, Kikele McKenzie ya no tenía jurdeles. Le llamaban superávit en el mundo baloncestístico porque siempre andaba trapicheando, buscándose la vida, escribiendo en el muro del olvido poemas que nadie leía. Ni siquiera sus amigos se hacían eco de su página web.

En un entrenamiento preparatorio para ir a por la gorra de campeón de liga, Kikele McKenzie quiso tirarse un triple haciendo el pino puente y se partió la espalda cuando Danielo “the boy who runs the market” Harrington, un tipo de #31 a la espalda y cante jondo al pecho, le dijo que se parecía al pollo que salía en Albaricoque Street, un programa de la tele estatal de Alabama, home-state de Danielo Harrington. Ese fue el día en que se acabó su carrera. Acostumbraba a hacer su tiro de pino puente pero, cuando Danielo dijo aquello, Kikele McKenzie se distrajo y en el momento de soltar la pelota hizo un giro tonto. No giró su tronco tanto como giró su vida, el chico que apuntaba a estrella, el tipo que jugaría con Pacoli “the sandunguer” Middletown en San Francisco F. C.; o con Josele “the Tomato” en Denver C. F., no podía levantarse del suelo.

Siempre deseó más minutos, más tiros de tres, en un partido contra el Tabladilla metí desde el centro del campo en un alarde, no tenía la necesidad, simplemente me salió, yo tampoco lo esperaba, mientras Kikele McKenzie, desde la grada, se reconcomía de mis tiros estando más tieso que una enciclopedia. Cuando me casé con aquella modelo carioca en el año ochenta y siete, Kikele McKenzie se llevó las botellas de la barra libre nada más que para que yo me gastara los jurdeles, la muy mamona.

En realidad me da incluso pena. El baloncesto es ingrato, a los dos años Kikele McKenzie se hizo de Podemos con la esperanza de que le hicieran Ministro de Deporte, le pusieron de número dos en Almería (incluso para eso ve el partido desde el banquillo) y no sacó el escaño. El tipo se quedó en el banquillo de ocupar un banquillo del Congreso, lo cual (de un tiempo a esta parte) lleva a los banquillos de un juzgado. Se quedó en un meta-banquillo al cubo. Todo resultó una paradoja de su propia vida. Recuerdo aquella rueda de prensa en la que dijo: “Sí, bueno, ¿no? Salimos ganadores, salimos contragolpeadores, salimos rematadores, pero el rival estuvo fuerte, ¿no? El rival fue duro, el rival fue seguro, el rival fue más inteligente en la definición, ¿no?”, nadie supo nunca porqué lo hizo con acento argentino.

Ahora aparece de vez en cuando en televisión, contando cosas de vestuario, apoyando a Hillary Clinton y esas cosas… Le deseo lo mejor. De verdad, lo mejor.