El trabajo no es una mercancía

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Las nuevas cifras sobre el empleo en España me han cogido pasando unas vacaciones en Lanzarote. Esta isla, en la que el turismo parece más permanente que estacional, se ha ido convirtiendo poco a poco en un refugio para peninsulares cansados del desempleo de sus hogares, y cargando una maleta de incertidumbre cogen un vuelo llamados por la situación boyante que la hostelería atraviesa en Canarias, un archipiélago que por otro lado ha quedado completamente apartado del debate público y político, lo que también sirvió en otros tiempos para que Lanzarote acabara por ser el territorio con más imputados por metro cuadrado, y con los casos de corrupción política y empresarial más inverosímiles que haya visto en mucho tiempo. Pero no nos desviemos.

Sí, es cierto, las cifras parecen cada vez mejores. 8 años después de que empezara la recesión se empiezan a crear puestos de trabajo, porque cuando acabe septiembre, aunque los números no serán tan vistosos como en verano, cuando el turismo en España ha crecido tremendamente por la falta de seguridad que presentan otros destinos en el Mediterráneo, seguirá habiendo menos paro que en 2015, pero no es oro todo lo que reluce, ni todo el monte orégano, y estas cifras tienen demasiados peros.

Hoy es más importante que nunca recordar el primer principio fundamental de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), “el mercado no es una mercancía”, porque aunque exista evidentemente un mercado de trabajo, desde el punto de vista de la persona el trabajo es una fuente de dignidad humana, y es la excesiva mercantilización del trabajo la que hace que nos olvidemos de las condiciones laborales como aspecto esencial del empleo. En efecto, sin condiciones dignas tendremos que buscarle otro nombre, porque aquello a lo que nos refiramos no será nunca empleo, y parece que ese es el rumbo que ha tomado nuestro país tras numerosas reformas laborales que pretendían aportar flexibilidad al sistema sin transformar la mentalidad de los empresarios españoles.

Flexibilidad y seguridad, o flexiseguridad, es la clave de los modelos laborales de los países nórdicos, y aunque el Partido Popular diga que es a quienes se quiere parecer, será imposible si se siguen tomando políticas que criminalizan la protesta y reducen la capacidad de negociación colectiva de los trabajadores. Sin una presencia fuerte de los representantes de los trabajadores se corre el riesgo de no tener en cuenta su cobertura social en las ecuaciones de crecimiento económico. Lo que hacemos en España es terrible, y el propio Consejo de Derechos Humanos ha mostrado serias preocupaciones, creamos trabajadores pobres.

Tendremos que preguntarnos muy seriamente por qué a pesar de que aumenten las cifras, los ciudadanos y ciudadanas no viven mejor. ¿Qué recuperación es esta? ¿Qué esperanza es esa de la que habla la ministra en funciones Báñez? ¿De qué vida habla Mariano Rajoy? ¿Pero en qué país vive esta gente? Está claro que con esas sonrisas no pueden vivir en el mismo país en el que 1 de cada 3 niños viven bajo el umbral de la pobreza, o en el que sólo 1 de cada 20 contratos nuevos son indefinidos.

Ahora que las nieblas de la crisis parecen disiparse espero que los árboles no nos impidan ver el bosque, e identifiquemos como inaceptable la cantidad ingente de personas que trabajan con salarios que no les permiten tener vidas dignas, con horarios que no les permiten tener vida y que además exceden las horas previstas en el contrato, y siempre viviendo bajo la sombra de un despido prácticamente gratuito, porque el trabajo no es mercancía, y el empleo o es digno o no es empleo.