El argumento, Pere Ponce y María Pujalte destacan en Tristana

La multitud de adolescentes en las butacas dio sentido a la crítica al amor romántico que los directores de Tristana han acertado en hacer.

1332
Pere Ponce y Olivia Martínez en Tristana. Oficial.

Daniel Dafoe, conocido por su Robinson Crusoe, publicaba en 1722 un libro que en España hubiera resultado pícaro: Moll Flanders. En él, una señora a la que (desgraciadamente) nadie llamó señora nunca, trata de ganarse la vida como buenamente puede. Más tarde, una titán de las letras llamada Jane Austin se burlaba de su sociedad con uno de los comienzos más encantadoramente irónicos de la literatura universal:

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.

(Orgullo y prejuicio)

A mediados del siglo diecinueve, irrumpían en escena unas señoras con las miras puestas muy por encima de su época: en 1847 Charlotte Brönte publicaba Jane Eyre; en el mismo año, su hermana Emily sacaba Cumbres borrascosas. Al otro lado del charco, aparecía Emily Dickinson.

De todos estos personajes bebe Tristana, una obra en la que desaparece el romanticismo desaparece, entrando en las letras una corriente realista en la que Galdós entiende que la conexión con el vulgo es primordial para la significación de la obra. En su día, se pudo interpretar a Tristana como una búsqueda de la independencia en la mujer; hoy, como diré más adelante, los directores han tenido el acierto de sumar a la obra una crítica al amor romántico. Cabe sin duda nombrar a Virginia Woolf, aunque sólo sea por recordar su gusto en una habitación propia.

Es difícil adaptar una novela a una obra de teatro y eso es perceptible en Tristana, sobre todo en un texto cambiante en el que faltan ciertas explicaciones sobre el comportamiento de los personajes.

La principal dificultad es que el resultado ha de ser creíble, en esas, Pere Ponce hace un gran don Lope, un personaje que fluctúa entre su contemporaneidad (final del siglo diecinueve) y un amor extraño y bipolar hacia la protagonista de la obra.

No, la obra no tendría entre las butacas de la magnífica Sala Guirau al crítico de teatro que viene de ver en la sala de al lado Himmelweg, camino del cielo, de Juan Mayorga; afortunadamente, entre el público había una muchachada adolescente que le daba sentido a una historia sobre las maldades del amor romántico. Esa es, sin lugar a dudas, la gran función de la obra: Una importantísima advertencia para un país en el que la violencia de género es una lúgubre y constante premisa de los noticieros.

María Pujalte (Saturna en la obra) también hace un buen papel en el clásico secundario gracioso. Aporta una madurez que complementa en escena a Olivia Molina en el papel de Tristana. Completa el elenco Alejandro Arestegui, que sale airoso de la representación de Horacio.

Completa el montaje una agradable dirección escénica que conjuga de forma comprensible una serie de acontecimientos con varias voces distintas, algo difícil de ejecutar.

Me quedo, pues, con los secundarios y el alegato que lanza Galdós a través de Tristana, colgado en la web del Centro Cultural de la Villa de Madrid:

“Ya sé que es difícil eso de ser libre… y honrada. ¿Y de qué vive una mujer no poseyendo rentas? Si nos hiciéramos médicas, abogadas, siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras y senadoras, vamos, podríamos… Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de qué y para qué nos han traído a esta tierra en que estamos. Yo quiero ser vivir y ser libre (…) Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma… Quiero tener una profesión”.