Trump y los niños de América

No se puede, ni se debe entender, es que 27 años después de la caída del Muro de Berlín triunfe aquel que quiere construir otro muro más grande.

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Donald Trump, Presidente Estados Unidos de América. EP

“La gente habla de un milagro, pero yo veo una pesadilla”. El pasado martes por la noche cuando lo que nadie esperaba estaba apunto de convertirse en una realidad, un abatido y desconcertado comentarista de CNN se preguntaba cómo iba a poder transmitirle a su hijo que una persona como Trump había ganado. Van Jones afirmaba que se podía entender una rebelión contra las élites. Se podía entender que el modelo de encuestas se estuviera quedando desfasado. Se podía entender también que la política clásica de Washington, representada por Hillary, necesitara una reinvención. Pero lo que no se puede, ni se debe entender, es que 27 años después de la caída del Muro de Berlín triunfe aquel que quiere construir otro muro más grande.

Lo que no se puede entender es que no traiga consecuencias exponer a las mujeres como animales de feria, insultar a los inmigrantes y despreciar a los héroes de guerra. Lo que no se puede entender es que alguien que ha construido su campaña sobre la base de las verdades populistas, el racismo y el aislacionismo en un mundo como el actual resulte ser la opción preferida por tantos millones de americanos.

Y como manifestó el citado comentarista de la Biblia del periodismo norteamericano ¿cómo van a poder los padres de EEUU decirle a sus hijos que el líder moral de la nación es alguien cuya máxima aspiración es reconstruir esos muros? Pero lo cierto es que ellos tendrán que poder explicarlo. Tendrán que transmitirles que el país cimentado sobre los ideales de la libertad, la democracia y el mérito ha optado por un absurdo showman para dirigir sus destinos. Atrás queda ya la lucha por la igualdad entre las mujeres y los hombres, atrás queda la humanidad respecto a quienes cruzan las fronteras para conseguir una vida mejor.

Siempre he creído que la política es la actividad más noble a la que una persona puede dedicarse. Que entregar tu esfuerzo y compromiso defendiendo a aquellos con los que compartes una comunidad es la mayor muestra de solidaridad que alguien puede hacer y, desde luego, siempre he pensado que aquellas personas que dedican sus años y lo mejor de sí mismos a defender valores superiores como la tolerancia o el patriotismo son recompensados. Sin embargo, en plena resaca electoral cabe la posibilidad de poner en duda estas creencias; el martes triunfó el egoísmo, la irresponsabilidad de quienes pretenden una reconstrucción nacional basada en la ignorancia. Ayer fracasaron la política, la solidaridad y el sentido de Estado. Dichos principios quedaron derrotados por una extravagante huida hacia delante de consecuencias imprevisibles.

¿Serán “más grandes otra vez” aislándose? ¿Y expulsando a quienes sueñan con el ideal de esforzarse para tener una vida mejor? ¿Recuperarán el liderazgo en el mundo desbaratando años de progreso en la defensa de los derechos civiles? Es inimaginable qué concepto de una América grande pueden tener aquellos cuya única guía es la ignorancia, el miedo y el fanatismo pero, desde luego, ha quedado acreditado que para esa nueva etapa muchos millones de americanos no cuentan con los hispanos, con los jóvenes, con los inmigrantes, con las mujeres, y con cualquiera que sueñe con lo que hace muchos años construyó Thomas Jefferson. Y es eso precisamente lo que los padres estadounidenses como Van Jones tendrán que explicar a sus hijos durante las próximas décadas: que el “gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo” quedó en manos de Donald Trump.