Turín, volver a tu ciudad Erasmus 5 años después

Volver a la ciudad donde estuviste de Erasmus es una experiencia única. Fernando Camacho narra aquí las horas previas a aterrizar.

438
viaje-a-turín

Vuelvo a Turín, han pasado 5 años. Tengo la sensación de que he perdido algo, o de que se me ha quedado en casa. Me pasa siempre, pero esta vez es algo que sé que está delante de mis ojos sin que yo lo vea. Me he levantado a las seis y media. En previsión del sueño que tendría, me duché ayer. También fui al peluquero y me arreglé la barba en casa. Quizás aquello que he perdido (pasadas las primeras líneas sigo sin saber qué es), se fue ayer por el váter con los restos de mi barba. He desayunado poco, no tenía demasiada hambre, viajar es una de las pocas cosas que me ponen nervioso.

Turín, la ciudad Erasmus, 5 años después

La Terminal 4 del aeropuerto de Madrid sigue como siempre. Los viajeros van de un lado para el otro. Los que tienen más experiencia son profesionales de ponerse en las colas y de buscar la cafetería correcta. Al contrario, los plebeyos de las aerolíneas vamos como pollo sin cabeza buscando nuestra puerta de embarque.

Ya veo el cartel. “Turín”. He tardado cinco años en volver. No he vuelto, lo primero, porque no he tenido dinero. Lo segundo, porque tampoco he ido muy bien de tiempo. Lo tercero, por una recomendación de Sabina: “al lugar donde has sido feliz es mejor que no trates nunca de regresar”. Estuve allí durante diez meses, al caso, siempre digo que fue un año. Es mi segunda ciudad. Quizás, dado que Madrid no deja de impresionarme, en realidad, sea de tres ciudades al mismo tiempo. Sin aquellos diez meses, lo más probable es que no me estuvieran leyendo ahora mismo. Allí fue donde empecé a decirme que debería tomarme más en serio esto de escribir. Llegué a Turín un septiembre, si no recuerdo mal, un 18 de septiembre, y me fui un 27 de julio siendo una persona distinta.

“Te noto…”
Esa sensación de ser otra persona es de lo más común cuando vuelves a casa después de haber estado tanto tiempo fuera. Miras a tus amigos de otra manera, diseccionas a tu barrio, saludas diferente. Llega un día en que, efectivamente, sucede. Alguien te para, te invita a beber una cerveza y, cuando te vas, te lo dice: “Vienes diferente, te noto más…” Y en ese “te noto más…” caben todos los calificativos que quiera. “¿Más…?”, dices tú. “más… No sé, te noto distinto”.

Me alegro de ese cambio. Creo que siempre he sido idiota. De hecho, escribí un poema en el cual repaso lo que pienso de mí mismo. Digo, más o menos, que hace cinco años pensaba que hace diez era un completo imbécil. No deja de tener su gracia, pues puedo decir con total seguridad que hace cinco años seguía siendo bastante bobo. Lo más normal, concluyo, es que lo siga siendo ahora. Si miramos mi trayectoria, sería lo más elocuente. Un imbécil redomado. No obstante, he de decir que lo tonto que era hace diez (y hace quince) años, se ha visto disminuido. Al menos tengo esa esperanza. Cambié para bien.

Paisanaje del avión
Volamos a Turín con un avión bastante más pequeño de lo normal. Lo sé incluso yo, que soy un plebeyo aeroportuario. Cuando me siento, vuelvo a mirarme los bolsillos. Sigo sin saber qué se me ha perdido. El carnet de identidad no es, ya lo he enseñado. Por suerte, pase lo que pase, podré demostrar que soy yo. Perder la identidad es más sencillo de lo que la gente se cree. Que se lo digan a borrachos, yonkis, políticos, mercaderes o estudiantes de Administración y Dirección de Empresas.
El italiano y sus formas
El señor italiano que se había dormido, dormido sigue. Podríamos calificar a los italianos de varias formas distintas. Los que tienen bigote (mayores de cincuenta y cinco, admiradores de su propia edad de oro); los que se peinan hacia atrás (gomina, horterismo, a la última pero por la puerta de atrás); y no nos podemos olvidar de los que son verdaderamente elegantes (salidos, esta vez sí, de Milán y alrededores, encantadores y envidiados hasta que caen en el estereotipo y uno puede decir, lleno de dolor, que es mejor persona que ese cerdo). Luego están, como en todas partes, las buenas personas. Y las malas, claro. En cualquier caso, eso podría ser una dimensión paralela. O no. De algún lado tiene que venir aquella fantástica excusa: “a mí no me hizo nada”, o “conmigo es buena gente”. ¿Será que nos escondemos?
Los Alpes
Tengo la impresión de que hemos descendido algo. Me asomo a la ventana y ahí están: Los Alpes. Esa cordillera inmensa que el señor italiano que va dormido se está perdiendo, como mi vecina de viaje más próxima, a mi lado, que va dormida. Es ecuatoriana, primera vez en Europa, me ha dicho. Se están perdiendo Los Alpes. Qué espectáculo maravilloso el de la naturaleza. Tomaremos tierra en 15 minutos. Tengo ganas de ver a Ambra, Paolo y Marco, mi familia italiana. La costa, de repente, se ve la costa. ¡El oeste de Italia y su vértice con Francia! Me acuerdo vertiginosamente del padre de Ron Weasley en Harry Potter, que no entiende cómo vuelan los aviones sin magia. ¿Acaso la magia no será el nombre que las humanidades han dado a la tecnología? 12 minutos para la toma de tierra. El señor italiano se despierta por el anuncio del Comandante por la megafonía. El ser humano ha dado gente estupenda, qué duda cabe. Y yo acabo de aterrizar en Turín, después de cinco años, estoy más que nervioso.