Un hombre feo

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Caía la noche, la más fría de la historia de la humanidad según el telediario, la más fria de la historia de la Tierra, que es más larga, según twitter. La noche era una acreditación para llegar a ninguna parte colgada del pecho del invierno. Y en esas vi salir de los ultramarinos al tío más feo que he visto en mi vida.

Era feo hasta el sobrecogimiento, indescriptiblemente feo. El aire y la fealdad del feo luchaban por la posesión del espacio, y era la fealdad la que conseguía una victoria de náuseas cuando el aire entraba esposado en esa nariz de retruécanos, que iba transformando el aire hasta que, cuando salía, ya no era el mismo.

Entré después que él en los ultramarinos, el regente, un señor chino, me pareció apolíneo; su mujer, para qué contar. La estantería donde tenía expuestas las latas de conservas parecían una muestra generosísima del plateresco castellano. Los allí regentes todavía estaban asustados, parecían haber visto al gran dragón.

Temblando pedí una barra de pan para el desayuno, la cara del feo estaba en las grietas de la barra, que parecían abismos llenos de su rostro. Temblando me fui a casa. Cuando llegué, el gotelé formaba entre pequeñas y grandes esquelas de la hermosura, mosaicos de su cara atroz. Era ya obsesivo.

Qué tío más feo.

Al día siguiente volví a verle mientras iba corriendo. Cuando le vi noté cómo se me iban yendo de los músculos cualquier sesgo de energía que pudiera haber en mi. Le vi en la biblioteca y tuve que dejar de estudiar para siempre; le vi en la frutería y he tenido que dejar de comer fruta; ya no puedo ir al gimnasio porque a los días le vi allí haciendo pesas y desde entonces me da miedo…

Ahora tengo que dedicarme, pobre de mi, a escribir cosas, beber cerveza y comer pizza… Todo lo demás me recuerda al feo… Ya ni siquiera puedo salir a correr mis diez kilómetros diarios; ni estudiarme de pi a pa el Código Mercantil, con el que tanto he disfrutado; ni pegarme mis buenas tres horas en el gimnasio. No sé si podré vivir así.