Una cuestión de dignidad I: El ideal imperialista

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Libertad y seguridad. Sobre estos dos términos se han asentado los modelos de gobierno que han regido nuestra historia en sociedad desde que existen pruebas fehacientes de existencia de vida organizada en común, esto es, desde que se conocen modelos complejos de organización política. El primer término, el de libertad, yace incardinado en el complejo valor de responsabilidad individual, conditio sine qua non para que mediante la libre elección de hábitos y potenciación de habilidades el individuo crezca en un ambiente óptimo para consumar un modelo vital acorde a sus preferencias y poder hallar, así, su propia y genuina autorrealización. En contra, el valor del gobierno potenciador de la seguridad común, propugna la injerencia gubernativa en la vida del individuo -con la consiguiente pérdida de libertad individual- para que, a través del justiprecio de las necesidades reales del colectivo, puedan redistribuirse los recursos de cara a un supuesto eficiente funcionamiento de las interacciones humanas.

Los valedores de la seguridad, tradicionalmente los enemigos del comercio, los patrocinadores del igualitarismo, anclan su razón de ser, en última instancia, en la moral judeocristiana, que introduce elementos en el inconsciente colectivo como la santificación de la pobreza, la atribución de mérito al demérito, la aniquilación de la diferencia y la destrucción de la disparidad en las jerarquías sociales. Fue la postura de los primeros tribunos populistas en el Imperio Romano, de las sectas judías que luchaban entre sí por implantar su hegemonía y, sobre todo, la posición de las élites dinásticas en los primeros imperios para que ningún colectivo pudiera desmantelar su preeminencia política y económica. En resumidas cuentas, y tras este somero recorrido histórico, no deja de ser una idea unida a la naturaleza moral de una religión, la cristiana, y de una forma de gobierno, el imperialismo.

Todas las civilizaciones fundadas en torno a la naturaleza ética de dos de las tres religiones semíticas (el cristianismo y el islamismo) parecen propugnar estos valores de marras, pues controlaban territorios delimitados geográfica y políticamente y evitaban así a toda costa la obstrucción a su hegemonía como imperios. No ocurrió de igual modo con el judaísmo, pues estos, al no estar asentados de forma continua y preeminente en ninguna demarcación territorial, aunque perseguidos, pudieron hacer valer el ideal de comercio y la libre interacción de bienes y servicios.

El ideal imperialista

Parece que en nuestros días, desde la misma raíz de pensamiento, el tribuno populista e imperialista romano, transmutado en una suerte de mercachifle de ideas desclasificadas que conducen irremisiblemente al colapso de nuestro modelo organizativo, osa, contumaz en su error, a proponer de nuevo el mismo modelo servil a los imperios que siempre, y digo siempre, han llevado consigo la destrucción de las sociedades, a agravar las diferencias sociales o simplemente a homogeneizar a la sociedad en la pobreza. Empero, además, desde su ignorancia histórica, erige como potencial enemigo a las religiones, normalmente al cristianismo, que no es sino el instrumento acomodaticio por el que se introdujeron y propagaron sus ideas a lo largo de la historia. ¿Existirá alguna idea más acorde con el imperialismo que la que defienden los igualitaristas?

El populista imperialista, desde su más profundo desconocimiento antropológico de la realidad, además, se atreve, desde un posicionamiento de superioridad moral con respecto a los disidentes de su pútrida mezcolanza de sofismas y medias verdades, a juzgar con vehemencia y furibundos ataques a todo el que se aparte de su concepción reduccionista y naíf de la realidad. ¿Van captando la broma?