Virtudes y defectos de nuestra democracia (formal)

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Muchos ciudadanos, a la vista de los resultados electorales en estas últimas elecciones municipales y autonómicas, de las promesas que ya se están incumpliendo y los pactos que se vislumbran, al parecer también a nivel de Gobierno de la nación, dudan de que realmente estemos en una democracia. Y no les falta un poco de razón, o un mucho según se mire.

Debe haber una explicación ante tanto desánimo, traducido en abstención de los que menos debieran abstenerse: las clases populares, los trabajadores, o sea, lo que siempre se ha conocido por “los pobres”. Tal vez algunos políticos que debieron mirar hacia ellos o no miraron lo suficiente, o no supieron hacer ver a qué lado estaban mirando. Quizás los medios, siempre con intereses partidarios detrás, estaban interesados en que las clases populares, los trabajadores o “los pobres”, digámoslo sin rodeos, han tratado de que el mensaje no llegara a sus destinatarios. De todos modos, en ambos casos, se cometió la torpeza de no utilizar correctamente los canales de información adecuados a sus destinatarios.

Y es que en democracia, en una democracia real, no en la democracia formal que tenemos, la mayoría tiene derecho a equivocarse y, por ende, a ser consecuente con sus equivocaciones. Pero como paso previo, los ciudadanos deben estar INFORMADOS, realmente y completamente informados. Esto, ser sinceros, no se da en la España actual. En nuestro país la información llega retorcida, manipulada, sesgada, con ribetes interesados y procurando engañar al bien intencionado de a pie. Es una información MALINTENCIONADA.

Estamos, por desgracia, ante una caterva de políticos sectarios que tapan su falsa moral “anteponiendo” la defensa de los débiles en muchos casos, los “intereses” de los pueblos y ciudades, esos intereses que tan sólo ellos tienen claro pero que venden como el abracadabra milagroso de todos los problemas, y el bienestar propio de esa minoría de políticos profesionales cuyo único objetivo es seguir viviendo a costa de los ciudadanos, cobrando el sueldo mensualmente, a veces mintiendo o disimulando ingresos, o haciendo ver a los incautos que cobran muy poco en comparación con otros. A estos politiquillos sólo les interesa su cartera, la de ellos. Y si además no dan un palo al agua, ¡miel sobre hojuelas! Eso sí, ¡Panem et circenses! O la versión moderna: subvenciones, paro comunitario, ayudas para todo… y seguir sin molestar a los votantes.

Tal vez sería más eficaz, aunque también más molesto, dificultoso y agotador, buscar alternativas reales al desmembramiento social y a la sangría económica de nuestros pueblos y ciudades. Quizás fomentar el trabajo asociativo pudiera ser una solución, además de crear riqueza que pudiera revertir a nivel local. Pero eso cuesta, lleva tiempo, problemas a los que enfrentarse y correr el riesgo de volverse impopular con el consiguiente peligro para el sillón y para la cartera…

Por ello, estos políticos profesionales (lo de menos es el sueldo que cobren), prefieren hacer como aquel político conservador de principios del siglo XIX:
— “… y haremos un puente en este pueblo”
— Pero si aquí no hay río — fue la respuesta del lugareño
— Pues traeremos el río — no se daba por vencido el conservador aspirante a diputado en Cortes.

(En versión moderna)

—… y haremos un teatro para cinco mil personas— promete el aspirante a alcalde
— Pero si en este pueblo somos mil vecinos— responde el incauto de turno
— Pues traeremos cuatro mil del pueblo vecino para llenarlo— redondea el aspirante a primer edil mostrando su ego súper satisfecho a la vez que deja sin “argumentos” al respondón.

¿Cuándo tendremos una democracia real en la que los ciudadanos estén realmente informados?