Un virus en el Estado de Derecho

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Foto Europa Press

Del Estado de Derecho se habla tan en vano como de Venezuela o Grecia. Poco nos paramos a hablar en términos veraces sobre ello. El Estado de Derecho fue un invento (digamos que Francés) que afirmó que todos y todas éramos iguales ante la ley: Ya no habría más coronas ni ausencias de la misma que valieran para algo en un juicio. En cuanto a España, llegamos tarde, pero llegamos. Se habla mucho del Estado de Derecho en las cadenas que tienen miedo de que el propio Estado de Derecho se cumpla y Rajoy sea fuerte y dimita, todo ello, como decíamos, en vano.

El Estado de Derecho nos pareció la repanocha y era compatible con la apacible vida del hombre que habita el mal llamado occidente. Quienes me lean sabrán ya que occidente es América, Europa lo que tiene son ganas de parecerse a Estados Unidos, pero sigue y seguirá estando en el meridiano cero. El caso es que hay un virus en el sistema, como si de Mátrix y Neo se tratara. Alguna pista nos podría haber dado el número de muertes por violencia de género o el vergonzoso número de acciones machistas u homófobas que no son delito, no obstante, la gran infección es el terrorismo.

Ayer el arma era un camión conducido por un ciudadano francés. Un camión arrasando una calle y todo lo que encontraba a su alrededor como si parodiase tétricamente los anuncios de la Dirección General de Tráfico. Es petrificante que todo se haya convertido en un arma. ¿Cómo se lucha contra esto?

Si algo nos enseñan Mátrix y las vacunas es que hay veces que un virus sirve para mejorar (intentemos, a pesar de todo, mirar el lado positivo). Habrá quien piense que la solución pasa por recortar los derechos de alguien que está legalmente en su país o señalar una raza y disparar una bala de cañón contra un mosquito. Lejos de mejorarnos, eso daría la razón al fascismo que solucionamos con la última remodelación de las constituciones de Europa.

La solución pasa por aceptar al Siglo XXI, que trae la sien cebada de podredumbre (Silvio Rodríguez). Estas nuevas guerras sin Estados pueden ser un elemento configurador de la era de internet. Cuanto antes aceptemos que lamentablemente esto es así, mejor nos irá. El segundo elemento es la fraternidad definitiva con el islam y el mundo árabe. Es fallo del asesino coger un arma; pero es fallo nuestro, como países autoproclamados civilizados, el hecho de que un musulmán se retuerza en la Francia de 2016 por sentirse hijo de nadie, un don ninguén protagonista del Catecismo del Labriego (libro gallego por antonomasia) del nuevo milenio.

Mirando hacia adelante, las próximas reformas constitucionales traerán consigo esta unidad frente al terrorismo, y una proclamación aún más clara del carácter integrador de las mismas, asumiendo la globalización como un fenómeno de circunvalación del globo terrestre que debe verse reflejado. ¿Sería necesario hablar del Derecho a la Paz, además de hablar del Derecho a la Vida? ¿Y hablar no sólo de Libertad, sino de Integración? ¿Y si, por el contrario, asumimos que John Lennon tenía razón y nos imaginamos que el mundo se une? ¿Acaso no mueren por lo mismo en Bagdad, Sudán, Libia…? ¿Acaso sobra alguien en esto? Después de la asunción de este nuevo siglo y sus nuevas guerras y de la integración real, la tercera postulación que me parece irrenunciable es una ONU más fuerte que lidere a través de la solidaridad este camino que, de construirlo con los materiales adecuados, llevará hacia la fraternidad de todos los seres humanos.