Vote will tear us apart, again

"Más que los programas electorales de los partidos de extrema derecha nos debe preocupar el estado furibundo de nuestra población."

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“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, maldecía Ilsa Lund a Rick Blaine tras ver como la policía secreta nazi se preparaba para tomar con sus tanques París, el mismo lugar donde todo había comenzado. La frase histórica del patrimonio del séptimo arte es solo eso, un puñado de letras en un guión, pero bajo su existencia subyace una cantidad infinita de historias de amor -de todas las índoles- quebradas. Y ese origen se sitúa en una Alemania derrotada y descompuesta, sonrojada por un tratado de Versalles humillante, con un 10% menos de población y un 13% menos de territorio, con unas estadísticas de paro abominables y una población descontenta y con aires de vendetta y cambio. El mejor conductor de ese torrente de odio es alguien que se convierta en pastor de una generación a la que le ofrezca lo que quiere oír, sentir y tener. Adolf Hitler -austriaco de nacimiento-  sirvió a su país de adopción voluntariamente y vivió en las trincheras el horror de la guerra que desnudó al pueblo teutón. Tras ser herido y haber pedido regresar del frente, Hitler comenzó a tramar su carrera política asegurando que Alemania perdería la contienda por culpa de la poca involucración de judíos y marxistas. Aquella generación airada ya tenía un líder que señalaba una cabeza de turco, un chivo expiatorio. Una generación construida sobre unos cimientos muy inestables, los cimientos del miedo y del odio. Hitler tenía un enemigo palmario, los judíos, contra quienes aplicó la solución final de Adolf Eichmann; construyó un muro, más por cuestiones bélicas que por cuestiones de separación, la línea Sigfrido y otorgaba a las mujeres un papel residual en la sociedad, delimitado por las tres k –Kinder, Küche, Kircher, o lo que es lo mismo, niños, cocina e iglesia-.

No fue un ascenso meteórico el de Hitler y su NSDAP. En las elecciones federales de 1928, el partido nazi tan sólo sumaba el 2,6% de los votos consiguiendo 12 escaños en el Reichstag. Cuatro años más tarde, en el 32, Hitler era el segundo candidato más votado para convertirse en presidente alemán, tan solo por detrás de Hindenburg. Porque no, Hitler nunca ganó unas elecciones presidenciales. La poca popularidad con la que contaba entre sus colegas hizo que en menos de dos años transitaran por la cancillería cuatro grandes nombres: Brüning, Von Papen, Schelicher y finalmente Hitler, a quien Hindenburg entregó la cancillería al ser sus rivales incapaces de formar gobierno. Un año y medio más tarde Hitler ya era canciller imperial de Alemania. El resultado, una guerra que volvió a partir el mundo en dos, más miseria y 50 millones de muertes.

Desde el inicio de la democracia en las sociedades griegas más antiguas, la política casi nunca ha sabido cómo encauzar los grandes momentos de crisis para que repercutieran en la evolución de la humanidad. Son las crisis coyunturas de cambios de realidades inestables que, por su propia configuración, tienden a romper con el pasado y crear algo nuevo. Desgraciadamente y, a tenor de lo visto, los términos de estos cismas están siendo gestionados de un modo deleznable perdiéndose en el limbo grandes oportunidades para poner los primeros peldaños de sociedades modernas, tolerantes y bien organizadas, preparadas para dar cabida al crisol de culturas que cada día parece más coloreado. En los últimos años hemos vivido grandes crisis en toda la geografía mundial: económicas, laborales, religiosas, sociales, de refugiados, de cooperación, identitarias… y de todas ellas se ha salido del mismo modo, abrazando nuevos y viejos ideales que rompieran con todo lo que se desvíe de la centralidad de nuestro mundo, con todo lo que orbite más allá de la zona de atracción de nuestro ombligo y con todo aquello que signifique reconocer una pluralidad que es el mínimo común múltiple de todas los pueblos. Una heterogeneidad que los dirigentes, y muchos votantes, no quieren asumir. Y la mayoría de estas veces, la forma de garantizar nuestra supremacía ha sido la misma: a base de fogonazos. Se cree que así se asegurará lo nuestro, que nuestra vida será mejor, que nuestros hijos tendrán comida caliente y que al resto que les parta un rayo. El planteamiento antropocentrista más ególatra. Es un planteamiento cortoplacista válido. A largo plazo, nos estamos pegando un tiro en el pie.

La construcción de muros, la política que limita los derechos de los colectivos más débiles -como durante muchos años se ha considerado a las mujeres que han conseguido grandes avances con su encarnizada lucha de cuatro siglos-, el cultivo del odio contra el inmigrante, la exacerbación del conservadurismo liberal y la asunción de un peligroso nacionalismo son los cantos de sirena que las nuevas formaciones salmodian en las ágoras del pueblo y a donde han ido a recalar los votos del descontento más irreflexivo, como ocurrió en el 32.

No hay que volver la vista atrás con tanta profundidad. Estos preceptos se pueden encontrar en otros programas electorales que han sido acogidos primero y escogidos después con júbilo en Estados Unidos (con los casi 63 millones de personas que votaron a Trump),  Francia (con los 7,7 millones de votos a Marie Le Pen), Holanda (1,3 millones de votos a Wilders), la propia Alemania (con los casi 6 millones a AfD), Italia (12 millones para Salvini), Polonia (5,7 millones para Szydło) o Hungría (con casi 3 millones para Viktor Orban).

Pero más que los programas electorales de los partidos de extrema derecha nos debe preocupar el estado furibundo de nuestra población. Cierto es que existen muchas líneas tangenciales entre algunos puntos de aquí y de allá y que hacen presagiar que esa transversalidad podrá llegar al escenario paneuropeo e incluso que se convierta en un fenómeno holístico. Pero queda mucho para que estas decisiones sean unilaterales o exclusivas de la ultraderecha. Con la suma de muchos nunca tendrá la mayoría suficiente para cumplir a rajatabla su programa.

La gente que vota cualquier extremo lo hace desde el hastío y el inconformismo de quien busca un cambio que modifique drásticamente un panorama en el que reina el descontento de gentes menoscabadas por el paro, la pobreza y la abrumadora pérdida de calidad de vida. La gente quiere soluciones a la desesperada, y desde un estadio de desesperación se pueden hacer cosas impensables. Probablemente, más de la mitad de esos votantes -gran parte del voto proviene de la izquierda- ni se hayan leído los programas ni conozcan con profusión las líneas rojas sobre inmigración, muros y mujeres que deben ser limadas por cordones sanitarios.

Lo que sí nos debe preocupar es un nivel que baja temerariamente. Tanto el de las opciones políticas como el del electorado. Y el monstruo de siempre. El que cada año gana con mayor apoyo cualquiera de los comicios: la abstención. Y no culpo a los que se quedan en casa por unos resultados que vuelven a partir nuestro mundo en astillas, como en tiempos de Machado. No son ellos los responsables de haber echado por tierra otro momento crítico en el que cambiar a mejor. Quizás para decidir entre el socialismo más rancio y la derecha más radical, lo mejor es quedarse en casa. Lo entiendo. Y lo empiezo a compartir ante la falta de opciones que representen un escenario tan sumamente variopinto y que en cada llamamiento de las urnas se resquebraja todavía más. Y nos separa. Como en Cataluña. Como en Escocia e Inglaterra. Como en Italia. Como en Francia, Holanda y Suecia. Como en Polonia y en Hungría. Como en Estados Unidos, Brasil y Argentina. Porque los principales culpables del enfrentamiento de las masas son los partidos que deben dar cabida a nuevas ideas que reflejen los deseos democráticos. Y nosotros, que nos tiramos granadas de mano enfangándonos en una batalla por elegir hojas de ruta que, ni conocemos ni nos representan. Pero aún así votamos. Para reforzar la necesidad espuria de ese laboratorio politológico que no es capaz de inventar un sistema que cure la hernia que divide a la res pública. Cada nuevo proceso electoral, nuestros mundos se separan más, perdiendo la esperanza de la supresión de fronteras, de un panorama sin banderas y de un mundo donde no solo el blanco y el negro sean complementarios, sino donde el gris, también sea una opción. El mundo se polariza de modo temible entre contrarios absolutos. Ignorar lo que está ocurriendo tan solo agravará más el problema. La mala política nos lleva a la confrontación, la confrontación al miedo y el miedo al odio.

Y sí, es posible hablar  del mal que nos acecha sin nombrar a un partido de extrema derecha al que se demoniza por nuestros repetidos errores desde hace siglos. Hay puntos en el programa de ciertos partidos que ni deberían ni ser redactados. Pero quizá también es hora de sentarse al lado de nuestro prójimo, mirarle a los ojos, comprender su lucha, asir su mano y asegurarle: “hermano, vamos a salir de esta juntos”. La sanación de esta sociedad enferma es un trabajo de todos. Somos nosotros los que debemos salir a la calle con una pica y un pañuelo. La pica para derribar los muros. El pañuelo, para secar las lágrimas de quien espera al otro lado. Solo cabe la esperanza porque “un viejo fantasma recorre Europa”.