We, the people (against the people)

En 1835 vio la luz La democracia en América, obra culmen de Tocqueville, que sigue viva hoy en día.

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Puede que en esta ocasión caiga por fin el régimen chavista en Venezuela. Los apoyos que Maduro tiene en China, Rusia y Turquía no parecen suficientes para contrarrestar al dueño del Mundo, Donald Trump, quien ya ha mostrado al presidente encargado, Juan Guaidó, su “completo respaldo”. Trump, acusado de una campaña imperialista contra Venezuela, parece la llave para terminar con un problema que se mantiene desde hace 25 años. Es hora de analizar dónde radica la fuerza de un líder detestado que es capaz de cambiar el rumbo del planeta con un chasquido de dedos.

Para ello analizaremos la receta del sueño americano, inventada hace 231 años. Democracia. Derechos civiles. Libertad. Igualdad. Oportunidad. Movilidad social. Un plato que se debe servir frío porque las condiciones del lugar que lo contiene se han ido recrudeciendo hasta temperaturas bajo cero.

Los resultados electorales del martes del midterm en noviembre del 18, en el cual se le concedió al pueblo americano la posibilidad de enmendar sus errores de otro martes, aquel 8 de noviembre de 2016, dejaron dos conclusiones tan claras como angustiosas. La primera, que la ignorancia yanqui sigue en un magnífico estado de efervescencia. Si en las elecciones presidenciales 63 millones de personas votaron al magnate, los comicios para escoger a parte de los representantes del Congreso -Cámara y Senado- significaron un apoyo a las políticas de Trump y una renovación de aquellos votos que lo auparon a la Casa Blanca. La segunda, que ya vamos por el ecuador de la quincuagésimo octava legislatura, que la economía americana luce un aspecto envidiable con tasas de crecimiento del 4,1% y de desempleo por debajo del 4, coqueteando con los mejores registros históricos. Y esto colisiona moralmente con aquello.

El efecto de Trump en la historia política reciente puede ser entendido como una mancha indeleble. El contexto es el propicio, una era en la que los partidos de extrema derecha que hacen apología de la xenofobia ganan adeptos en Centroeuropa al tiempo que en Sudamérica reviven las sombras de antiguos dictadores con nombres como el de Bolsonaro.

La victoria de Trump de 2016 se puede entender atendiendo al electorado de los estados del medio oeste. El análisis de algunos de los estados en los que Trump arrasó -West Virginia, Texas, Florida, Nebraska, Iowa o Wyoming- acerca muchísimos puntos en común que esclarecen porcentajes de hasta el 90% a favor de Trump: ciudades inmersas en una crisis interminable, inseguras, con poco control policial, con un fracaso abominable de la industria del carbón, que subsisten gracias al cultivo de cereales, de un sector primario predominante, con gran dispersión de población, preeminencia del rural y una tasa de alfabetización irrisoria. Esa es la América que alzó a Trump el 8 de noviembre del 16. Condados en los que el 75% de la población son hombres y mujeres blancos sin formación universitaria.

Trump compró votos con promesas de defensa férrea de la tierra que tanto aman los oriundos, con garantías de seguridad nacional e internacional, con brindis por una recuperación económica inminente y con mejoras de una calidad de vida deplorable. Le dio a las masas (aquellas donde el sistema educativo no tuvo éxito) que disponían de mayor poder decisorio en un sistema electoral fallido lo que querían escuchar, como Hitler en el 32, pero Hitler, al contrario de lo que mucha gente cree, nunca ganó unas elecciones presidenciales.

El estado de Texas, otorga 38 votos electorales presidenciales, el mayor número después de California (55). Para ganar las elecciones tan solo hacen falta 270. Trump se sirvió de un sistema podrido para gobernar cuatro años el destino de 325 millones de personas y, por extensión, de toda la población mundial. Si los resultados del midterm no han vuelto a ser una victoria republicana sin paliativos se debe a que el sistema de representación es mucho más directo a los votos y no se cocinan tanto como en las presidenciales, por lo que estados en los que los votos demócratas fueron totalmente fulminados por el peso republicano ahora sí han sido tenidos en cuenta.

Alexis de Tocqueville dice en su obra culmen La democracia en América que el amor por la libertad puede convertirse en la entrega al despotismo. Contrapone la idea de libertad quimérica con la de igualdad cómoda, estableciendo que la percepción fantasmagórica de la igualdad convierte al hombre en un ser completamente individualizado que mirará por su propio beneficio y que cada vez necesitará un mayor bienestar material lleno de comodidades que nada tiene que ver con una libertad por la que hay que luchar y que será fácil perder. Lo fácil siempre llama la atención.

Por ello, los hombres democráticos son presos de un Estado benevolente que otorga todo lo necesario para consumir y ante el que tenemos igualdad de oportunidades pero que priva de la libertad real. El pueblo, mientras, se lamenta de su propio destino recordando que fue él quien eligió a sus representantes y quien puso las condiciones necesarias para viabilizar el despotismo, tiranizándose a sí mismo. Nadie quiere perder lo poco que tiene y en lugar de buscar un futuro mejor (a través de la formación, la educación o nuevas oportunidades para las generaciones posteriores) deciden dejarlo todo en manos del Gobierno que protege sus derechos y sus bienes (aplicándolo al medio oeste actual: defensa, armas y cereales), renunciando de nuevo, a su libertad. Parece que el ciudadano americano está tranquilo mientras el estado le confiera seguridad y capacidad para consumir. La búsqueda quimérica de esa igualdad inexistente desemboca en un tiránico egoísmo individualista muy alejado de lo que preconizaba Adam Smith. El pueblo quiere percibir que en su sociedad existe la igualdad, lo prefiere ante la libertad, porque a corto plazo, la saborea antes. Prefiere lo cómodo a lo libre. Este espejismo de igualdad hace que los individuos busquen rodearse de las élites para precisamente, romper esa igualdad y destacar sobre la mediocridad, y con ello, hace que los privilegios y derechos dejen de ser accesibles para todos, sino solo para unos pocos. Esto es, fracasa la idea de la meritocracia y el pueblo se rinde al control, al despotismo, a cambio de la seguridad y de la igualdad. Y en esta asunción de la igualdad más esclava se cercena el espíritu crítico de unos medios de comunicación también asentados en realidades acomodaticias.

Una lección de 1835 completamente vigente 183 años después. El sueño americano seguirá siendo un sueño porque el hombre renuncia a su libertad para salvaguardar una igualdad inexistente. Ese es el modo en que las sociedades enferman, frustrándose por no poder alcanzar sus sueños.